>9<
—Señoría—miro al gobernador
con impaciencia en mis ojos—os dije que este hombre no es de fiar—señalo a
Eduardo—nunca ha sido, ni será mi amante, y le vuelvo a repetir que ha
intentado matarme.
—No fui yo—me interrumpe
Eduardo—fue usted quien me atacó y luego
me dejo esto—explica señalando su parche—, en la fiesta de la señora Sofía
Rumier.
—¿Es cierto lo que dice, Julia?—me
pregunta el gobernador y yo asiento
avergonzada.
—Pero, señoría—digo
nerviosa—usted mismo vio que hirió a mi acompañante y estuvo a punto de matarme
a mi y en dos ocasiones.
—Julia...—el gobernador me
mira con la misma mirada en la que un padre que tiene que pensar en lo que hará
con sus hijos los mira— déjeme a solas con Eduardo, tengo que hablar con él.
Puedes retirarte y vaya a ver como está su acompañante de salud, para luego
informarme.
—Está bien, Señoría—hago un
reverencia y miro con odio a Eduardo, para después girarme e irme por donde
había venido cerrando la puerta, fuertemente tras de mi.
***
La habitación en la que
Delf está es como la mía, aunque un poco más oscura y los muebles más bastos.
Delf está tumbado en la
cama, mirando al techo, mientras una doncella le pone un paño húmedo sobre la
frente y luego corre las cortinas. Otra recoge la camisa sucia de Delf que está
en el suelo, y la última enciende una lámpara de aceite en la mesita de noche y
otra más grande encima de la cómoda que hay junto a la puerta.
Cuando las doncellas se
fueron, me acerqué a la cama, y me senté en ella, junto a Delf.
Su torso estaba desnudo y
una venda blanca recorría su costado completo. Tiritaba y jadeaba
constantemente. Le toqué la cara y ardía tanto que tuve que apartar la mano
rápidamente.
—¿Te encuentras mejor?—Delf
abre los ojos al escuchar mi pregunta y me mira como si no supiera cómo he
llegado ahí.
—Sí —pero no le creo,
porque cuando intenta incorporarse en la cama, hace una mueca de dolor y se
tumba de nuevo—más bien no...
—Eres muy malo mintiendo—le
digo, mientras miro su vendaje— ¿qué te ha hecho Eduardo?
—No lo sé, no parece la
herida provocada por un cuchillo, ni tampoco un arma de fuego. No sé lo que ha
podido ser, pero me duele muchísimo.
—Me quedaré aquí contigo,
le diré al gobernador que no podré ir al baile con él esta noche.
—No—se apresura a decir
Delf—debes ir, el gobernador te lo ha pedido, no debes defraudarle. Yo estaré
bien. Quizás así consigas sacarle más
información sobre el tesoro de tu abuela.
—No pienso dejarte así,
toda la noche solo—le recorro el cuerpo entero con la mirada—estás ardiendo de
fiebre, y tienes una herida en el costado que no sabes ni de lo que es, pero
que te duele tanto que eres incapaz de andar, ¿cómo quieres que vaya a la
fiesta contigo así?
Delf se queda callado y me
mira, levemente sorprendido. Gira la cara en dirección contraria a mí y
murmura:
—Puedes venir esta noche,
después del baile para ver como estoy—ahora me mira de nuevo—si quieres...
—Claro que vendré—le sonrió
y le acaricio la cabeza, despeinándolo—descansa.
Me levanto de la cama
rápidamente y tras sonreírle de nuevo, salgo de la habitación y me encamino en
dirección a la mía, a lo largo del amplio pasillo.
***
Pasé la mayor parte de la
tarde, hasta que el sol se hubo puesto tras las grandes montañas del horizonte
dando paso al crepúsculo, paseando por palacio, en el que descubrí, muchas
habitaciones, una enorme biblioteca y diversos comedores, y grandes salones de
baile, descubriendo en cuál de ellos se iba a celebrar el baile dado que
estaban adornándolo.
Luego, tras regresar a la
habitación, opté por esperar a que Silvia llegase con mi vestido. Pedí a las
doncellas que me llevasen el almuerzo y la cena a mi dormitorio y también les
pedí que le llevasen la comida a Delf, pero que le ayudasen a comer.
Tras darme un baño y dar
vueltas y vueltas alrededor de la habitación, intenté colocarme el corsé yo
misma, pero lo único que conseguí fue quedar en ridículo al entrar Silvia
acompañada de las mismas doncellas de esa mañana, que rieron por lo bajo al
verme tirada en el suelo con el corsé abierto por todos lados.
Las doncellas me ayudaron a
colocarme el corsé y a vestirme con un vestido que Silvia había traído
expresamente para mí. Un vestido rosa apagado de cola, con mangas cortas anchas
y un escote en forma de uve.
Tras recoger mi pelo
negro en un moño pomposo, que creaba una
cascada de agua negra en la parte de atrás de mi cabeza, colocó diversas
piedrecitas brillantes por todo mi pelo, haciendo que mi oscuro cabello
resaltara aun más. Para terminar me puso una diadema que parecía más bien una
corona real.
Antes de salir, les pedí
que se quedasen fuera un momento, para tener tiempo de ponerme una cuerda
alrededor de la pierna, donde puse mi cuchillo y la llave que antes llevaba en
mi bota.
***
Silvia y yo llegamos al
salón de baile, casi jadeantes de la velocidad con la que caminamos. El salón
estaba todo iluminado por cuatro grandes arañas de hierro que colgaban del
techo.
Silvia me dejo allí y las
doncellas se retiraron a sus respectivos puestos. Busqué al gobernador con la
mirada. Me sentía tremendamente sola allí, sin Delf...
¿Cómo estaría?, ¿se encontraría
mejor? Me preocupo demasiado por él, y sin embargo estoy en esta fiesta.
Me acerco a la mesa del
banquete, donde un tarro de fresas elegantemente colocada al lado de una fuente
de chocolate gigante, resaltaba de entre todos los manjares.
Cogí una fresa y la bañe en
la fuente. Me la llevé a la boca con sumo cuidado para no manchar ni el vestido
ni mi cara.
Cuando terminé de comerla y
el dulce chocolate y la jugosa fresa recorrían mi garganta, comencé a buscar
una servilleta para limpiar los dedos. Alguien me da un toquecito en el hombro.
Me giro y encuentro a Eduardo de pie delante de mí, con un pañuelo en el que
una gran “E” bordada a mano, resalta en el pequeño cuadrado del pañuelo.
—Gracias—lo cojo con
cuidado y me limpio la boca y los dedos con él—ahora está sucio... lo siento…
—No importa, y por cierto,
estáis preciosa esta noche—mi mirada de indiferencia hace que la alegría se
vaya de su voz— Y me ignoráis de igual modo que la primera vez que nos vimos—coge
el pañuelo bruscamente y lo guarda en el bolsillo de su pantalón.
—Eduardo—una voz femenina
grita su nombre de entre la multitud, Eduardo suspira y se gira para
encontrarse con una joven de hermosos cabellos color caoba y unos ojos de color
avellanas llenos de vitalidad y energía.
—Elena, ¿qué haces
aquí?—Eduardo la mira con enfado o al menos es lo que me parece a mí.
—¿Así es como tratas a tú
futura esposa?, ¿ ofreciendo el pañuelo que te bordé a la primera chica que se
cruza en tu camino? Eres increíble. —la joven suspira profundamente, pero luego
lo mira y sus ojos de color avellana se iluminan.
—No me has contestado, ¿qué
haces aquí?—repite Eduardo, pero es interrumpido por un beso de Elena, a la que
aparta con brusquedad—. Elena, ya basta.
—Eres malévolo... no te voy
a decir nada—Elena se gira y se aleja de allí gritando un adiós.
—¿Tú futura esposa?—le
pregunto atónita.
—Yo no la amo. la veo más
bien como una hermana...—Me mira y sonríe burlón— ¿estáis celosa?
—Pero , ¿qué decís?,
nunca—le miro frunciendo el ceño y giro la cara.
—Vamos, no os enfadéis—me
agarra la barbilla y me hace mirarlo—. Sabéis que solo os amo a vos , además
esa niña solo tiene trece años…y yo veinte, es imposible que nuestro matrimonio
salga bien. Yo deseo casarme contigo.
Furiosa y deseando que se
callase, le golpeo la mano, con la que tiene sujeta mi barbilla.
—Mira Eduardo, nunca,
jamás, me casaré contigo. Jamás podréis tener un hueco en mi corazón, empezando
por que os odio, por haber matado a mi tío…
—Os repito que yo no fui...
—Dejad de interrumpirme...
aunque no lo hiciese usted, estabais presente y lo permitisteis y como si nada ,
lo quitasteis del medio—respiro profundamente y continuo—. Es imposible que
usted, alguna vez, seáis alguien importante para mí.
—Significa eso que ya hay
un hombre en vuestro corazón—sentencia Eduardo, mirándome fijamente.
—El único hombre al que yo
he amado siempre ha sido mi padre—le recalco, subiendo la voz.
—Pero ese es un amor
diferente…yo no os amo con el mismo amor con el que amo a mi madre, por
ejemplo.
—Eduardo, ya basta…—Sacudo
la cabeza para concentrarme. El sabor del chocolate me arde en la garganta—. Ya
que estáis aquí, podríais decirme, ¿qué es lo que le habéis hecho a Delf?, que
está en cama, con fiebre y sin poder moverse. ¿Qué le clavasteis en el costado
para que este así?
—Nada…—responde levemente.
—Mentís, estoy harta de
usted—le doy un empujón,—cada vez os odio más, habéis arruinado mi vida—comienzo
a llorar, mi pecho estalla con un grito de sorpresa cuando Eduardo me abraza y
yo le respondo sin saber muy bien por qué, quizás necesitaba un abrazo.
—Te aseguro que no era
nuestra intención. Aquella situación se me fue de las manos, se descontroló...
ni los disparos, fue excesivo, aquella vez en el callejón... pero tenía que
hacerlo, así no matarán a Elena—al pronunciar esas palabras, levanto la cabeza
de su ancho pecho, y le miro sorprendida.
—¿Por qué?, ella no tiene
culpa de nada...—me seco las lágrimas.—Además… decíais que no la amabais…
—Pero no tanto como para
permitir que la maten por mi culpa. Y ahora la estoy poniendo en peligro…
—¿Ahora?—noto como mi cara
palidece, alguien está en peligro en estos momentos y no puedo hacer nada, solo
llorar...
—Sí, porque os tengo entre
mis brazos, y no soy capaz de mataros, como me han ordenado—me confiesa,
mientras inclina su cabeza y sonríe.
—¿Qué?—me aparto
bruscamente de él, y choco contra la mesa de la comida—¿os han ordenado
matarme?
—Sí—responde sereno—pero no
lo haré como es obvio—se gira y mira hacia la puerta principal— vayasé, el
gobernador querrá bailar con usted el primer baile. Os pediré el segundo si me
lo permitís.
Me alejo de él sin
contestarle y me acerco a la entrada principal, donde el gobernador me está
esperando.
Viste elegante, como
siempre. La mujer parece más joven, su vestido rosa brillante con guantes a la altura del codo y preciosos
zapatos de cristal. Un collar de diamantes cuelga de su cuello, brillando como
el sol. Parece una princesa.
El gobernador quería abrir
el baile conmigo y no con su esposa, que se acerca a Eduardo y este acepta su
baile encantado.
La música comienza a sonar
y todo el mundo se reúne en el centro del salón. Mis recuerdos me llevan al baile
con Eduardo en la fiesta de Sofía, confusos recuerdos. Me coloco en la misma
posición que aquel día y su señoría también lo hace.
Comenzamos a bailar, las
personas a mi alrededor dan vueltas a mi lado. Los hombres son manchas negras
apenas visibles, ante los brillantes vestidos de sus acompañantes femeninas.
El gobernador comienza a hablarme,
pero no le presto atención, ya que miro como Eduardo baila bellísimamente con
la señora de su Señoría, ¿nos vimos igual de bien aquella vez?
Me quito esa idea de la
cabeza, y miro al gobernador, que me observa confuso.
—Julia, ¿os encontráis
bien?—me pregunta, mientras me gira hacia un lado.
—Sí, señoría—exhalo—solo
pienso en el estado de mi acompañante.
—Oh... ¿quiere que mande a
alguien para que compruebe como se encuentra?—me ofrece.
—Sería de gran
ayuda—sonrío—gracias, señoría.
—Por favor, llamadme
Andrés—le miro sorprendida y me sonríe mostrándome las arrugas de sus pómulos.
Hace una señal a no sé quién y cuándo me gira de nuevo, compruebo como
Silvia se acerca a la puerta y
desaparece del salón.
—Dentro de un momento,
sabremos el estado de su amigo, Julia.
—Gracias, Andrés—me muerdo
el labio para alejar de mi mente la orden que fue enviada a Eduardo de
ejecutarme y sigo bailando hasta que la música acaba...
Me dirijo hacia la puerta y
Eduardo me detiene.
— ¿A dónde vais? aún no
terminó la fiesta y os pedí un baile.
—Pues yo no os lo
ofrezco—le digo cortante—dejadme ir, Eduardo.
Me suelta el brazo y
entonces cuando estoy a punto de cruzar la puerta, choco con una Silvia sonrojada.
—Silvia, ¿qué ocurre?,
¿estáis bien?—digo impaciente—¿cómo está Delf?
—Está bien Julia—Suspira—demasiado
bien... me disculpáis…
Asiento y Silvia entra en
la puerta que tengo a mis espaldas.
***
Corro levantando mis
faldas, hasta llegar a la habitación de Delf, casi sin aliento.
Golpeo la puerta con los
nudillos y una voz ronca al otro lado, me permite pasar.
Abro la puerta, desquiciada
y entro en ella, cerrando tras de mi.
Delf está en la cama
tumbado tal y como antes, su pecho se levanta, lenta y pausadamente, casi como
si no respirara. Su cara sigue estando sonrojada, pero parece que la herida
está mejor.
—Delf, ¿cómo te
encuentras?—pregunto acercándome a la cama.
—Mejor ahora que tú has
llegado—me sonríe levemente, pero se ve que se ha esforzado mucho en hacerlo.
—¿Ha pasado algo con
Silvia?, Estaba bastante rara…—pregunto vacilante, temiendo la respuesta.
—Nada fuera de lo normal—no
le creo, así que le fulmino con la mirada hasta que al final, girando la cara
para no mirarme, responde—. Me ponía nervioso, así que le dije que pusiera su
frente contra la mía, y di un mordisquito a su cuello.
—Creo que la fiebre te está
afectando demasiado—Digo tocándole la frente con la mano—. Casi le provocas a
esa mujer un ataque cardíaco.
—¿Para que vino? No recuerdo
haberle pedido que me visitara—Dice Delf entre dientes.
—Porque yo le pedí al
gobernador que enviase a alguien para ver como estabas, ya que no podía salir
de aquel horrible salón.
—Vaya... perdona—me mira—gracias...
¿puedes cambiarme la gasa húmeda de la cabeza?
Está seca.
—Vale—acepto poniéndome de
pie.— Pasaré por mi habitación y me pondré algo más cómodo que este vestido.
—Te espero aquí—pone los
ojos en blanco—aunque no sé donde podría ir en este estado.
***
Con mi pelo negro trenzado
y colocado gentilmente sobre mi hombro, y mi camisón de lino, entró en la
habitación de Delf de nuevo, con la gasa húmeda en mi mano.
Entro sin llamar, por si
acaso ya dormía. Pero no lo estaba. Al girar después de cerrar la puerta
silenciosamente, comprobé sorprendida que me miraba fijamente con sus ojos
azules, más oscuros de lo normal. Parecían los ojos de Eduardo.
Suspiro y cierro los ojos
fuertemente. Me siento en la cama y le pongo la gasa sobre la frente de nuevo,
haciendo que se estremeciera.
—¿Podrías arroparme?, tengo
algo de frío, y la gasa helada, no ayuda mucho—. Asiento sonriendo débilmente,
y le tapo con las sábanas, como él me dijo.
—¿Necesitas algo más?—pregunto,
levantándome lentamente de la cama.
—Que te quedes conmigo—dice
haciendo una mueca, sonriente.
—Algo que no sea imposible
.Debo dormir en otra habitación, o si no, la gente que ya piensa que tenemos
una relación muy íntima, pensarán cosas aun peores.
—¿Te molesta?—me pregunta.
Su mirada está seria al pronunciar las palabras.
—No…—me atraganto, mi
corazón se agita en mi pecho, y me aclaro la garganta— bueno, sí. Si me molesta...—me
siento de nuevo en la cama.
—¿Acaso crees que si
Eduardo piensa que hay sentimientos de amor entre nosotros, intentará matarme?—pregunta
enarcando una ceja.
—Bueno… no lo sé… antes
dijo que tenía un contrincante en lo que se refiere a mi amor—digo lentamente—.
Aunque no sé a quién se refiere porque no le amo ni a él, ni a nadie. Pero sea
quién sea, no quiero que acabe muerto por mi culpa... Y si cree que ese alguien
eres tú, te mataría por algo que no es cierto.
— ¿Qué te hace pensar que
yo no soy ese contrincante, que moriría por tú amor?—. La pregunta me deja sin
aliento y me tenso en el borde la cama.
—Delf… la fiebre está
haciendo que digas tonterías. Tal vez deba ir a por unas medicinas... creo que
encontraré algo si pregunto a las doncellas.
Me levanto de la cama, pero
Delf agarra mi brazo y me atrae bruscamente hacia atrás, haciendo que cayese
sobre él, de espaldas.
Un gemido de dolor salió
desde el fondo de la garganta de Delf. Me incorporo con rapidez y le miro
preocupada y enfadada.
—Idiota, ¿por qué has hecho
eso? Incluso te hice daño…—Delf se incorpora, sentándose en la cama y se acerca
a mí.
—Dilo otra vez…—me susurra.
Me sonrojo y trago fuertemente.
—¿Decir qué...?—mi
respiración se acelera.
—Lo que me has dicho antes
que no es propio que salga de los labios de una dama…— Caigo en la cuenta de a
qué se refiere y miro fijamente sus ojos azules, ahora casi negros, por las
pupilas dilatadas y sus mejillas rojas.
—Eres idiota…— Sonríe.
—Muy bien— Su ardiente
aliento acaricia mi cara, y entonces, sus labios rozan los míos ligeramente,
para luego caer sobre mi regazo, jadeante.
—Delf…—le toco la frente—Delf
estás más caliente que antes... Iré a buscar medicinas.
Le recuesto sobre la
almohada y cambio de posición la gasa en su cabeza. Le arropo de nuevo y salgo
precipitadamente de la habitación, para salir al pasillo e ir corriendo a
buscar una doncella. Y he de decir... que los minutos que transcurrieron dentro
de esa habitación, me dejaron tan confusa, aturdida y excitada, que durante
unos segundos, dejé de respirar…
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