12 de noviembre de 2012

Encrucijada de Lágrimas- Capítulo 8


                                              >8<


El cálido sol oculto tras algunas nubes típicas del otoño, despierta  mi mente y cuerpo, que quedó atrapado en el mundo de los sueños la pasada noche.
Abro mis párpados con dificultad y me incorporo en la cama. Dejo la llave bajo la almohada, y me introduzco en el baño dejando caer con delicadeza el vestido rosa que Silvia me había dado dejando el marchitado clavel sobre el tocador.
Me introduzco en la bañera sumergiendo la cabeza dentro de la ardiente agua. Al salir, me coloco un albornoz blanco con un bordado de oro, formando el escudo del reino.
Mi pelo, empapado, parece aun más negro de lo que ya es. Me miro en el espejo. Mis ojeras han desaparecido, pero el cansancio se refleja en el color verde de mis ojos, tan apagado.
Me sobresalto al oír el sonido de la puerta al ser golpeada.
— ¡Delf, estoy en el baño!, ¿puedes abrir tú?—que tonta, Delf está en su forma de espada, no puede abrir.
Pero rectifico al asomarme por la puerta del baño, porque Delf está abriendo la puerta principal, mientras por ella entran tres doncellas y Silvia.
—Gracias Delf—agradece Silvia, mientras inclina la cabeza levemente—. Claudia, haz la cama por favor... Ruth, Alice, seguidme.
—¡No!—salgo del baño, con el albornoz puesto incluso—espera—grito mientras me acerco a la cama, y cojo la llave bajo la almohada, ante la atenta mirada de la doncella llamada Claudia.
—No íbamos a robarle nada, Julia. Puede estar tranquila—dice Silvia, mientras se acerca a mi y coloca su mano sobre mi hombro— y debería ponerse algo de ropa, una dama no debería estar así frente a un joven.
—No es la primera vez que la veo así—en el momento que Delf dice eso, me ruborizo recordando la escena en el hostal cuando leí la carta, invitándome a la fiesta de los Rumier, solo con una toalla cubriéndome. Fulmino a Delf con la mirada y este lo comprende al momento—mejor espero a que terminen.
—Será lo mejor—le indico. Mientras sale por la puerta  todas las mujeres allí presentes lo vemos marchar.
—Conque, ya os ha visto en estas vestimentas antes—recuerda Silvia mirándome con picardía.
—No saque conclusiones precipitadas, Silvia.
—Tranquila—dice sonriendo—venga, vamos a ponerte guapa.
Todo lo siguiente que recuerdo es que cuatro mujeres me visten con un vestido de palabra de honor, de color gris con un sedoso lazo negro alrededor de mi cintura. El vestido me queda ceñido por el pecho y realza mi figura mejor que ningún corsé, me fijé, cuando Silvia me peinaba el pelo negro y me hacia dos trenzas a cada lado de mi cara.
Silvia se aparta de mi, y me levanta, haciéndome girar sobre mi misma para contemplar su obra.
—Bueno… has quedado preciosa—dice sonriendo y agarrando mi mano— ¿vamos a desayunar?

***
Tras el desayuno, en el que Delf se había quedado con Alice, una doncella con el pelo del color de la sangre y preciosos ojos verde lima, regresé a mi habitación, exhausta, aunque con el estómago lleno de deliciosos manjares que jamás había probado en mi vida.
Me quito el vestido y los tacones, y me pongo mi vestimenta de siempre. Pantalones, botas y la camisa, algo ancha. Me siento frente al tocador y acaricio las perfectas trenzas que Silvia me ha hecho. Pero acabo soltándome el pelo y recogiéndolo en mi típica coleta con la que siempre me sentía yo misma.
Me miro en el espejo durante un largo rato. Pienso en mis padres, en mi tío, y en como debió ser mi abuela antes de morir. Toda mi familia había muerto, al menos mi parte paterna, y no conocía a mi familia materna, mi madre nunca la mencionó. Cómo mi vida había cambiado desde que había salido de ese lúgubre orfanato, tiempo después de mi décimo sexto cumpleaños. Cómo había sobrevivido, cazando animales de las afueras de la ciudad, con las trampas que mi padre me enseñó, y mis clases de esgrima. La espada de mi padre... ¿seguiría en la tienda? .Si es así, después de encontrar el tesoro de mi abuela, si llegase a conseguirlo, regresaré a la tienda y recuperaré la espada. No tengo porque retener a Delf más tiempo a mi lado.
Me fijo en el clavel marchito y aplastado por haber dormido con él puesto. Yacía sobre el tocador, con pétalos secos alrededor. Lo acaricio y lo que quedaba de la flor, se desvanece como la nieve en verano, o como la arena en el desierto.
Recuerdo lo que Eduardo había dicho sobre el clavel rojo, su significado “Significa amor como tantas otras flores, aunque a esta se le podría poner la frase Estoy loco por ti”
La frase “Estoy loco por ti” resuena en mi mente, y me convenzo de que eso no es posible. Jamás le he gustado a nadie, salvó a mis padres, que me amaban, como padres, claro está. O el amor de mi tío Gustavo. Es un amor diferente. Yo nunca había amado a nadie nunca, y no sabía lo que se sentía, entonces no sabría decir siquiera que es lo que siento yo por Delf.
El sonido estridente de alguien golpeando la puerta, interrumpe mis pensamientos. Me pongo en pie y me acerco a la puerta. La abro despacio, pero la cierro muy deprisa cuando veo a Eduardo al otro lado de la puerta. Era a la última persona que querría ver.
—Por favor Julia, abre la puerta—. No le respondo y me dirijo a esconder la llave dentro de mi bota.  Cuando voy abrir la puerta, acaricio mi colgante con la foto de mis padres.
Abro la puerta y  miro con cansancio.
— ¿Qué quieres?—le pregunto bruscamente.
— Entrar...
— ¿Desde cuando los caballeros de tu linaje, entran en los dormitorios de señoritas como yo?—pregunto cerrando la puerta un poco más.
—Vamos Julia—hace una mueca con los labios— .Se que os encantaría que entrase en su habitación toda una noche y no saliera hasta el amanecer.
—Márchese  Eduardo—empujo la puerta, pero Eduardo pone su pie para mantenerla abierta—. Pensaba que era una zorra mentirosa según usted...
—Mmm—Eduardo empuja la puerta y entra en la habitación, cerrando la puerta tras de si—eran otros tiempos y en otras circunstancias.
—¿No me diga?—me dirijo hacia la cama caminando de espaldas, lentamente y cuando llego disimuladamente le doy una patada a mi bolsa de cuero para esconderla debajo de la cama.
—He venido para pedirle que se enfrente a mi, espada contra espada—Frunzo el ceño, sorprendida y vacilante.
—¿Lo dice en serio?, creía que usted pensaba que las mujeres no sabíamos manejar un arma—le recuerdo.
—Creí conveniente que merecía una revancha.
 Eduardo sonríe y se acerca al tocador donde aun está el clavel marchitado que Delf me dio. “Estoy loco por ti”, la frase vuelve a mi mente de nuevo y provoca rubor en mis mejillas.
—Algún día me gustaría regalarle a usted, Julia—me mira—una flor que represente mi amor con ella, pero a diferencia de este joven—le da un golpe con el dedo al clavel—yo si le diré el significado de esta, sin miedo alguno.
—Ha dicho usted que ha venido para enfrentarse a mi con su espada, lo acepto—me acerco a él—no cambie de tema.
—Muy bien—me sonríe—seguidme pues...
Se dirige a la puerta y voy detrás de él, a regañadientes. Cierro la puerta tras de mi, y sigo a Eduardo sin hablarle ni mirarle a la cara. Llegamos, a través del interminable pasillo, a una puerta que a mi me parece como todas las demás múltiples puertas. La abre y en su interior, una pequeña habitación, rodeadas de ventanas, y en la pared del fondo, colgadas en una estantería de oscura madera, armas de todo tipo, entre ellas, espadas clásicas, armaduras y cuchillos; largos, pequeños, finos y gruesos. Y todo tipo de cascos, y artilugios para protegerse.
Eduardo se acerca a la estantería de las espadas clásicas y cogiendo una, se gira y me sonríe.
—Está bien, luchemos—hace una pausa y me apunta con la espada—usted y yo, Julia. Y sin duda con una espada que sea “normal”.
—De acuerdo—digo mientras Eduardo me lanza una espada que yo agarro al vuelo y me silba con admiración.
—¿Estás lista, preciosa?—me pregunta sonriendo, yo asiento y me acerco a él corriendo con mi espada en alto. Debo tener cuidado ya que no sé cómo es él de bueno en la lucha.
Eduardo sonríe de nuevo y aplaca mi ataque. Nuestras espadas chocan y danzan en el aire. Ataco de nuevo como me enseño mi padre y lo único que recibo es un azote  de la espada de mi contrincante en mi trasero.
Protesto, frunciendo el ceño mientras coloco la espada delante de mí, y la sujeto con las dos manos.
—Siempre he querido hacer eso—confiesa Eduardo, girando su espada en el aire con una sonrisa pícara.
Me lleno de ira y después de respirar profundamente, corro hacia él de nuevo y le atesto un golpe en el estómago con la empuñadura.
Eduardo cae al suelo y con él, su espada, a la que yo con una patada mando lejos. Eduardo se pone de rodillas y coloca las manos en alto, mientras yo le clavo levemente la punta de mi espada, a su garganta.
—Me gustan las mujeres como usted—me dice, mientras aparta con su mano la punta de mi espada.
Pero se sorprende cuando le doy otra patada y cae el suelo tumbado, y yo coloco mis piernas entre su torso. Levanto la espada y estoy a punto de clavársela en el corazón.
—Ahora mismo podría matarte, por mi tío, haría justicia—le amenazo.
—No lo haría. Podría darle a usted la mejor vida si aceptara ser mi espo...—Le interrumpo, clavando la punta de la hoja en su corazón.
—Prefiero morir, a ser su esposa, Don Eduardo—en su camisa comienza haber un círculo pequeño de sangre.
Pero Eduardo no está asustado como yo pensaba, sino que sigue sonriendo y, en ese momento de confusión, aprovecha para darme una patada con su pie en mi espalda.
Grito y miro detrás de mí, pero Eduardo ya me ha arrebatado mi espada y la ha enviado lejos.  Después de eso, no se muy bien como acabe en el suelo, con Eduardo encima de mi y como siempre, sonriendo.
—Podría matarla, ya que usted casi me mata antes sin compasión—. Comienzo a temblar. Mi corazón late muy deprisa y le pido ayuda a Delf, en mis pensamientos, cuando veo que Eduardo saca un cuchillo, de no se muy bien donde, y me apunta con él a la garganta, acercándose más aun a mi—. Pero no lo haré dado que os amo.
Mis ojos se abren como platos cuando pronuncia esas palabras. Eduardo pareció notarlo, dado que me miro serio, para después sonreír.
—¿Sorprendida?, creí que ya te habías dado cuenta—dice entornando los ojos—. Pero creo tener un contrincante, al que no dudaré de matar, si me veo obligado. —Dice con sarcasmo.
—¿Contrincante?, ¿a quien te refieres?—¿quién es?, ¿matar?, ¿a quién va a matar? Numerosas preguntas inundan mi mente en ese momento, pero la voz de Eduardo me despierta.
—No intentes protegerle, Julia—dice mientras levanta el cuchillo en alto.
Cierro los ojos, pero los abro por el sonido que provoca Eduardo al ser estrangulado por Delf, que lo empuja contra el suelo y le reparte múltiples puñetazos en la cara.
Me pongo en pie y me acerco a los chicos, pero Delf me detiene con la mirada y su ronca voz.
—No Julia, aléjate y busca ayuda de los guardias del Gobernador, ¡corre!—¿qué corra? Eduardo podría matarlo en cualquier momento, sería mejor que se transformará en espada y dejar a Eduardo fuera de combate.
Pero la mirada que me lanzó me hizo confiar en él, y opté por salir corriendo en dirección a la puerta, todo lo que mis pies podían permitirme.
Me quedo congelada cuando voy a abrir la puerta, porque todo pasa demasiado deprisa. El grito grave de Eduardo, el cuchillo que lanza en dirección a mi cabeza, que lo único que hace es romper mi cinta del pelo, provocando que pequeños mechones de pelo negro dancen en el aire hasta caer al suelo, suavemente.
Giro la cabeza, atónita por lo que acababa de presenciar. Eduardo con la mano en alto, allí donde segundos antes habría estado el cuchillo, y la barbilla manchada de sangre que le salía a borbotones de la nariz dañada por los puñetazos de Delf.
—Podrías haberla matado—Grita Delf agarrando la mano de Eduardo y estrujándola con sus grandes manos, contra el suelo.
—Jamás lo haría, solo quería asustarla para que no saliera de esta habitación—explica Eduardo, fulminando a Delf con la mirada.
—Antes estabas a punto de apuñalarla—grita Delf, apretando aun más el brazo de Eduardo—no puedo creerte.
—Créeme, no iba hacerle nada, la amo—al escuchar esas palabras de nuevo, un escalofrío recorre mi cuerpo y Delf se tensa—. Jamás le haría daño, pero a ti, te mataría.
—¿Qué?—Exclama Delf, quién ahora luchaba cuerpo a cuerpo contra Eduardo.
Eduardo le llevaba ventaja, ya que era más fuerte, pero no más grande. Él y Delf eran casi iguales.
Corro hacia ellos y me planteo atacar a Eduardo por la espalda.
—Las mujeres deberían alejarse para no hacerse daño, querida Julia—me advierte Eduardo, mientras golpea a Delf en la cara, haciendo que este escupiera sangre.
Mis ojos se abrieron al máximo, y corrí hacia Delf con una espada en las manos, temblando de rabia.        
—¡No me des ordenes!—le grite mientras le daba un golpe inútil al suelo, después de que Eduardo lo esquivara.
En ese momento alguien abre la puerta de la habitación, y entra a toda velocidad.
No me da tiempo a girarme ya que Eduardo ha dejado inconsciente a Delf y le ha dado una patada a mi pierna haciendo que cayera al suelo.
—Señoría—dice Eduardo inclinándose.
—¿Qué ha pasado aquí?—pregunta el gobernador, malhumorado.
—Un simple juego de niños, Señoría—contesta Eduardo, mostrando su mejor sonrisa.
—No es así, Señoría—me pongo en pie rápidamente—Eduardo os está mintiendo. Ha intentado matarme y ha herido a mi acompañante—concluyo señalando a Delf  y mirando con odio a Eduardo.
—¿Eso es cierto, señor Eduardo?—dice el gobernador Andrés mirando a Eduardo, luego a mí, a Delf y de nuevo a Eduardo—. Tiene usted sangre por toda la cara. No parece ser un juego.
—Oh vaya...—suelta Eduardo sorprendido y sacando un pañuelo de su pantalón con el que se limpia la sangre.
—Delf—murmuro de pronto al acordarme de él. Lo busco con la mirada y lo encuentro hecho un ovillo en una esquina, con las manos sobre la cabeza. Corro hacia él, y me inclino a su lado—. Delf, háblame por favor.
Pongo su cabeza en mi regazo y le aparto el pelo de la cara. Abre los ojos lentamente y me mira sorprendido.
—Julia…—tartamudea—me encuentro mal—me confiesa, y me señala con gran esfuerzo su costado, lleno de sangre.
—¿Qué le has hecho?—pregunto casi gritando, desquiciada—. Eduardo, eres un demonio, ¿qué le has hecho a Delf?
Me giro y le miro. El gobernador está confuso y Eduardo me mira con el ceño fruncido.
—Nada—es lo único que este dice en voz baja, casi inaudible.
—Acompáñeme Eduardo, tiene muchas cosas que explicarme.
El gobernador se dirige hacia la puerta y con una leve señal de sus dedos, seis guardias y tres doncellas entran deprisa a la sala.
Los guardias se llevan a Eduardo escoltándolo, y las doncellas se llevan a Delf, entre todas fuera de la habitación.
—No se preocupe señorita. Nosotras le cuidaremos. Vaya con el gobernador—me dice la más bajita de las doncellas, rubia con los ojos verdes.

Yo asiento, no muy convencida del todo. Estrecho la mano de Delf con la mía, y tras regalarle una leve sonrisa, salgo corriendo en dirección al gobernador y sus guardias.





No hay comentarios:

Publicar un comentario