>8<
El cálido sol oculto tras
algunas nubes típicas del otoño, despierta mi mente y cuerpo, que quedó atrapado en el
mundo de los sueños la pasada noche.
Abro mis párpados con
dificultad y me incorporo en la cama. Dejo la llave bajo la almohada, y me
introduzco en el baño dejando caer con delicadeza el vestido rosa que Silvia me
había dado dejando el marchitado clavel sobre el tocador.
Me introduzco en la bañera
sumergiendo la cabeza dentro de la ardiente agua. Al salir, me coloco un
albornoz blanco con un bordado de oro, formando el escudo del reino.
Mi pelo, empapado, parece
aun más negro de lo que ya es. Me miro en el espejo. Mis ojeras han
desaparecido, pero el cansancio se refleja en el color verde de mis ojos, tan
apagado.
Me sobresalto al oír el
sonido de la puerta al ser golpeada.
— ¡Delf, estoy en el baño!,
¿puedes abrir tú?—que tonta, Delf está en su forma de espada, no puede abrir.
Pero rectifico al asomarme
por la puerta del baño, porque Delf está abriendo la puerta principal, mientras
por ella entran tres doncellas y Silvia.
—Gracias Delf—agradece
Silvia, mientras inclina la cabeza levemente—. Claudia, haz la cama por
favor... Ruth, Alice, seguidme.
—¡No!—salgo del baño, con
el albornoz puesto incluso—espera—grito mientras me acerco a la cama, y cojo la
llave bajo la almohada, ante la atenta mirada de la doncella llamada Claudia.
—No íbamos a robarle nada,
Julia. Puede estar tranquila—dice Silvia, mientras se acerca a mi y coloca su
mano sobre mi hombro— y debería ponerse algo de ropa, una dama no debería estar
así frente a un joven.
—No es la primera vez que
la veo así—en el momento que Delf dice eso, me ruborizo recordando la escena en
el hostal cuando leí la carta, invitándome a la fiesta de los Rumier, solo con
una toalla cubriéndome. Fulmino a Delf con la mirada y este lo comprende al
momento—mejor espero a que terminen.
—Será lo mejor—le indico.
Mientras sale por la puerta todas las
mujeres allí presentes lo vemos marchar.
—Conque, ya os ha visto en
estas vestimentas antes—recuerda Silvia mirándome con picardía.
—No saque conclusiones
precipitadas, Silvia.
—Tranquila—dice sonriendo—venga,
vamos a ponerte guapa.
Todo lo siguiente que
recuerdo es que cuatro mujeres me visten con un vestido de palabra de honor, de
color gris con un sedoso lazo negro alrededor de mi cintura. El vestido me
queda ceñido por el pecho y realza mi figura mejor que ningún corsé, me fijé, cuando
Silvia me peinaba el pelo negro y me hacia dos trenzas a cada lado de mi cara.
Silvia se aparta de mi, y
me levanta, haciéndome girar sobre mi misma para contemplar su obra.
—Bueno… has quedado
preciosa—dice sonriendo y agarrando mi mano— ¿vamos a desayunar?
***
Tras el desayuno, en el que
Delf se había quedado con Alice, una doncella con el pelo del color de la
sangre y preciosos ojos verde lima, regresé a mi habitación, exhausta, aunque
con el estómago lleno de deliciosos manjares que jamás había probado en mi
vida.
Me quito el vestido y los
tacones, y me pongo mi vestimenta de siempre. Pantalones, botas y la camisa,
algo ancha. Me siento frente al tocador y acaricio las perfectas trenzas que
Silvia me ha hecho. Pero acabo soltándome el pelo y recogiéndolo en mi típica
coleta con la que siempre me sentía yo misma.
Me miro en el espejo
durante un largo rato. Pienso en mis padres, en mi tío, y en como debió ser mi
abuela antes de morir. Toda mi familia había muerto, al menos mi parte paterna,
y no conocía a mi familia materna, mi madre nunca la mencionó. Cómo mi vida
había cambiado desde que había salido de ese lúgubre orfanato, tiempo después de
mi décimo sexto cumpleaños. Cómo había sobrevivido, cazando animales de las
afueras de la ciudad, con las trampas que mi padre me enseñó, y mis clases de
esgrima. La espada de mi padre... ¿seguiría en la tienda? .Si es así, después
de encontrar el tesoro de mi abuela, si llegase a conseguirlo, regresaré a la
tienda y recuperaré la espada. No tengo porque retener a Delf más tiempo a mi
lado.
Me fijo en el clavel
marchito y aplastado por haber dormido con él puesto. Yacía sobre el tocador,
con pétalos secos alrededor. Lo acaricio y lo que quedaba de la flor, se
desvanece como la nieve en verano, o como la arena en el desierto.
Recuerdo lo que Eduardo
había dicho sobre el clavel rojo, su significado “Significa amor como tantas otras flores, aunque a esta se le podría
poner la frase Estoy loco por ti”
La frase “Estoy loco por ti” resuena en mi mente,
y me convenzo de que eso no es posible. Jamás le he gustado a nadie, salvó a
mis padres, que me amaban, como padres, claro está. O el amor de mi tío
Gustavo. Es un amor diferente. Yo nunca había amado a nadie nunca, y no sabía
lo que se sentía, entonces no sabría decir siquiera que es lo que siento yo por
Delf.
El sonido estridente de
alguien golpeando la puerta, interrumpe mis pensamientos. Me pongo en pie y me
acerco a la puerta. La abro despacio, pero la cierro muy deprisa cuando veo a
Eduardo al otro lado de la puerta. Era a la última persona que querría ver.
—Por favor Julia, abre la
puerta—. No le respondo y me dirijo a esconder la llave dentro de mi bota. Cuando voy abrir la puerta, acaricio mi
colgante con la foto de mis padres.
Abro la puerta y miro con cansancio.
— ¿Qué quieres?—le pregunto
bruscamente.
— Entrar...
— ¿Desde cuando los
caballeros de tu linaje, entran en los dormitorios de señoritas como
yo?—pregunto cerrando la puerta un poco más.
—Vamos Julia—hace una mueca
con los labios— .Se que os encantaría que entrase en su habitación toda una
noche y no saliera hasta el amanecer.
—Márchese Eduardo—empujo la puerta, pero Eduardo pone su
pie para mantenerla abierta—. Pensaba que era una zorra mentirosa según
usted...
—Mmm—Eduardo empuja la
puerta y entra en la habitación, cerrando la puerta tras de si—eran otros
tiempos y en otras circunstancias.
—¿No me diga?—me dirijo
hacia la cama caminando de espaldas, lentamente y cuando llego disimuladamente
le doy una patada a mi bolsa de cuero para esconderla debajo de la cama.
—He venido para pedirle que
se enfrente a mi, espada contra espada—Frunzo el ceño, sorprendida y vacilante.
—¿Lo dice en serio?, creía
que usted pensaba que las mujeres no sabíamos manejar un arma—le recuerdo.
—Creí conveniente que
merecía una revancha.
Eduardo sonríe y se acerca al tocador donde
aun está el clavel marchitado que Delf me dio. “Estoy loco por ti”, la frase vuelve a mi mente de nuevo y provoca
rubor en mis mejillas.
—Algún día me gustaría
regalarle a usted, Julia—me mira—una flor que represente mi amor con ella, pero
a diferencia de este joven—le da un golpe con el dedo al clavel—yo si le diré
el significado de esta, sin miedo alguno.
—Ha dicho usted que ha venido
para enfrentarse a mi con su espada, lo acepto—me acerco a él—no cambie de
tema.
—Muy bien—me
sonríe—seguidme pues...
Se dirige a la puerta y voy
detrás de él, a regañadientes. Cierro la puerta tras de mi, y sigo a Eduardo
sin hablarle ni mirarle a la cara. Llegamos, a través del interminable pasillo,
a una puerta que a mi me parece como todas las demás múltiples puertas. La abre
y en su interior, una pequeña habitación, rodeadas de ventanas, y en la pared
del fondo, colgadas en una estantería de oscura madera, armas de todo tipo,
entre ellas, espadas clásicas, armaduras y cuchillos; largos, pequeños, finos y
gruesos. Y todo tipo de cascos, y artilugios para protegerse.
Eduardo se acerca a la
estantería de las espadas clásicas y cogiendo una, se gira y me sonríe.
—Está bien, luchemos—hace
una pausa y me apunta con la espada—usted y yo, Julia. Y sin duda con una
espada que sea “normal”.
—De acuerdo—digo mientras
Eduardo me lanza una espada que yo agarro al vuelo y me silba con admiración.
—¿Estás lista, preciosa?—me
pregunta sonriendo, yo asiento y me acerco a él corriendo con mi espada en
alto. Debo tener cuidado ya que no sé cómo es él de bueno en la lucha.
Eduardo sonríe de nuevo y
aplaca mi ataque. Nuestras espadas chocan y danzan en el aire. Ataco de nuevo
como me enseño mi padre y lo único que recibo es un azote de la espada de mi contrincante en mi trasero.
Protesto, frunciendo el
ceño mientras coloco la espada delante de mí, y la sujeto con las dos manos.
—Siempre he querido hacer
eso—confiesa Eduardo, girando su espada en el aire con una sonrisa pícara.
Me lleno de ira y después
de respirar profundamente, corro hacia él de nuevo y le atesto un golpe en el
estómago con la empuñadura.
Eduardo cae al suelo y con
él, su espada, a la que yo con una patada mando lejos. Eduardo se pone de
rodillas y coloca las manos en alto, mientras yo le clavo levemente la punta de
mi espada, a su garganta.
—Me gustan las mujeres como
usted—me dice, mientras aparta con su mano la punta de mi espada.
Pero se sorprende cuando le
doy otra patada y cae el suelo tumbado, y yo coloco mis piernas entre su torso.
Levanto la espada y estoy a punto de clavársela en el corazón.
—Ahora mismo podría
matarte, por mi tío, haría justicia—le amenazo.
—No lo haría. Podría darle
a usted la mejor vida si aceptara ser mi espo...—Le interrumpo, clavando la
punta de la hoja en su corazón.
—Prefiero morir, a ser su
esposa, Don Eduardo—en su camisa comienza haber un círculo pequeño de sangre.
Pero Eduardo no está asustado
como yo pensaba, sino que sigue sonriendo y, en ese momento de confusión,
aprovecha para darme una patada con su pie en mi espalda.
Grito y miro detrás de mí,
pero Eduardo ya me ha arrebatado mi espada y la ha enviado lejos. Después de eso, no se muy bien como acabe en
el suelo, con Eduardo encima de mi y como siempre, sonriendo.
—Podría matarla, ya que
usted casi me mata antes sin compasión—. Comienzo a temblar. Mi corazón late
muy deprisa y le pido ayuda a Delf, en mis pensamientos, cuando veo que Eduardo
saca un cuchillo, de no se muy bien donde, y me apunta con él a la garganta,
acercándose más aun a mi—. Pero no lo haré dado que os amo.
Mis ojos se abren como
platos cuando pronuncia esas palabras. Eduardo pareció notarlo, dado que me
miro serio, para después sonreír.
—¿Sorprendida?, creí que ya
te habías dado cuenta—dice entornando los ojos—. Pero creo tener un
contrincante, al que no dudaré de matar, si me veo obligado. —Dice con
sarcasmo.
—¿Contrincante?, ¿a quien
te refieres?—¿quién es?, ¿matar?, ¿a quién va a matar? Numerosas preguntas
inundan mi mente en ese momento, pero la voz de Eduardo me despierta.
—No intentes protegerle,
Julia—dice mientras levanta el cuchillo en alto.
Cierro los ojos, pero los
abro por el sonido que provoca Eduardo al ser estrangulado por Delf, que lo
empuja contra el suelo y le reparte múltiples puñetazos en la cara.
Me pongo en pie y me acerco
a los chicos, pero Delf me detiene con la mirada y su ronca voz.
—No Julia, aléjate y busca
ayuda de los guardias del Gobernador, ¡corre!—¿qué corra? Eduardo podría
matarlo en cualquier momento, sería mejor que se transformará en espada y dejar
a Eduardo fuera de combate.
Pero la mirada que me lanzó
me hizo confiar en él, y opté por salir corriendo en dirección a la puerta,
todo lo que mis pies podían permitirme.
Me quedo congelada cuando
voy a abrir la puerta, porque todo pasa demasiado deprisa. El grito grave de
Eduardo, el cuchillo que lanza en dirección a mi cabeza, que lo único que hace
es romper mi cinta del pelo, provocando que pequeños mechones de pelo negro
dancen en el aire hasta caer al suelo, suavemente.
Giro la cabeza, atónita por
lo que acababa de presenciar. Eduardo con la mano en alto, allí donde segundos
antes habría estado el cuchillo, y la barbilla manchada de sangre que le salía
a borbotones de la nariz dañada por los puñetazos de Delf.
—Podrías haberla
matado—Grita Delf agarrando la mano de Eduardo y estrujándola con sus grandes
manos, contra el suelo.
—Jamás lo haría, solo
quería asustarla para que no saliera de esta habitación—explica Eduardo,
fulminando a Delf con la mirada.
—Antes estabas a punto de
apuñalarla—grita Delf, apretando aun más el brazo de Eduardo—no puedo creerte.
—Créeme, no iba hacerle
nada, la amo—al escuchar esas palabras de nuevo, un escalofrío recorre mi
cuerpo y Delf se tensa—. Jamás le haría daño, pero a ti, te mataría.
—¿Qué?—Exclama Delf, quién
ahora luchaba cuerpo a cuerpo contra Eduardo.
Eduardo le llevaba ventaja,
ya que era más fuerte, pero no más grande. Él y Delf eran casi iguales.
Corro hacia ellos y me
planteo atacar a Eduardo por la espalda.
—Las mujeres deberían
alejarse para no hacerse daño, querida Julia—me advierte Eduardo, mientras
golpea a Delf en la cara, haciendo que este escupiera sangre.
Mis ojos se abrieron al
máximo, y corrí hacia Delf con una espada en las manos, temblando de rabia.
—¡No me des ordenes!—le
grite mientras le daba un golpe inútil al suelo, después de que Eduardo lo
esquivara.
En ese momento alguien abre
la puerta de la habitación, y entra a toda velocidad.
No me da tiempo a girarme
ya que Eduardo ha dejado inconsciente a Delf y le ha dado una patada a mi
pierna haciendo que cayera al suelo.
—Señoría—dice Eduardo
inclinándose.
—¿Qué ha pasado aquí?—pregunta
el gobernador, malhumorado.
—Un simple juego de niños,
Señoría—contesta Eduardo, mostrando su mejor sonrisa.
—No es así, Señoría—me
pongo en pie rápidamente—Eduardo os está mintiendo. Ha intentado matarme y ha
herido a mi acompañante—concluyo señalando a Delf y mirando con odio a Eduardo.
—¿Eso es cierto, señor
Eduardo?—dice el gobernador Andrés mirando a Eduardo, luego a mí, a Delf y de
nuevo a Eduardo—. Tiene usted sangre por toda la cara. No parece ser un juego.
—Oh vaya...—suelta Eduardo
sorprendido y sacando un pañuelo de su pantalón con el que se limpia la sangre.
—Delf—murmuro de pronto al
acordarme de él. Lo busco con la mirada y lo encuentro hecho un ovillo en una
esquina, con las manos sobre la cabeza. Corro hacia él, y me inclino a su lado—.
Delf, háblame por favor.
Pongo su cabeza en mi
regazo y le aparto el pelo de la cara. Abre los ojos lentamente y me mira
sorprendido.
—Julia…—tartamudea—me
encuentro mal—me confiesa, y me señala con gran esfuerzo su costado, lleno de
sangre.
—¿Qué le has
hecho?—pregunto casi gritando, desquiciada—. Eduardo, eres un demonio, ¿qué le
has hecho a Delf?
Me giro y le miro. El
gobernador está confuso y Eduardo me mira con el ceño fruncido.
—Nada—es lo único que este
dice en voz baja, casi inaudible.
—Acompáñeme Eduardo, tiene
muchas cosas que explicarme.
El gobernador se dirige
hacia la puerta y con una leve señal de sus dedos, seis guardias y tres
doncellas entran deprisa a la sala.
Los guardias se llevan a
Eduardo escoltándolo, y las doncellas se llevan a Delf, entre todas fuera de la
habitación.
—No se preocupe señorita.
Nosotras le cuidaremos. Vaya con el gobernador—me dice la más bajita de las
doncellas, rubia con los ojos verdes.
Yo asiento, no muy
convencida del todo. Estrecho la mano de Delf con la mía, y tras regalarle una
leve sonrisa, salgo corriendo en dirección al gobernador y sus guardias.
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