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16 de diciembre de 2012

Encrucijada de Lágrimas- Epílogo

                                                                   >23<


Me llamo Julia Brenfort y tengo veinte años. Actualmente vivo en la mansión de mis parientes Rumier, y pertenezco a una familia acomodada.
Han pasado cuatro años desde la batalla en el prado con Samuel, muriendo a mis manos y una espada.

Esa espada era Delf, el chico del que estuve enamorada y perdió su vida por mí.
El otro chico es Eduardo, mi amado Eduardo, con sus penetrantes ojos azules y su cabello negro siempre alborotado sobre su frente. Durante estos años he ido olvidando el color exacto de los ojos de los chicos, el sonido que producían sus voces, y la calidez de sus sonrisas, esto último es lo que más dolor me ha provocado.

Siempre me digo que soy afortunada por haber encontrado dos grandes amores en mi vida. Hay personas que nunca encuentran siquiera uno. Sin embargo no puedo evitar pensar que están en algún lugar mejor, me niego a pensar que están muertos, que nunca más estarán conmigo. Sé que es así, pero es demasiado duro y solo me recuerdo cada día que los volveré a ver.
Aunque me es difícil olvidar la muerte de Eduardo entre mis brazos, mientras me decía que me amaba y conforme su sangre manaba por mi antebrazo, los ojos
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azules con los que me miraba, cargados de amor y angustia, iban perdiendo su brillo.
Y la muerte de Delf... Es la más dura. Desapareció en medio de nuestro abrazo, en motas de brillante nieve, delicados pedazos de cristal, polvo blanco movido por la brisa.

Ahora tengo una hija llamada Estrella, de cuatro años. Tiene los cabellos negros de su padre, mis ojos verdes, hipnotizantes y una personalidad tan cálida como el que yo considero su segundo padre, quién en un pasado fue mi mejor amigo.
El médico familiar me dijo que era un milagro que la niña hubiese sobrevivido desde que fue concebida hasta la hora del parto, dado los golpes que recibí.
Mis familiares me han cuidado y ayudado en todo lo posible en estos años. He madurado, me dicen, yo pienso que es debido a las continuas pérdidas a las que he tenido que estar sometida.
Algún día les devolveré todo lo que han hecho por mí. Incluido, como limpiaron mí nombre, debido a que tuve a Estrella sin estar casada.
Sofía consiguió persuadir a todos diciendo que estaba comprometida pero que la muerte se llevó a mi joven amado. Lo hizo con buena intención, aunque a mí, me da igual lo que piensen los demás. Solo me importa Estrella.

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Solo es una niña, pero le he enseñado que no todo en la vida son lujos y riqueza. Le he contado todo lo que yo pasé en mi juventud, y las aventuras que viví.
Gracias a Dios, el tesoro de sus antepasados solo será un vago recuerdo para ella y como un cuento de hadas, y no un mundo lleno de angustias y perdidas dolorosas como las que yo viví.

Mi pequeña Estrella me salvó de esta abrumadora soledad, y es su sonrisa inocente la que me ayuda a levantarme cada mañana decidida a mostrarle todo lo bello que tiene este mundo. Nunca me pregunta sobre su padre o sus abuelos. Vive feliz junto a mí y espero que siga siendo así, hasta el día en el que ella cumpla dieciséis años, que será el momento en el que le contaré toda la verdad. El cofre, mi falsa muerte, las personas malas que conocí, como el gobernador o Lorenzo, y el camino que recorrí hasta llegar al tesoro de los Beltrons.
El colgante de mi familia será heredado por ella, y le recordaré que el verdadero tesoro es la familia y las personas que amas.
Hasta que llegue ese momento, yo seguiré recordándole a mi hija que ella es una Beltrons y debe estar orgullosa de ello, ya que es y será un miembro de una familia verdaderamente unida, hasta el fin de los tiempos.

  
                                                                   FIN 



14 de diciembre de 2012

Encrucijada de Lágrimas- Capítulo 22


                                                               >22<
Delf me coge la mano y mira hacia la colina con miedo. —¿Qué ocurre? —le miro preocupada y él me observa con sus grandes ojos abiertos y de un brillante azul. —Él es Samuel, es el hechicero que me convirtió en espada y mató a mi padre —confiesa Delf mirándome preocupado y un poco aturdido al pronunciar la palabra “mató”—Julia, no vayas, te podría pasar cualquier cosa...
La risa del hechicero interrumpe nuestra conversación y nos hace mirarle.
Los dedos de Samuel destellaron en vivos colores. Un ejército de autómatas se dirigían hacia nosotros, con grandes armas que nunca había visto jamás.

Cojo la espada de mi padre y me dirijo al campo de batalla, pero Delf me agarró del brazo.
—No irás tú sola.
—Delf, no quiero que nadie más sufra por mi culpa — le explico, e intento zafarme de su brazo, pero me es imposible.

—Iremos contigo, no estás sola y si morimos, no será tu culpa, te lo aseguro —me aclara, con ojos serios.
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Miré detrás de él. Eduardo, mis tíos Bruno y Cecilia, Victor y Virginia, padres de Eduardo, junto con toda su organización, e incluso parte del antiguo ejército del gobernador Andrés que ahora pertenecía a su hermano Bruno. Los familiares que nunca conocí, pero que ahora me son de gran ayuda.
Miro a Delf de nuevo y asentimos a la vez, cómplices. Me suelta y miro en dirección al caos.
—Por si no salgo de esta... —son las únicas palabras que oigo decir a Delf, para cuando me gira de nuevo y posa sus labios sobre los míos.

El beso sabe a sangre y sal. Dejo caer la espada de mi padre inconscientemente y le sujeto la cara con las dos manos. Para cuando despega sus labios de los míos, sus ojos azules tienen un brillo increíble. Tanto, que parece que estoy sumergida en el mar en el momento del crepúsculo.
Eduardo se acerca a nosotros, y recoge la espada de mi padre del suelo y me la entrega, mientras me mira con tristeza y celos.
Le lanza otra espada a Delf y los tres nos miramos. Nos giramos en dirección a los autómatas, que ahora son más que antes. Pero mi tía Cecilia, alcanza a Samuel con una flecha y hace que deje de crear más seres de metal.

Todos juntos corremos en dirección a los seres, y se convierte en un remolino de carne y metal. Lucha, sangre, muerte. Un campo de batalla.
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***
Mientras lucho, observo como Eduardo y Delf, se ayudan mutuamente y complementan el movimiento del otro.
Mis tíos luchan muy ágilmente para ser tan mayores, y Virginia la madre de Eduardo, pelea cuerpo a cuerpo con uno de los autómatas con suma elegancia. Evidentemente los padres de Eduardo, luchan tan profesionales como su propio hijo.

No sé si saldré con vida de esta, pero no dejaré que ese malvado hechicero, que arruinó la vida de Delf, robe el tesoro de mi abuela, el que tanto me ha costado encontrar.
Gotas de sudor recorren mi cara, y líquido negro que sale de los seres metálicos, manchan mis ropas. Corto cabezas, extremidades derribándolos al suelo, con solo un golpe.
Entro en pánico cuando un ser metálico, con la cara rasgada, me agarra del cuello y me zarandea como un muñeco. Cualquiera que lo viese, diría que no duele, pero si lo hace, y mucho. Siento como si mis huesos se rompiesen. Delf y Eduardo me ven y los dos a la vez vienen hacia mí, los dos a la misma velocidad.
Delf corta con su espada una extremidad del ser metálico y Eduardo le corta la cabeza, creando una fuente de líquido negro.
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Susurro un gracias, y aviso a Delf de que un ser metálico esta tras él. Instintivamente, lancé mi espada por el aire y la clavé en la cabeza del autómata dejándolo aturdido para que Eduardo acabe la tarea y me devuelva mi espada con un gesto de admiración. —Ve a por Samuel, Julia —me ordena Eduardo mientras gira la cabeza en dirección al hechicero que esta absorto en controlar las flechas que mi tía y parte de nuestro ejército, le lanzan.
Corro hacia el relieve donde Samuel está. Pongo la espada en su vaina y escalo las piedras para llegar a la espalda de Samuel. Me quito el abrigo, y me seco el sudor con él. Lo tiro lejos y saco la espada de nuevo.
El chasquido que produce el metal al salir de su funda provoca la atención del mago.
Una flecha se clava en su hombro y un gruñido sale de su garganta.

Tras frotar los dedos una vez, la herida desaparece y la flecha se desintegra.
Samuel sonríe burlón ante mi cara de enorme confusión y sorprendida debido a la ligera idea de que el hechicero fuera inmortal.

—¿Sorprendida, señorita Brenfort? —me cuestiona el viejo hechicero con una sorprendente melódica voz. Intento atacar pero me esquiva con facilidad y elegancia, y sonríe con arrogancia.
—No se moleste Julia, además, a mi no me gustan las peleas —me explica creando una especie de cúpula a
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modo de campo de fuerza para que las flechas no se acercaran durante nuestra reunión.
—¡Ha atrapado a Julia! — mi tía Cecilia comienza a gritar como loca y arco y flechas en mano, se acerca a una velocidad alarmante hacia nosotros.

—¿Qué le gusta entonces, Samuel? —pregunto exasperada y con prisas.
—Los trueques, intercambios, como quiera llamarlo. —Adelante, ¿qué quiere cambiar entonces? —pregunto bajando mi arma.

—La llave de su abuela —me dice sonriendo, con malicia, porque sabe que lleva ventaja.
—¿Qué recibiré yo a cambio? —pregunto mientras miro de soslayo a la batalla que se está llevando a cabo, bajo mis pies.

—La libertad de Delf —mi cara de perplejidad le hace continuar —el hechizo se romperá.
Le miro confundida y casi sin poder creerlo. La palabra indecisión se repite en mi mente miles de veces.

—¿No es eso lo que quiere Julia?, ¿acaso no ama a ese hombre? —las preguntas de Samuel me ponen aun más nerviosa.
—¿Y si no le doy la llave? Delf puede vivir con la maldición —una mueca de diversión para Samuel, se forma en su cara.

—Él si, pero no usted... —¿Qué significa eso?
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—Usted también está maldita Julia. ¿Por qué cree que fueron todos esos desmayos y extraños malestares que tuvo a lo largo de su viaje? —la espada se cae de mis manos y mi boca se queda abierta, algo que hace reír a Samuel.
Gira sobre mi eje y se acerca a mi oído mientras chasquea la lengua varias veces.
—Le queda poco tiempo como Julia Brenfort, señorita. ¿Nadie le dijo lo que le pasaba a los Beltrons? Su padre no murió por un simple resfriado.

—¿Cómo sabe todo esto?, ¿quién es usted?. Maldita sea —cojo la espada y le apunto a la garganta, algo que a Samuel le toma por sorpresa pero que aun así ríe con ello.
—Su padre sabía que también estaba maldita, y quiso darle la llave, le dio igual...
—Deje de decir tonterías, si los Beltrons están malditos, y dice usted que mi padre no murió por un resfriado, ¿por qué murió mi tío asesinado y no por una enfermedad? —no me había dado cuenta que estaba llorando hasta que noté como las saladas gotas caían por mi barbilla al suelo.

—Su tío tuvo solo varones de descendencia, y usted Julia, es idéntica a su abuela... —hace una pausa y me seca las lágrimas, pero yo me aparto bruscamente— ¿nadie le dijo como murió su abuela?
—No.
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—El tesoro, ella quería ser inmortal, algo que proporciona el tesoro ya que el bisabuelo de su abuela, era hechicero y creó esa extraña y deseosa magia. Lo que no sabía su abuela es que se debía usar magia para poder tener la inmortalidad, y por eso usted y su padre están malditos.
<<Su abuelo lo descubrió, y todo el mundo pensó que estaba loco cuando escondió el tesoro con tanta urgencia. Pero lo único que quiso hacer es proteger a todos sus descendientes. Su padre, al tener una hija y no un varón, obtuvo la maldición al instante, y sabía que usted también la tenía, por eso quiso protegerla, entrenándola con la espada, para que pudieras defenderte de tantas cosas en la vida y que por tu hermosa curiosidad, quisieras investigar hasta encontrar el tesoro de tu abuela, y con una vana esperanza su padre pensó que podría romper la maldición>>
—¿Cómo puedo saber que todo eso es cierto? ¿Y si está usted mintiendo? —sigo con la espada frente a él, y la sujeto en posición de ataque mientras observo cada movimiento de Samuel.
—Déjeme abrir el cofre Julia, y yo curaré su maldición —me promete el hechicero.
—No me fío de usted Samuel, dígame que quiere a cambio de la llave —Samuel se queda pensativo un instante y al rato contesta.

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—La vida de alguien, no puedo tener la inmortalidad, pero si robo la vida de alguien podré utilizar su alma como elixir para vivir más tiempo.
—¿Una vida?, está loco —un grito grave y brusco suena detrás de mí. Me giro asustada y busco a la persona del grito en el campo de batalla.

Tiene su cabello negro manchado de sangre así como su ropa. Un gran corte le atraviesa el brazo. Eduardo, malherido en el suelo con los autómatas luchando a su alrededor, ignorándole.
Algo estalla, siento un dolor indescriptible, y con toda mi fuerza y la espada en mis manos, rompo la barrera mágica de Samuel y en el momento de distracción una flecha le atraviesa una pierna.
Salto y caigo al suelo doblándome el pie, cojeando y con el tobillo roto, mis aliados van abriendo camino. Me lanzo sobre Eduardo y le sostengo la cabeza en mi regazo.
—Eduardo, háblame —lentamente sus párpados se abren y sus ojos azules, muy brillantes, me miran con tristeza. Mis saladas lágrimas le limpian las sucias mejillas al caer sobre ellas.
—Julia —noto el dolor que le produce al hablar — la llave...
—Olvida la llave, no hables... —susurro pero tartamudea cosas inaudibles—. Eduardo, no cierres los ojos, mírame, no cierres los ojos, por favor —mis lágrimas aumentan y tengo dificultades para respirar.

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Mis tíos, los amigos y familiares de Eduardo se aproximan a nosotros, y yo pido a Dios que no se lo lleve.
—Te amo...—murmura Eduardo, cerrando los ojos y besando mi mano.

—Yo también... —me atraganto con mis palabras sin sustancia ni emoción, pienso en Delf, luchando en algún lugar de este sangriento combate, incluso pienso la probabilidad de que ya esté muerto —. No mueras, Eduardo, por favor...
Su padre llega junto a nosotros y entre él y otros miembros le cogen en brazos.
—Salvadle por favor —suplico mientras se abren paso entre el gentío de metal.

Desde los brazos de varios hombres, Eduardo me mira con ojos cansados mientras se aleja de mí. Y yo siento en mi interior que jamás volveré a ver esos ojos azul intenso clavados en mis ojos verdes. Me enjugo las lágrimas y alejo ese pensamiento de mi mente.
Susurro pidiendo ayuda a Delf que al momento está junto a mí y tras contarle brevemente lo sucedido, y abrazarme a modo de consuelo, se convierte en espada y me dirijo en busca de Samuel otra vez.
***
Llego a la colina de nuevo, y Samuel me espera allí triunfante. Le apunto con mi espada y el usa su magia para crear una espada de color azul verdoso ante mí.
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—Luchemos pues... —sonríe y me ataca. Como la primera vez que utilicé a Delf y recordando los entrenamientos con mi padre, comienzo a contraatacar y esquivar golpes.
Otro campo de fuerza nos engulle, aislándonos del resto y yo, cada vez con más dificultad para mantener el equilibrio y poder respirar, mantengo mi compostura. —¿Problemas con el amor, Julia? —su pregunta me enfurece y le ataco haciendo un pequeño rasguño en su hombro derecho—. No tuve nada que ver. Murió él solo.
—No morirá —esto me desconcentra y Samuel aprovecha para darme un golpe que yo no percibo y me hace un corte en la pierna donde tengo el tobillo roto. —Vamos Julia, deje de luchar, solo necesito una vida y todo acabará —vuelvo a atacar con más fuerza pero él interpone su espada con la mía, quedamos los dos a tres centímetros.
—Toma la mía, pero no hagas daño a nadie —doy un salto atrás y grito de dolor por mi tobillo roto. —¿Problemas de salud, señorita Brenfort?. Acabaré con su vida pronto y no tendrá que pasar más dolor —la espada se dirige a mi cuello, pero lo esquivo agachándome a tiempo.
Me arrastro en el suelo y corto un pie de Samuel. Me incorporo eufórica, pero al momento su pie se regenera dejando solo un rastro de sangre en el mugriento suelo.
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Comienza a llover. Mi pelo se empapa y los autómatas enloquecen por el daño que la lluvia les produce. —Delf, ayúdame —no soporto más el dolor que siento en mi pie. Al momento Delf aparece ante mí, lleno de la sangre de Samuel y el pelo empapado por la lluvia. Saco un cuchillo de mi cintura y se lo paso, yo agarro otro y entre los dos luchamos contra Samuel que nos esquiva a ambos con facilidad.
***
Minutos de lucha horribles, hasta el final, casi al borde de mi muerte le entrego mi alma. Delf se interpone entre nosotros y se clava el cuchillo en su pecho. —¡No!, ¡Delf! —grito enloquecida y me arrodillo ante él con el pie lleno de sangre y cortes, la inflamación aumenta y la piel se vuelve morada.
De su pecho borbotea sangre roja, tapono la herida pero sigue saliendo.
—Samuel, salvadle, y matadme a mí, yo soy una Beltrons , no él. Salvadle, por favor...

—Muy bien —su fría respuesta me hace mirarle perpleja. Se arrodilla en perfecto estado y sin heridas a nuestro lado y cura al instante la herida de Delf.
Al ver esto, me doy cuenta que no hay nada que hacer ante este poderoso enemigo.

Ayudo a Delf a incorporarse.
—Aquí lo tienes —chasquea los dedos y el cofre llega volando de alguna parte ante nosotros —. Abridlo.

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Me decido abrir el cofre cuando Samuel me empuja y creo que es una trampa.
—Usted no, Julia, el joven Delf, ¿me recuerdas?. Te preguntas porque te transformé en espada. Era para que la ayudaras a ella a romper la maldición que la apresa y a cambio romperá la tuya. Abre el cofre. —La breve explicación de Samuel, nos confunde a ambos, aun más.

Temeroso, Delf se arrodilla ante el cofre delante de mí, introduce la llave en la cerradura, y la gira lentamente. Debería ser yo quien abriese el cofre después de tanto tiempo, pero no tengo envidia en ese momento, sino miedo.
El cofre se abre y una energía poderosa y pesada sale de él. La energía me impulsa hacia atrás pero lucho para mantener el equilibrio.
Samuel aparta a Delf de un manotazo y no sé muy bien cómo, pero coge la energía y la introduce en su interior. Luz se proyecta del interior de su cuerpo y se refleja en el exterior. Esto hace daño a mis ojos y los aparto con rapidez. Miro perpleja a mí alrededor y veo a Delf en el suelo intentando levantarse, se queda de costado y mira a la luz cegadora que procede del interior del brujo. —Delf —grito su nombre y me arrodillo junto a él. Me trago un doloroso grito que quería salir de mi garganta por el fuerte dolor de mi magullado e hinchado tobillo ahora amarillento.

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—Julia —susurra mi nombre con dificultad. Le doy un rápido beso y me pongo en pie con dificultad. La luz de Samuel se detiene y ahora este se ve más alto y poderoso que antes.
—Una vida a cambio de otra—Samuel repite esas palabras con su fina voz y yo me estremezco a la espera de mi muerte.
—Explicadme porque debo dar mi vida —le pido exigente.

—Yo salvaré la vida de todos a cambio de una vida y también salvaré a tu amigo de su maldición, decidid que queréis hacer, Julia Brenfort.
—Está bien, matadme y romped la maldición que atormenta a Delf, por favor... —me coloco de rodillas, la impotencia me corroe por dentro pero me la trago y pienso en los demás, todos los que están dando la vida allí abajo.

—Adelante, primero una vida por otra vida, aunque la tuya vale tanto que salvará a todos los presentes —una sonrisa maliciosa pero de dientes perfectos es lo que me muestra Samuel antes de crear una esfera de fuego que dispara en mi dirección.
Lanza la esfera que me atraviesa y me quema como si posara el dedo en una vela encendida, pero multiplicado. Siento como si me quedara sorda y solo oigo el grave sonido de la voz de Delf gritando mi nombre con angustia.
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Caigo al suelo sin remedio alguno, y apenas noto alguna sensación que no sea dolor. Todo se vuelve negro a mí alrededor, ya no noto el dolor en el tobillo. Es más, parece que nunca lo tuve hinchado. El único dolor que siento es en mi pecho, allí donde la esfera me atravesó. No siento las piernas, y la paz absoluta de no notar nada va subiendo por mis caderas y se aproxima a mi pecho.
Esa “nada” placentera me sostiene en el aire cuando ya me hubo consumido. No oigo, no huelo, no veo, no siento. Absolutamente nada.
He muerto, es lo más probable... ¿Habré salvado a todos o ha sido una trampa de Samuel y están ahora todos muertos?

De pronto, puedo ver. Veo una luz cegadora de color amarillenta, y siento calidez viniendo de ella. ¿Dios?, ¿es Dios que viene a por mí?
No, es otra cosa. Algo que me sostiene en esa “
nada” y me arrastra hacia la vida otra vez.
Casi como un parpadeo vuelvo a estar allí, en la colina. Abro mis párpados y veo los pies de Samuel. Me recompongo pero me quedo en la misma posición. El hechicero está asomado al borde de la colina. Luces chispeantes salen de sus dedos y oigo los gritos eufóricos de las personas que hay allí abajo, gritos de euforia por su victoria contra los autómatas. Lo que no saben es que están salvados gracias a mi muerte...
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Un momento, si yo no he muerto, ¿por qué los está salvando?
Me levanto lentamente y miro en dirección donde estaba Delf. Ahora el joven brilla. Brilla de una forma espectacular. Sus cabellos dorados revolotean sobre su cabeza.

Tiene los ojos cerrados y los brazos extendidos. Si me fijo mejor puedo observar que el brillo que sale de su piel le está volviendo transparente...consumiéndolo. Me arrastro hasta él y le sujeto la pierna. No se mueve, parece que no existo para él. Con gran pesar me pongo en pie y el tobillo vuelve a dolerme. Ahora solo siento un hormigueo en el pecho allí donde la esfera me atravesó.
Lo zarandeo varias veces pero el proceso no se detiene. Samuel aún está absorto en su tarea.
—Delf, ayúdame —murmuro y al instante Delf se transforma en la espada que ha sido siempre. La cojo en el aire y me giro hacia Samuel. Corro cojeando y le clavo la espada desde la espalda atravesándole el corazón. La última técnica que mi padre me enseñó antes de morir.

Las chispas de los dedos del hechicero se detienen y Samuel comienza a retorcerse.
Luces cegadoras de distintos colores salen de su interior. Y entonces como una bomba, todo estalla. Caigo al suelo y Delf se transforma en humano sin que

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yo lo pida. Intento que se transforme de nuevo pero no lo hace.
Sin embargo sigue brillando. El tobillo aun me duele y los demás comienzan a subir para ver mi estado.

Delf abre los ojos y se pone de pie. Cada vez es más traslúcido y ya casi puedo ver el atardecer a través de él.
—Julia —Delf me abraza y aun puedo notar su calidez. —¿Qué te está pasando, Delf? —le pregunto atragantada y aterrorizada por la idea de perderlo. —Una vida por otra vida... —murmura sonriendo. —Me salvaste... —susurro mientras los ojos se llenan de lágrimas.

—Tú los salvaste a ellos y yo te salvé a ti.
—Delf... —le interrumpo, enterrando mi cara en su hombro traslúcido—.Ya no estás maldito. Eres humano otra vez.
—Vuelvo a serlo... —me aparto de él y sus ojos brillan de una manera más intensa debido a los rayos del sol que le atraviesan. —Me alegro que seas la última persona que vea, siendo “
solo” humano otra vez.
—Te quiero —le confieso mientras unas lágrimas se derraman por mis mejillas.
—Te amo... —nuestros labios se unen una vez, y solo entonces entiendo el significado superior que tiene la palabra amar...
Mis labios no sienten nada cálido. Abro los ojos y solo veo el precioso crepúsculo. Delf no está. Pequeñas

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motas de luz brillante parecidas a cristales, son arrastradas por el viento desde donde él estuvo.
—Julia, ¿estáis bien? —me pregunta Víctor. Por su rostro compungido significa que algo pasó con su hijo. —Eduardo ha muerto...

Otra muerte más...
Me giro sobre mis talones, y contemplo a todos los presentes. Las lágrimas empañan mis ojos y apenas puedo diferenciarlo que me rodea.
—Hemos ganado Julia, hemos ganado, todo gracias a ti —grita mi tía Cecilia alzando el arco que lleva entre sus manos sucias de sangre.
Todos me vitorean pero se apartan cuando les pido soledad.
Toco mi garganta. El colgante que me dio mi padre con la foto de nosotros tres está en el interior. Me quito el colgante y lo abro.
La foto está algo rota y se puede ver el otro lado de la cobertura del colgante. Quito la foto con cuidado y contemplo asombrada los grabados que hay escritos en el interior.
—”
Este es el tesoro Beltrons”—leo en un murmullo. Todo encaja en un segundo.
La supuesta maldición de los Beltrons. El poder de la inmortalidad. La extraña muerte de mi padre. Mi bisabuelo hechicero. La inexplicable muerte de mi abuela Matilda.

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Nunca hubo poder alguno. Y este colgante fue de mi abuela, solo que ahora me pertenece a mi gracias a mi padre. El cofre era una tapadera realmente, pero quizás hubo algún poder salvo que yo no podía verlo con mis ojos.
Esto lo explica todo, este colgante. Este es el tesoro Beltrons. La familia. La familia es el mayor tesoro. Ahora perdí a mis dos seres más queridos para mí... Nunca debí buscar este tesoro. La maldición se rompió, y ya todo acabó.
***
Un traje blanco. Un vestido de novia, prestado por Patricia, y el colgante con las fotos de mis padres, es lo único que llevo puesto.
Detrás de mí, sobre este acantilado junto al precioso mar se encuentran, los padres de Eduardo, Patricia, mis tíos y Sofía. Las gemelas Lidia y Violeta, y Clara junto a su madre.

Esparzo con delicadeza las cenizas de Eduardo. El polvo gris es arrastrado por el viento y llevado al interior del mar.
No siento nada en ese momento. El sufrimiento es tan abrumador que no puedo sentir nada más. Lágrimas tras otras caen por mis mejillas.

Tiro el cofre de mi abuela con la llave en su interior para que nunca más pueda ser abierto y la espada de mi padre.
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Todo cae al agua salada con un chapoteo.
—Te amo Eduardo... —hago una pausa y cojo aire de forma abrupta —te amo, Delf.
Mis piernas flaquean y caigo al suelo. Todos los presentes se acercan a mí rápidamente y por la angustia, acabo cerrando los ojos desmayándome.
Solo quiero ser como las cenizas que se convertían en polvo gris mientras se introducían en el mar. O como las motas cristalinas en las que se convirtió Delf dejándome atrás con este pesar el resto de mi vida.
Los cortos y escasos momentos que pasé con mis amores nunca se olvidarán, pasen tantos años como pasen... 




11 de diciembre de 2012

Encrucijada de Lágrimas- Capítulo 21


                                                                     >21<
Tengo el cofre y la llave. Pero quiero reunir a todos antes de abrirlo.
—Yo lo guardaré, no te preocupes—Sofía coge el cofre y lo guarda en una caja fuerte que hay sobre la chimenea, escondida tras el gran retrato de Ángel Rumier.

—Habrá sido duro conseguirlo...—Clara, con su voz atípicamente masculina, me mira desde el extremo opuesto de los sillones. Un libro abierto sobre su regazo le da aire de elegancia.
—Un poco... —contesto mientras la imagen de Lorenzo sangrando en el suelo y la cara enloquecida de aquella mujer llamada Ana, me hace estremecer.
—Al fin lo conseguimos—la voz grave y apagada de Delf desde la ventana, justo a mis espaldas, me proporciona una tranquilidad agradecida para olvidar por un instante aquellas imágenes.

Pero su rostro tenso y serio, con un brillo de odio en sus preciosos ojos azules me hace estremecer de nuevo. Nunca le había visto con ese semblante tan... enfurecido.
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¿Pasó algo que yo no sepa en la época en la que los dos eran unos hermanastros adolescentes?
—Tómate un respiro Julia. Id a dar un paseo por mis jardines los dos juntos, o que Delf se reúna con su madre... Los hermanos de tu abuela no vendrán hasta esta noche y traerán consigo a la hermana de tu madre. —Mi tía, ¿tengo una tía? .Mi madre nunca mencionó tener hermanos...—digo murmurando para mi misma pero Sofía lo oye y me responde.

—Eran gemelas—levanto el rostro y veo como Clara y Sofía beben té a la vez. Giro el rostro y Delf sigue en el mismo sitio, apoyado contra la ventana y contemplando el paisaje del mediodía—, pero Cecilia, así es como se llama, tenía problemas con el alcohol, pero ya está recuperada.
—Y tan recuperada, se las ingenió para casarse con el hermanastro del Gobernador Andrés, ¿lo traerá con ella?—comenta Clara, colocando la taza en el platito y observando a su madre, mientras usa un tono burlón en su voz.
—¿Hermanastro?—pregunta Delf a mis espaldas. —Bruno es el verdadero gobernador, pero renunció a ese título por casarse con una mujer de clase baja. Así Andrés consiguió el cargo...—Sofía suspira y bebe otro sorbo de humeante té—, pero esa es una larga historia. —Yo la conozco—confieso recostándome en el sillón y recordando las palabras que un día me dijo el gobernador. Me dijo que me parecía a su hermano, la
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misma valentía de Bruno al enfrentarse a su padre, y rechazar al título de gobernador por amor—. Sofía, contadme más sobre mi tía Cecilia.
—Al igual que tú eres muy buena con la espada, ella es buena con el arco. La gran precisión a la hora de concentrarse en una batalla la heredaste de ella—otro sorbo de té—. Ella y Bruno fueron juntos a la guerra. Ella se hizo pasar por hombre, y salieron victoriosos. Y todo gracias a su gran dominio con el arco.

—Tengo tanta familia, y no lo sabía, y encima tan increíbles...—digo mientras Delf se coloca junto a Sofía y me sirve una taza de té. Le doy un sorbo y el vapor con aroma a limón inunda mis fosas nasales.
—La conocerás y veréis que os parecéis mucho en ciertas cuestiones. Físicamente te pareces a Matilda, pero en cuestión de personalidad eres como tu madre y evidentemente, como tu tía Cecilia, ya que eran gemelas, casi idénticas. Ese instinto de hacerlo todo sin pensar, dejándote llevar por tus propios sentimientos, y darlo todo por los que más amas... Eso es de tu madre. —¿Conocíais a mi madre, Sofía?—pregunto curiosa mientras me termino el té.
— No mucho, pero lo suficiente para saber que erais iguales. Cuando tu padre tenía diecisiete años y comenzó a cortejar a tu madre, ya podía verse el carácter de la chica.
—Ahora que lo pienso—dice Delf mirando su taza—. ¿Cuándo le entregaron al padre de Julia la llave?
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—Cuando tenía dieciocho años, si es eso a lo que te referías, Delf—Sofía lanza una mirada a su hija, quién está absorta en el libro que tiene en el regazo—. Id a descansar. Os avisaré cuando lleguen y abriremos el cofre.
—Gracias Sofía—me pongo en pie y hago una reverencia. Delf se levanta y me imita. Salimos los dos al mismo tiempo en dirección a la puerta y dejamos a Sofía yendo a por su cuarta taza de té y a Clara metida en su novela.
***
En mi habitación, la oscuridad de ese día nublado, consume todo rastro de claridad en la estancia.
Delf me ha seguido a todas partes hoy. Cuando fui a la cocina a tomar algo para picar en el almuerzo e incluso cuando salí al jardín a tomar el aire.

Me giro sobre mis talones. Mi pelo revolotea a mi alrededor. Le miro fijamente y observo con detenimiento su rostro. Sus ojos azules como el cielo me miran confiados y sus labios forman un diminuto arco cóncavo.
—¿No estás feliz?—me pregunta, ahora con expresión preocupada. Su pregunta me sobresalta interrumpiendo mi observación.
—¿Por qué debería estarlo?—la siguiente pregunta no tiene sentido pero no le encuentro significado a la cuestión de Delf debido a mi distracción.

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—Al fin podrás abrir el cofre—me explica sonriendo e ignorando mi despiste—¿No lo deseas?
—Sí, sí, perdona, pensaba en otra cosa...—me giro, dándole la espalda y me dirijo a la ventana.

El agujero que le hizo la roca que Eduardo lanzó desde el jardín sigue allí. Ahora tapado por un trozo de tela. Lo retiro y queda al descubierto el cristal roto.
Lo acaricio pensando en aquella noche. Escalofríos recorren mi espalda cuando Delf llega sigilosamente por detrás y me abraza sin previo aviso.

—¿Qué te ocurre?—susurra en mi oído. Su cálido aliento me provoca una extraña sensación. —Nada—miento. Desde hacía rato no me encontraba bien y tengo nauseas. Un sofocón de calor inunda mi cuerpo de la cabeza a los pies y mis piernas flaquean. Delf grita mi nombre y me sostiene en sus brazos. Pasa su mano por mi frente y noto como arrastra el sudor frío. La mirada se me nubla y me es más difícil diferenciar algo.
Delf me coloca en la suave cama y me besa en la frente mientras sale despavorido por la puerta en busca de ayuda.
Noto mi corazón palpitante debajo de mi sudada piel. Choca contra la capa de carne que lo separa del exterior, lo empuja frenéticamente y con ansia, como si quisiera salir.

Y todo se nubla de nuevo. No hay nada más que el malestar interno que me atormenta.
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***
Oigo voces a mi alrededor, voces preocupadas y que giran en mi cabeza.
Abro los ojos lentamente al compás de mi relajada respiración. Noto algo frío en mi frente y en mis axilas. Sofía y Clara están a cada lado de la cama. Lidia no para de dar vueltas en círculos en el centro de la habitación y Violeta sujeta mi mano derecha con suma fuerza.

—Ya abre los ojos, abuela—exclama la joven rubia. La anciana se acerca a mi rostro y lo examina.
—Julia, gracias a Dios...— suspira mientras se frota los ojos, cansada.

—¿Estás bien? —me pregunta Lidia que se acerca a la cama junto a las demás.
—¿Qué ha pasado? —murmuro casi sin voz ni fuerzas. —Delf dijo que, de pronto, te pusiste pálida y tus ojos estaban en blanco—una exhalación de sorpresa sale de mi boca.

—¿Estás mejor?, antes te costaba respirar y estabas pálida...—comienza a decir Violeta.
—Y estabas sudando muchísimo—la interrumpe su hermana gemela completando mis síntomas.

—Sí, estoy mejor... ¿dónde está Delf?—intento incorporarme pero Sofía me lo impide y me empuja delicadamente a la cama.
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—Está en su habitación, con su madre... —dice Clara mientras se pone en pie y sus gemelas la imitan. —Descansa hasta la noche, esperaremos a que estéis mejor para abrir el cofre—concluye Sofía acariciando mi mejilla.
Las cuatro mujeres salen de la habitación por orden de edad dejándome sola en la habitación una vez más.
***
Duermo a ratos hasta que llega el atardecer. Un sonido sordo me desvela por completo de mi somnolencia.
La habitación tiene un tono anaranjado por el ocaso y llena la estancia de vida. Otro sonido sordo procedente del armario.

Giro mi rostro húmedo por el sudor, y escudriño la zona. Una sombra que se mueve con agilidad entre la penumbra de la sala.
Sale a la luz, como si el que yo lo hubiese visto fuese su oportunidad.

—Julia... —susurra mi nombre con dulzura y deseo. Su voz aterciopelada tan conocida para mí.
Eduardo, parado con un traje negro y muy señorial, junto con una elegante corbata a juego con el traje y en contraste con su blanca camisa.

—Eduardo... —mi voz sale quebrada y suena horrible, al contrario de la suya. Carraspeo—¿que haces aquí?
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—Quería verte —se acerca a la cama y se sienta mi lado. Me besa en la frente y me abraza.
—Podrían haberte visto entrar... —murmuro desde su pecho. Pienso en la misma escena horas antes, con Delf. Me aparto bruscamente.

—¿Qué ocurre? —me interroga Eduardo preocupado, pero no molesto por mi brusquedad.
—No me encuentro bien —la excusa suena ridícula y Eduardo me abraza de nuevo.

Aunque realmente no estaba mintiendo, ya que, momentos antes estaba tirada en el suelo pálida y desmayada.
—No me vieron porque todo el mundo está centrado en las nuevas reformas que está haciendo la esposa viuda del gobernador... —murmura Eduardo contra mi piel y noto como aspira mi aroma.

—¿Qué reformas? —pregunto apartándome, metiéndome en la cama y girando la cara mientras él me acaricia la mano.
—Está echando cemento en las calles, se llama asfaltar, y coloca unas lámparas de acero llamadas farolas de gas, hay varios señores encendiéndolas, para iluminar las calles —respira profundamente y prosigue su explicación. —Beatriz dice que son trabajos que su marido tenía pendiente.

—¿Hay más carteles sobre búsqueda y captura de mi y de Delf? —pregunto recelosa y temiendo la respuesta. Eduardo me responde sonriendo y añade:
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—Beatriz ha mandado a quitar todos los carteles — suspiro de alivio y comienzo a llorar casi sin darme cuenta.
—Tranquila, ya todo ha pasado —Eduardo me abraza de nuevo y acaricia mi cabeza, esta vez no opongo resistencia y nos fundimos en una beso entre lágrimas saladas.

***
Tras darme un baño y recomponerme de mi desmayo, me pongo mi camisa y pantalones, mis botas y mi coleta que recoge toda mi melena negra. Estaba amaneciendo. Había pasado la noche con Eduardo, pero solo dormimos.
Los dos estuvimos abrazados durante toda la noche y cuando desperté y abrí los ojos, él seguía allí, a mi lado, sonriéndome al despertar.
Estaba decidida a abrir el cofre ahora. Mis tíos y los hermanos de mi abuela estaban esperándome para ello. De la mano de Eduardo bajo deprisa al salón principal, donde estuve sentada tomando el té la primera vez que llegué a esta casa.

Cuando entro allí, todos me miran, Sofía observa a Eduardo con confusión, las gemelas se miran la una a la otra, Clara no aparta la mirada de la ardiente chimenea, y Delf taladra a Eduardo con odio Posa su mirada en nuestras manos entrelazadas y se muerde el labio con violencia, quizás para evitar llorar.
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Eduardo suelta mi mano ante aquella escena. Patricia pasa por mi lado con rápidos pasos en busca de los demás invitados.
El cofre, sobre la mesita del té, me espera. Tomo la llave en mi mano y toco el colgante con la foto de mis padres y mío. Cierro los ojos durante un momento y dejo allí todas esas miradas que me aprisionan.

Pienso en mi tío Gustavo, sus últimas palabras, y en su cuerpo que yace sin vida entre los brazos de los policías que le sacaban de su preciosa tienda.
Mi padre, Lucas Brenfort, un hombre trabajador y humilde, me enseñó a cazar, me enseñó a luchar, me enseñó a sobrevivir.

Mi madre, Reichel Brenfort, lo único que tenía en su vida eran los libros, su marido al que amaba muchísimo y su pequeña hija. Me hubiese gustado que estuviese aquí conmigo.
Abro los ojos de nuevo y todos siguen allí contemplándome. Camino en dirección al cofre y me siento delante de él. En ese momento entran Alfonso e Irene con otra pareja algo más joven que ellos.
—Julia Brenfort —el hombre de pelo rubio ceniza y ojos verde claro se acerca a mí corriendo y me abraza con fuerza. Yo me quedo rígida.
—Julia, él es Bruno, el hermano de Andrés—Bruno se aparta de mi lado y me observa con detenimiento. —Encantada —es lo único que sale de mi boca y él sonríe. La mujer con el pelo de caramelo y ojos

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avellana, se inclina a su lado, sin molestarse en colocar bien su vestido. Una sensación clara y constante nace en mi pecho al observar a esa mujer tan idéntica a mi difunta madre.
—Soy Cecilia, tu tía y la hermana de Rachel —Bruno se aparta y deja a Cecilia sitio para abrazarme y llorar en mi hombro. Esta vez si le correspondo el abrazo. —Cecilia... —murmuro en su hombro y ella acaricia mi espalda con delicadeza.
—Traemos una sorpresa para ti, Julia —Alfonso se acerca a mi y me muestra la espada de mi padre en sus manos. Me pongo en pie al instante.
No la veía desde que fui a la tienda de mi tío y conocí a Delf.

Las iniciales LB grabadas en ella. Lucas Brenfort. Mi padre me dijo que cuando cumpliese quince años cambiaría la L por una J. Nunca podrá hacerlo. —Gracias, muchas gracias —tomo la espada en mis manos y la manejo con facilidad, como si estuviese echa para mi expresamente.
—Bien, es hora de abrir esa cajita de madera —dice Clara que había estado todo este tiempo en un silencio extraño, mirando la chimenea.
Asiento con emoción y me agacho de nuevo. Miro a todos los presentes y lentamente acerco la llave a la cerradura.

Lloro y las lágrimas caen sobre la mano y resbalan hasta la llave.
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De pronto el suelo comenzó a temblar...
***
El cofre sale disparado hacia el techo y vuela en círculos, guardo la llave en mi bota y me pongo en pie. Todos los presentes miramos perplejos y asustados al techo.
Una risa melódica pero malvada rebota en toda la casa. Corro hacia la ventana y el cielo del amanecer rosado es engullido por unas nubes negras.
Horrorizada miro hacia atrás y los demás me miran con ojos aterrados.

—¿Qué está ocurriendo? —pregunta Clara con su masculina voz.
—Julia, ¡mira! —Sofía me señala el techo y el cofre sale disparado por la ventana rompiendo los cristales. —Qué diablos... —oigo maldecir a Eduardo y Delf al unísono, quienes se habían colocado uno a cada lado de mí.

—Hay que hacer algo —sentencia Patricia mirando a todos los presentes con impotencia.
—Voy a ir a buscarlo —grito mientras le pido a Lidia y Violeta que traigan mi vaina y abrigo.

—Iré contigo —de nuevo al unísono Delf y Eduardo. Los dos se miran con recelo por haber dicho lo mismo, al mismo tiempo y a la misma persona.
Sin responderles me coloco el abrigo y la vaina e introduzco la espada dentro de esta. Cecilia se cambia

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casi sin darme cuenta, por una camisa negra y roja y unos pantalones más oscuros que los míos.
Se recoge su melena caramelizada en una trenza simple que coloca en su espalda y toma el arco que le tiende Irene.

—Vamos a por ese cofre, sobrina —me dice mientras me agarra de la mano y me saca de la mansión.
***
Corremos por las calles recién asfaltadas y pasamos al lado de los faroleros que apagan las luces para dejar al sol hacer su trabajo.
Dentro de mi cabeza la voz melódica pero malvada me guía el camino para llegar hasta él. No digo nada pero Cecilia me hace caso y me sigue.

Llegamos a un campo abierto con una colina al final. Encima de esta sobresale una refulgente luz azul. Entrecierro los ojos pero no soy capaz de diferenciar nada.
Mi tía saca una flecha y apunta con gran precisión hacia el objetivo. La flecha sale disparada con un fugaz silbido pero rebota contra aquella extraña luz azul.
Le pido ayuda a Delf, y al cabo de unos cinco minutos, que mi tía dedicó a buscar algo o alguien para averiguar el rastro del cofre, Delf llega hasta mí. Eduardo le sigue de cerca con Bruno y centenares de hombres.

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—¿Quiénes son estos hombres? —pregunta mi tía, pero nadie le responde, salvo su propio marido.
—El antiguo ejército del gobernador, que Beatriz me cedió para protegerme... —Bruno hace una pausa y prosigue—y ellos son...

—Mis padres y —giro mi rostro hacia Eduardo que me presenta a sus padres.
La madre es hermosa, cabello castaño y ojos azules como los de su hijo. El padre con el pelo negro como sus ojos, con algunas líneas plateadas. Me escrutan con la mirada y me miran con recelo.

—¿Nos ayudarán o nos matarán? —Pregunta Delf con tono burlesco.
—Te ayudarán a conseguirlo. No lo robarán, te lo prometo —Eduardo responde a la pregunta de Delf con los puños tensados, pero mirándome a mí.

—¿Por qué todos quieren ayudarme?, solo busco el cofre —pregunto mientras miro a mi alrededor y Cecilia me toma de la mano.
—Señorita Brenfort, soy Víctor y esta es mi esposa Virginia —se presenta él y a su mujer, los dos vestidos como hombres y del color negro —.Lo que ha ocurrido con el cofre es algo extraño y nada natural. Necesitará ayuda suficiente para lo que pueda ocurrir —el padre de Eduardo me habla de usted y eso me hace recordar que él no sabe nada de lo que ha ocurrido entre su hijo y yo. Esto me hace sonrojar pero nadie parece notarlo. Asiento entonces decidida y me giro hacia el campo

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libre que se levanta ante nosotros. Entonces, como salido de la nada, un hombre encapuchado aparece sobre la colina y comienza a reír escandalosamente y tras bajarse la capucha, alza las manos y chasquea sus dedos formando luces en sus manos. Todo es tan mágico y sobrenatural que olvido a por lo que verdaderamente había llegado hasta aquí. 



8 de diciembre de 2012

Encrucijada de Lágrimas- Capítulo 20


                                                              >20<
Después de varias semanas siempre con vestidos, al fin vuelvo a llevar mis pantalones y mi camisa ancha. Tras cepillarme el pelo con ayuda de Violeta, me cojo mi coleta, y también le doy color a mi cara con la ayuda de Lidia dando pellizcos en mis mejillas para darles un tono rojizo y pequeños pinchazos en mis labios para hincharlos y que se vean más carnosos.
—Ten mucho cuidado, Julia—las advertencias de las gemelas me hace sonrojar y acabo abrazándolas. —Julia, Delf, id por la parte baja de la ciudad, cerca del puerto—nos explica Sofía mientras Rubén sostiene con la ayuda de Clara un mapa de la ciudad y la anciana señala el recorrido con sus dedos arrugados—por aquí no hay carteles y si vais bien camuflados no os reconocerán.
—Llevaos estas capas—la madre de Delf nos tiende unas capas de algodón negras, con capucha y tan largas que arrastran por los suelos.
—Gracias, madre—Delf se coloca la capa con ayuda de su madre y la besa en la frente con cariño.

Me coloco la capa yo sola y me pongo la capucha acomodándola con mi coleta. Nos despedimos de todos y con ayuda de Alfonso e Irene, los hermanos de mi abuela, nos vamos hasta el puerto en coche de caballos.
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***
Los dos bajamos del carruaje y nos acercamos al mar. El olor salado que desprende es notable incluso antes de llegar al muelle.
Compruebo nuestro equipaje. Mi cinturón con mis cuchillos, la vaina de mi espada, ahora vacía ya que es el lugar que ocuparía Delf. También llevo la llave metida en mi bota y Delf lleva dinero y dos cuchillos en cada bota.

—¿Nos vamos?—me pregunta cuando ya llevamos unos minutos contemplando el mar. De pequeña siempre deseé verlo y bañarme en él, pero nunca teníamos tiempo y mucho menos cuando mi madre murió, y posteriormente la enfermedad de mi padre. —Claro—contesto sonriendo bajo mi capucha. Caminamos en silencio a través de los individuos que nos miran con recelo al pasar, acompañados del crujido de las tablas de madera de los muelles al ser pisados por los marineros.
Noto tensión en aquellos ciudadanos repudiados por la sociedad. El sonido de tambores y demás instrumentos rebotan en las paredes hasta llegar a mis oídos. Averiguo la razón de esta música gracias a los murmullos graves de los marineros.
—¿Habéis oído?. Es la banda de música del funeral del gobernador—cuenta un marinero canoso y arrugado.
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—Sí, dicen que cayó de algún lugar alto. ¿Creéis que le empujaron?—pregunta curioso otro algo más joven, fumando un puro enorme.
—Se rumorea que fue una mujer, una antigua amante. Pero no es seguro, ¿os imagináis al gobernador con amantes?—dice otra vez el anciano canoso.

—Sí, bueno, es probable que tuviera más de una...— dice otro hombre de mediana edad de pelo castaño y barba abundante mientras hace reír a los demás con sus habladurías.
Delf y yo pasamos de largo ante aquellos marineros, mientras yo pienso sin cesar en la escena de la azotea entre Patricia y el gobernador...
***
Mientras caminamos, Delf va pegado a mí. Voy lanzando ligeras miradas al mar que se veía a lo lejos. Delf me mira cuando lo hago y a mitad de camino me sujeta el brazo y me arrastra hasta el océano.
Entonces me anima a quitarnos los zapatos, y cuando mis pies descalzos rozan la suave textura de la arena entre los dedos, tengo que contener las lágrimas. Totalmente eufórica, me quito la vaina vacía y la dejo junto a los zapatos, y sin mirar atrás, corro por la arena hasta el mar azul.
La capucha se baja con la fuerza del viento al correr, y la cinta cae, dejando mi pelo suelto contra el aire.
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El sonido de las olas atraviesan mis oídos, cierro los ojos y respiro profundamente, arrastrando el olor del agua salada a mis pulmones.
Delf aparece riendo ante mi cara de boba al contemplar el mar.

—¿Nunca habías visto el mar? —pregunta mirándome con perplejidad.
—Nunca—contesto sinceramente y sonriéndole al océano—. Pero es increíble.

Me agacho y cojo arena húmeda. La acaricio como si de oro se tratase y Delf ríe. La arena cae como derritiéndose en mi palma, y se desliza entre los dedos. Delf me agarra la mano, y dejo caer el barro seco de la palma.
Llegamos a la orilla y el agua salada, arrastrada por la fuerza del mar, moja la parte baja de mis pantalones y la capa.
Ambos nos subimos los pantalones hasta las rodillas y nos introducimos un poco más.

Con cada pequeña ola, el agua fría rompe en mis piernas y lanzo un gritito. Con cada gritito, Delf ríe entre dientes y yo le devuelvo una sonrisa.
—Se te cayó esto—me muestra en su mano la cinta del pelo, y cogiéndola, me recojo el pelo en una coleta de nuevo.

—Gracias por traerme aquí—mis palabras le causan un ligero rubor en sus marcados pómulos y sus labios se ensanchan formando esa sonrisa que me deslumbra.
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—De nada—dice al fin y tras colocarme un mechón de cabello negro ondulado tras la oreja, volvemos al camino para continuar nuestro viaje.
***
Tras pasar el puerto, ya casi llegamos al límite del camino antes de cruzar el centro de la ciudad sin ser vistos gracias a las capuchas. Nadie nos miraba extrañado por nuestras vestimentas ya que en pleno mes de diciembre y con breves nevadas de vez en cuando, acompañada del frío congelante que traía el viento, nadie se molestaba en girar la cabeza cuando pasábamos.
Las puertas del palacio se alzan ante nosotros, mientras el incesante sonido de la banda fúnebre se aproxima. Rodeamos los muros de palacio y subimos por la parte trasera. Salto a los brazos de Delf que me espera al otro lado y salimos corriendo en dirección a los establos para escondernos en ellos.
—¿Y ahora qué?—pregunta Delf mientras da grandes bocanadas de aire por la carrera de hace unos instantes. —Debemos ir al interior de palacio sin ser vistos...—el sonido de alguien acercándose me interrumpe.
—La mujer del gobernador se está preparando para cuando la banda de música llegue y la lleven a la iglesia. Al gobernador le harán una misa especial—una voz aguda pero no de mujer, probablemente un chico
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joven, explica ese hecho que me hace crear una idea en mi cabeza.
—Delf, nos infiltraremos en el palacio, e iremos a su habitación, una vez dentro le exigiremos que nos diga dónde está el cofre—le susurro mi idea a Delf que asiente y sus ojos azules reflejan preocupación cuando me incorporo y me planteo salir corriendo al interior de la mansión entrando por la puerta de la cocina.

Cojo la bolsa que Delf lleva encima y meto la capa. Él me imita y pegados a la pared, entramos en el enorme edificio.
***
Esquivamos guardias, sirvientes e incluso invitados al funeral. Nos movemos con sigilo y extrema agilidad. Transformo a Delf en espada y le sujeto con mis manos. Empujo la puerta de la habitación de la reina, ubicación que averiguamos gracias a los sirvientes, y me cuelo dentro.
Una lámpara de araña enorme, ilumina la brillante habitación. La señora, con un vestido grisáceo casi negro y un velo negro tapando su rostro, se contempla en el espejo.
Echo un ligero vistazo a la estancia y no veo a nadie aparte de su señoría. Cierro la puerta y me acerco despacio hacia Beatriz.
Le tapo la boca y la empujo hacia atrás dejándola caer al suelo, mientras esta patalea e intenta liberarse.

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Al reconocer mi rostro deja de chillar y me mira asustada.
—Julia Brenfort..—Murmura cuando destapo su boca —¿Qué hacéis aquí?

—Señoría no quiero haceros daño, pero deseo saber donde escondió su marido el tesoro de mi familia. Es de suma importancia para mí el conocer su paradero—le explico con rapidez y tropezando unas palabras con otras.
— Solo sé que lo tiene un chico llamado Lorenzo, — hace una pausa para levantarse y sentarse en frente de su cómoda de nuevo—Hijo de un difunto comandante del ejército de mi esposo—me explica Beatriz mientras se mira en el espejo contemplando sus ojos enrojecidos por las lágrimas.
Se levanta el velo y crea un precioso reflejo de su piel de porcelana en el espejo.
—Mira en las habitaciones cercanas a la sala de armas...—termina diciendo bajando la mirada. —Gracias señoría. Siento lo de su marido, el gobernador Andrés—miento, aunque es cierto que la tristeza reflejada en el rostro compungido de Beatriz al asentirle al espejo me hace estremecer.

Salgo de nuevo de la habitación a paso ligero y con Delf aun en mis manos como espada.
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***
Busco la habitación entre tantas otras. Recuerdo la sala de armas. Aquel lugar donde tuve mi disputa con Eduardo, espada contra espada.
Una habitación tras otra, y nada. Todas vacías o con sirvientes que tengo que tantear para que no me vean. Hasta que por fin, gracias a un grito aterrador de mujer, doy con la habitación.

Asomo mi cabeza por la rendija y examino con determinación el interior.
Una cama como tantas otras de palacio. Hay una mujer de pelo moreno, mucho más negro que el mío y a la altura de los hombros, lacio y grueso. Ojos marrones, muy oscuros pero grandes, adornan la cara puntiaguda de la mujer.

—Ana, deja de gritar, maldita seas—la voz imperativa de un hombre de pelo negro también, que mira por la ventana sin tan siquiera mirar a la mujer mientras habla con ella.
—Estás loco, nos matarán a todos por tu culpa, maldito seas, no me mandes a callar o...—la voz de la mujer se va haciendo más grave conforme sube el volumen de su voz.
—Tú eres la única loca aquí y deja de gritar o te mataré. —El hombre desenvaina su espada y apunta con sangre fría a la mujer llamada Ana que está sentada en la cama mirándole con cara de asombro y odio.
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Un grito ahogado sale de mi garganta por el temor y el hombre se detiene en seco y baja su arma. Mira hacia la puerta y yo noto como mi cara pierde todo color. —Parece que tenemos compañía. —A través de la pequeña rendija no veo al hombre. Mi campo de visión reducido solo me deja ver a la mujer que ríe como una loca y da vueltas en la cama.
La puerta se abre muy deprisa y algo me agarra del cuello de la camisa. Me levanta en volandas y me sonríe con malicia. Unos ojos marrones, aunque no tan oscuros como los de la mujer, me escudriñan. Con barba de varios días, etiqueta su cara como la de un vagabundo, aunque con una excepción, lleva buenas ropas.
—Una joven muy atractiva, debo decirlo—el hombre intenta besarme pero me balanceo y le doy un cabezazo. La mujer ante su comentario deja de reír y le mira muy seria.
—¿Quién sois?—me pregunta la mujer con cara de pocos amigos.
—No tengo porque decir nada—digo mientras aprieto a Delf entre mis manos. Puede oírlo todo pero hasta que yo no lo diga no puede volver a ser humano.

—Qué pena, una ratita bonita y sin nombre—el hombre finge tristeza y me lanza al interior de la habitación, mientras él cierra la puerta.
Mi cabeza choca con violencia contra el suelo y grito de dolor. La mujer llamada Ana ríe a mis espaldas.

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Me incorporo y le apunto con la espada. El hombre ríe. —Bonita espada, al igual que su dueña... —¡Cállese!—le ordeno, interrumpiéndole y corriendo hacia él. Me esquiva todos los golpes y con su antebrazo, lanza la espada lejos de mí. Me sujeta por la cintura y me tira contra el suelo.
Me examina con agilidad y saca los cuchillos de mi cinturón y mi vaina. La bota sigue intacta, por lo tanto, la llave, también.
—Juguemos ratita, en pie—me ordena y yo por desequilibrio, le obedezco—corre.

Corro hacia mi espada pero el hombre me lanza los cuchillos para impedirlo. Esquivo uno que rompe la ventana y el segundo corta la cinta que ata mi pelo, deshaciendo la coleta y soltando mi melena negra. Lorenzo, asombrado, corre hacia mi para robar la espada y desenvaina la suya a la vez.
Solo en ese momento recuerdo que Beatriz dijo que era un mercenario.
Llega hasta mí y clava la empuñadura contra mi estómago.

Caigo al suelo dolorida y el hombre coge a Delf entre sus manos.
Lee la hoja de la espada en voz alta y su cara cambia completamente.

—Delf...—susurra casi sin aliento.
No puede ser. Las palabras de Beatriz resuenan en mi mente con suma nitidez. “
Un chico llamado Lorenzo,
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que es un mercenario e hijo de un importante comandante del antiguo ejército de mi esposo”.
Es el chico que Delf tuvo como hermano durante el tiempo que vivió con el comandante, y maltrataba a su madre, el caprichoso Lorenzo.

—Delf, transfórmate—murmuro desde el suelo. Al instante la conocida luz deslumbrante se hace hueco en la estancia y Delf aparece entre Lorenzo y yo.
Los nudillos de Delf están blancos y noto tensión en su cuello mientras mira a Lorenzo.

—¿Quién eres?—Lorenzo muestra confusión y asombro por la reciente aparición casi mágica de Delf. —¿No me recuerdas?—pregunta de vuelta Delf mientras le mira con odio y me ayuda a levantarme del suelo.
—Delf, el chico que se quiso hacer pasar por un hijo cuando vivía mi padre—suelta con asco Lorenzo—. Nunca fuiste un hermano para mí, me dabas pena.
Las duras palabras del hombre moreno se clavan en Delf como cuchillas. De su bota, Delf saca un cuchillo y se lo lanza al joven mercenario quien no logra esquivarla y le daña el hombro derecho.

—¿Qué demonios te pasa?—grita Lorenzo apartándose con brusquedad y posteriormente propinándole a Delf un puñetazo en la mejilla.
Su mejilla se vuelve morada y se hincha. Saca el otro cuchillo rápidamente y el mercenario lo esquiva esta vez. Delf se transforma en espada de nuevo y lo cojo en

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el aire. Lorenzo desenvaina la suya y comenzamos a luchar.
—¿Quién sois, ratita?—me vuelve a preguntar, y yo le escupo en la cara por su apodo nada cariñoso.

—La pregunta es quién os creéis que sois usted, esa es la pregunta—le suelto yo mientras esquivo los mismos golpes con los que mi padre me entrenaba.
—Manejáis muy bien la espada señorita, pero tenéis una lengua muy viperina y no sabéis con quién habláis —me comenta él con superioridad en su voz.

—No os dejéis engañar por las apariencias Lorenzo— Ana nos mira atenta desde la cama y parece demasiado relajada, como muy segura que su esposo ganará esta pelea.
—Se acabó la charla—una patada de la gran pierna de Lorenzo me empuja hacia el suelo y mi cabeza tropieza con una columna de la pared.
Otro golpe en la cabeza. Un líquido cálido recorre mi nuca y cae por mi espalda, manchando la camisa a su paso.

—No te apures por el dolor punzante que sentirás—me apunta con su espada y me pincha la mano. Delf cae al suelo con un estridente sonido.
Pasa la punta del arma a mi pecho y comienza a empujarla contra mi piel.

—Después de esto ya no sentirás nada—cierro los ojos con fuerza. Siento dolor allí donde Lorenzo clava su
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espada y también un calor abrasador en mi cabeza. Muerdo mis labios.
Y entonces... nada. El dolor punzante en mi pecho ya no es notable. Algo cae al suelo, primero un sonido estridente y luego uno sordo.

Abro los ojos lentamente y observo a Lorenzo en el suelo, con sangre saliendo de su cabeza y sobre él, Ana con los cabellos pegados al rostro por el sudor y un jarrón con decorados chinos color blanco adornado con un círculo rojo de sangre.
—Marchaos...—murmura Ana con ojos enloquecidos. Cojo a Delf y me pongo en pie. Un hilillo de sangre cae por mi frente, la nariz, y se derrama en mis labios hinchados. Ana deja caer el jarrón que se rompe en mil pedazos en el suelo de mármol.
—¿Dónde está el cofre?—pregunto balbuceando.
Ana levanta su rostro y me mira. Sus ojos pasan de enloquecidos a serios. Señala con el dedo huesudo y delgado a una pared con un enorme cuadro de girasoles. Corro hacia el cuadro y lo quito con cuidado de la pared. Detrás, empotrado en ésta, una caja fuerte con una combinación de números y de color grisáceo.
—La combinación...—murmuro para mí, pero al instante tengo a Ana abriéndola ante mis ojos.
Dentro, el cofre marrón oscuro y el candado de plata, en perfecto estado, me espera. Lo saco y lo coloco bajo mi brazo.

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—Gracias—le susurro a Ana, pero ésta vuelve a la cama, se mete dentro y se tapa con las sábanas hasta la cabeza.
Llego a la puerta y antes de cerrarla, echo un último vistazo. Lorenzo en el suelo, rodeado por un charco de sangre, mientras Ana, su esposa, quién le golpeó, duerme plácidamente en la cama.

Lentamente voy cerrando la puerta y dejo atrás otro momento que nunca podré olvidar.