Delf me coge la mano y mira hacia la colina con miedo.
—¿Qué ocurre? —le miro preocupada y él me observa
con sus grandes ojos abiertos y de un brillante azul.
—Él es Samuel, es el hechicero que me convirtió en
espada y mató a mi padre —confiesa Delf mirándome
preocupado y un poco aturdido al pronunciar la palabra
“mató”—Julia, no vayas, te podría pasar cualquier
cosa...
La risa del hechicero interrumpe nuestra conversación y
nos hace mirarle.
Los dedos de Samuel destellaron en vivos colores. Un
ejército de autómatas se dirigían hacia nosotros, con
grandes armas que nunca había visto jamás.
Cojo la espada de mi padre y me dirijo al campo de
batalla, pero Delf me agarró del brazo.
—No irás tú sola.
—Delf, no quiero que nadie más sufra por mi culpa —
le explico, e intento zafarme de su brazo, pero me es
imposible.
—Iremos contigo, no estás sola y si morimos, no será tu
culpa, te lo aseguro —me aclara, con ojos serios.
Miré detrás de él. Eduardo, mis tíos Bruno y Cecilia,
Victor y Virginia, padres de Eduardo, junto con toda su
organización, e incluso parte del antiguo ejército del
gobernador Andrés que ahora pertenecía a su hermano
Bruno. Los familiares que nunca conocí, pero que ahora
me son de gran ayuda.
Miro a Delf de nuevo y asentimos a la vez, cómplices.
Me suelta y miro en dirección al caos.
—Por si no salgo de esta... —son las únicas palabras
que oigo decir a Delf, para cuando me gira de nuevo y
posa sus labios sobre los míos.
El beso sabe a sangre y sal. Dejo caer la espada de mi
padre inconscientemente y le sujeto la cara con las dos
manos. Para cuando despega sus labios de los míos, sus
ojos azules tienen un brillo increíble. Tanto, que parece
que estoy sumergida en el mar en el momento del
crepúsculo.
Eduardo se acerca a nosotros, y recoge la espada de mi
padre del suelo y me la entrega, mientras me mira con
tristeza y celos.
Le lanza otra espada a Delf y los tres nos miramos. Nos
giramos en dirección a los autómatas, que ahora son
más que antes. Pero mi tía Cecilia, alcanza a Samuel
con una flecha y hace que deje de crear más seres de
metal.
Todos juntos corremos en dirección a los seres, y se
convierte en un remolino de carne y metal. Lucha,
sangre, muerte. Un campo de batalla.
***
Mientras lucho, observo como Eduardo y Delf, se
ayudan mutuamente y complementan el movimiento
del otro.
Mis tíos luchan muy ágilmente para ser tan mayores, y
Virginia la madre de Eduardo, pelea cuerpo a cuerpo
con uno de los autómatas con suma elegancia.
Evidentemente los padres de Eduardo, luchan tan
profesionales como su propio hijo.
No sé si saldré con vida de esta, pero no dejaré que ese
malvado hechicero, que arruinó la vida de Delf, robe el
tesoro de mi abuela, el que tanto me ha costado
encontrar.
Gotas de sudor recorren mi cara, y líquido negro que
sale de los seres metálicos, manchan mis ropas. Corto
cabezas, extremidades derribándolos al suelo, con solo
un golpe.
Entro en pánico cuando un ser metálico, con la cara
rasgada, me agarra del cuello y me zarandea como un
muñeco. Cualquiera que lo viese, diría que no duele,
pero si lo hace, y mucho. Siento como si mis huesos se
rompiesen. Delf y Eduardo me ven y los dos a la vez
vienen hacia mí, los dos a la misma velocidad.
Delf corta con su espada una extremidad del ser
metálico y Eduardo le corta la cabeza, creando una
fuente de líquido negro.
Susurro un gracias, y aviso a Delf de que un ser
metálico esta tras él. Instintivamente, lancé mi espada
por el aire y la clavé en la cabeza del autómata
dejándolo aturdido para que Eduardo acabe la tarea y
me devuelva mi espada con un gesto de admiración.
—Ve a por Samuel, Julia —me ordena Eduardo
mientras gira la cabeza en dirección al hechicero que
esta absorto en controlar las flechas que mi tía y parte
de nuestro ejército, le lanzan.
Corro hacia el relieve donde Samuel está. Pongo la
espada en su vaina y escalo las piedras para llegar a la
espalda de Samuel. Me quito el abrigo, y me seco el
sudor con él. Lo tiro lejos y saco la espada de nuevo.
El chasquido que produce el metal al salir de su funda
provoca la atención del mago.
Una flecha se clava en su hombro y un gruñido sale de
su garganta.
Tras frotar los dedos una vez, la herida desaparece y la
flecha se desintegra.
Samuel sonríe burlón ante mi cara de enorme confusión
y sorprendida debido a la ligera idea de que el
hechicero fuera inmortal.
—¿Sorprendida, señorita Brenfort? —me cuestiona el
viejo hechicero con una sorprendente melódica voz.
Intento atacar pero me esquiva con facilidad y
elegancia, y sonríe con arrogancia.
—No se moleste Julia, además, a mi no me gustan las
peleas —me explica creando una especie de cúpula a
modo de campo de fuerza para que las flechas no se
acercaran durante nuestra reunión.
—¡Ha atrapado a Julia! — mi tía Cecilia comienza a
gritar como loca y arco y flechas en mano, se acerca a
una velocidad alarmante hacia nosotros.
—¿Qué le gusta entonces, Samuel? —pregunto
exasperada y con prisas.
—Los trueques, intercambios, como quiera llamarlo.
—Adelante, ¿qué quiere cambiar entonces? —pregunto
bajando mi arma.
—La llave de su abuela —me dice sonriendo, con
malicia, porque sabe que lleva ventaja.
—¿Qué recibiré yo a cambio? —pregunto mientras
miro de soslayo a la batalla que se está llevando a cabo,
bajo mis pies.
—La libertad de Delf —mi cara de perplejidad le hace
continuar —el hechizo se romperá.
Le miro confundida y casi sin poder creerlo. La palabra
indecisión se repite en mi mente miles de veces.
—¿No es eso lo que quiere Julia?, ¿acaso no ama a ese
hombre? —las preguntas de Samuel me ponen aun más
nerviosa.
—¿Y si no le doy la llave? Delf puede vivir con la
maldición —una mueca de diversión para Samuel, se
forma en su cara.
—Él si, pero no usted...
—¿Qué significa eso?
—Usted también está maldita Julia. ¿Por qué cree que
fueron todos esos desmayos y extraños malestares que
tuvo a lo largo de su viaje? —la espada se cae de mis
manos y mi boca se queda abierta, algo que hace reír a
Samuel.
Gira sobre mi eje y se acerca a mi oído mientras
chasquea la lengua varias veces.
—Le queda poco tiempo como Julia Brenfort, señorita.
¿Nadie le dijo lo que le pasaba a los Beltrons? Su padre
no murió por un simple resfriado.
—¿Cómo sabe todo esto?, ¿quién es usted?. Maldita sea
—cojo la espada y le apunto a la garganta, algo que a
Samuel le toma por sorpresa pero que aun así ríe con
ello.
—Su padre sabía que también estaba maldita, y quiso
darle la llave, le dio igual...
—Deje de decir tonterías, si los Beltrons están
malditos, y dice usted que mi padre no murió por un
resfriado, ¿por qué murió mi tío asesinado y no por una
enfermedad? —no me había dado cuenta que estaba
llorando hasta que noté como las saladas gotas caían
por mi barbilla al suelo.
—Su tío tuvo solo varones de descendencia, y usted
Julia, es idéntica a su abuela... —hace una pausa y me
seca las lágrimas, pero yo me aparto bruscamente—
¿nadie le dijo como murió su abuela?
—No.
—El tesoro, ella quería ser inmortal, algo que
proporciona el tesoro ya que el bisabuelo de su abuela,
era hechicero y creó esa extraña y deseosa magia. Lo
que no sabía su abuela es que se debía usar magia para
poder tener la inmortalidad, y por eso usted y su padre
están malditos.
<<Su abuelo lo descubrió, y todo el mundo pensó que
estaba loco cuando escondió el tesoro con tanta
urgencia. Pero lo único que quiso hacer es proteger a
todos sus descendientes. Su padre, al tener una hija y
no un varón, obtuvo la maldición al instante, y sabía
que usted también la tenía, por eso quiso protegerla,
entrenándola con la espada, para que pudieras
defenderte de tantas cosas en la vida y que por tu
hermosa curiosidad, quisieras investigar hasta
encontrar el tesoro de tu abuela, y con una vana
esperanza su padre pensó que podría romper la
maldición>>
—¿Cómo puedo saber que todo eso es cierto? ¿Y si está
usted mintiendo? —sigo con la espada frente a él, y la
sujeto en posición de ataque mientras observo cada
movimiento de Samuel.
—Déjeme abrir el cofre Julia, y yo curaré su maldición
—me promete el hechicero.
—No me fío de usted Samuel, dígame que quiere a
cambio de la llave —Samuel se queda pensativo un
instante y al rato contesta.
—La vida de alguien, no puedo tener la inmortalidad,
pero si robo la vida de alguien podré utilizar su alma
como elixir para vivir más tiempo.
—¿Una vida?, está loco —un grito grave y brusco
suena detrás de mí. Me giro asustada y busco a la
persona del grito en el campo de batalla.
Tiene su cabello negro manchado de sangre así como su
ropa. Un gran corte le atraviesa el brazo. Eduardo,
malherido en el suelo con los autómatas luchando a su
alrededor, ignorándole.
Algo estalla, siento un dolor indescriptible, y con toda
mi fuerza y la espada en mis manos, rompo la barrera
mágica de Samuel y en el momento de distracción una
flecha le atraviesa una pierna.
Salto y caigo al suelo doblándome el pie, cojeando y
con el tobillo roto, mis aliados van abriendo camino.
Me lanzo sobre Eduardo y le sostengo la cabeza en mi
regazo.
—Eduardo, háblame —lentamente sus párpados se
abren y sus ojos azules, muy brillantes, me miran con
tristeza. Mis saladas lágrimas le limpian las sucias
mejillas al caer sobre ellas.
—Julia —noto el dolor que le produce al hablar — la
llave...
—Olvida la llave, no hables... —susurro pero
tartamudea cosas inaudibles—. Eduardo, no cierres los
ojos, mírame, no cierres los ojos, por favor —mis
lágrimas aumentan y tengo dificultades para respirar.
Mis tíos, los amigos y familiares de Eduardo se
aproximan a nosotros, y yo pido a Dios que no se lo
lleve.
—Te amo...—murmura Eduardo, cerrando los ojos y
besando mi mano.
—Yo también... —me atraganto con mis palabras sin
sustancia ni emoción, pienso en Delf, luchando en
algún lugar de este sangriento combate, incluso pienso
la probabilidad de que ya esté muerto —. No mueras,
Eduardo, por favor...
Su padre llega junto a nosotros y entre él y otros
miembros le cogen en brazos.
—Salvadle por favor —suplico mientras se abren paso
entre el gentío de metal.
Desde los brazos de varios hombres, Eduardo me mira
con ojos cansados mientras se aleja de mí. Y yo siento
en mi interior que jamás volveré a ver esos ojos azul
intenso clavados en mis ojos verdes. Me enjugo las
lágrimas y alejo ese pensamiento de mi mente.
Susurro pidiendo ayuda a Delf que al momento está
junto a mí y tras contarle brevemente lo sucedido, y
abrazarme a modo de consuelo, se convierte en espada
y me dirijo en busca de Samuel otra vez.
***
Llego a la colina de nuevo, y Samuel me espera allí
triunfante. Le apunto con mi espada y el usa su magia
para crear una espada de color azul verdoso ante mí.
—Luchemos pues... —sonríe y me ataca. Como la
primera vez que utilicé a Delf y recordando los
entrenamientos con mi padre, comienzo a contraatacar
y esquivar golpes.
Otro campo de fuerza nos engulle, aislándonos del resto
y yo, cada vez con más dificultad para mantener el
equilibrio y poder respirar, mantengo mi compostura.
—¿Problemas con el amor, Julia? —su pregunta me
enfurece y le ataco haciendo un pequeño rasguño en su
hombro derecho—. No tuve nada que ver. Murió él
solo.
—No morirá —esto me desconcentra y Samuel
aprovecha para darme un golpe que yo no percibo y me
hace un corte en la pierna donde tengo el tobillo roto.
—Vamos Julia, deje de luchar, solo necesito una vida y
todo acabará —vuelvo a atacar con más fuerza pero él
interpone su espada con la mía, quedamos los dos a tres
centímetros.
—Toma la mía, pero no hagas daño a nadie —doy un
salto atrás y grito de dolor por mi tobillo roto.
—¿Problemas de salud, señorita Brenfort?. Acabaré
con su vida pronto y no tendrá que pasar más dolor —la
espada se dirige a mi cuello, pero lo esquivo
agachándome a tiempo.
Me arrastro en el suelo y corto un pie de Samuel. Me
incorporo eufórica, pero al momento su pie se regenera
dejando solo un rastro de sangre en el mugriento suelo.
Comienza a llover. Mi pelo se empapa y los autómatas
enloquecen por el daño que la lluvia les produce.
—Delf, ayúdame —no soporto más el dolor que siento
en mi pie. Al momento Delf aparece ante mí, lleno de la
sangre de Samuel y el pelo empapado por la lluvia.
Saco un cuchillo de mi cintura y se lo paso, yo agarro
otro y entre los dos luchamos contra Samuel que nos
esquiva a ambos con facilidad.
***
Minutos de lucha horribles, hasta el final, casi al borde
de mi muerte le entrego mi alma. Delf se interpone
entre nosotros y se clava el cuchillo en su pecho.
—¡No!, ¡Delf! —grito enloquecida y me arrodillo ante
él con el pie lleno de sangre y cortes, la inflamación
aumenta y la piel se vuelve morada.
De su pecho borbotea sangre roja, tapono la herida pero
sigue saliendo.
—Samuel, salvadle, y matadme a mí, yo soy una
Beltrons , no él. Salvadle, por favor...
—Muy bien —su fría respuesta me hace mirarle
perpleja. Se arrodilla en perfecto estado y sin heridas a
nuestro lado y cura al instante la herida de Delf.
Al ver esto, me doy cuenta que no hay nada que hacer
ante este poderoso enemigo.
Ayudo a Delf a incorporarse.
—Aquí lo tienes —chasquea los dedos y el cofre llega
volando de alguna parte ante nosotros —. Abridlo.
Me decido abrir el cofre cuando Samuel me empuja y
creo que es una trampa.
—Usted no, Julia, el joven Delf, ¿me recuerdas?. Te
preguntas porque te transformé en espada. Era para que
la ayudaras a ella a romper la maldición que la apresa y
a cambio romperá la tuya. Abre el cofre. —La breve
explicación de Samuel, nos confunde a ambos, aun
más.
Temeroso, Delf se arrodilla ante el cofre delante de mí,
introduce la llave en la cerradura, y la gira lentamente.
Debería ser yo quien abriese el cofre después de tanto
tiempo, pero no tengo envidia en ese momento, sino
miedo.
El cofre se abre y una energía poderosa y pesada sale de
él. La energía me impulsa hacia atrás pero lucho para
mantener el equilibrio.
Samuel aparta a Delf de un manotazo y no sé muy bien
cómo, pero coge la energía y la introduce en su interior.
Luz se proyecta del interior de su cuerpo y se refleja en
el exterior. Esto hace daño a mis ojos y los aparto con
rapidez. Miro perpleja a mí alrededor y veo a Delf en el
suelo intentando levantarse, se queda de costado y mira
a la luz cegadora que procede del interior del brujo.
—Delf —grito su nombre y me arrodillo junto a él. Me
trago un doloroso grito que quería salir de mi garganta
por el fuerte dolor de mi magullado e hinchado tobillo
ahora amarillento.
—Julia —susurra mi nombre con dificultad. Le doy un
rápido beso y me pongo en pie con dificultad. La luz de
Samuel se detiene y ahora este se ve más alto y
poderoso que antes.
—Una vida a cambio de otra—Samuel repite esas
palabras con su fina voz y yo me estremezco a la espera
de mi muerte.
—Explicadme porque debo dar mi vida —le pido
exigente.
—Yo salvaré la vida de todos a cambio de una vida y
también salvaré a tu amigo de su maldición, decidid
que queréis hacer, Julia Brenfort.
—Está bien, matadme y romped la maldición que
atormenta a Delf, por favor... —me coloco de rodillas,
la impotencia me corroe por dentro pero me la trago y
pienso en los demás, todos los que están dando la vida
allí abajo.
—Adelante, primero una vida por otra vida, aunque la
tuya vale tanto que salvará a todos los presentes —una
sonrisa maliciosa pero de dientes perfectos es lo que me
muestra Samuel antes de crear una esfera de fuego que
dispara en mi dirección.
Lanza la esfera que me atraviesa y me quema como si
posara el dedo en una vela encendida, pero
multiplicado. Siento como si me quedara sorda y solo
oigo el grave sonido de la voz de Delf gritando mi
nombre con angustia.
Caigo al suelo sin remedio alguno, y apenas noto
alguna sensación que no sea dolor. Todo se vuelve
negro a mí alrededor, ya no noto el dolor en el tobillo.
Es más, parece que nunca lo tuve hinchado. El único
dolor que siento es en mi pecho, allí donde la esfera me
atravesó. No siento las piernas, y la paz absoluta de no
notar nada va subiendo por mis caderas y se aproxima a
mi pecho.
Esa “nada” placentera me sostiene en el aire cuando ya
me hubo consumido. No oigo, no huelo, no veo, no
siento. Absolutamente nada.
He muerto, es lo más probable... ¿Habré salvado a
todos o ha sido una trampa de Samuel y están ahora
todos muertos?
De pronto, puedo ver. Veo una luz cegadora de color
amarillenta, y siento calidez viniendo de ella. ¿Dios?,
¿es Dios que viene a por mí?
No, es otra cosa. Algo que me sostiene en esa “nada” y
me arrastra hacia la vida otra vez.
Casi como un parpadeo vuelvo a estar allí, en la colina.
Abro mis párpados y veo los pies de Samuel. Me
recompongo pero me quedo en la misma posición. El
hechicero está asomado al borde de la colina. Luces
chispeantes salen de sus dedos y oigo los gritos
eufóricos de las personas que hay allí abajo, gritos de
euforia por su victoria contra los autómatas. Lo que no
saben es que están salvados gracias a mi muerte...
Un momento, si yo no he muerto, ¿por qué los está
salvando?
Me levanto lentamente y miro en dirección donde
estaba Delf. Ahora el joven brilla. Brilla de una forma
espectacular. Sus cabellos dorados revolotean sobre su
cabeza.
Tiene los ojos cerrados y los brazos extendidos. Si me
fijo mejor puedo observar que el brillo que sale de su
piel le está volviendo transparente...consumiéndolo.
Me arrastro hasta él y le sujeto la pierna. No se mueve,
parece que no existo para él. Con gran pesar me pongo
en pie y el tobillo vuelve a dolerme. Ahora solo siento
un hormigueo en el pecho allí donde la esfera me
atravesó.
Lo zarandeo varias veces pero el proceso no se detiene.
Samuel aún está absorto en su tarea.
—Delf, ayúdame —murmuro y al instante Delf se
transforma en la espada que ha sido siempre. La cojo en
el aire y me giro hacia Samuel. Corro cojeando y le
clavo la espada desde la espalda atravesándole el
corazón. La última técnica que mi padre me enseñó
antes de morir.
Las chispas de los dedos del hechicero se detienen y
Samuel comienza a retorcerse.
Luces cegadoras de distintos colores salen de su
interior. Y entonces como una bomba, todo estalla.
Caigo al suelo y Delf se transforma en humano sin que
yo lo pida. Intento que se transforme de nuevo pero no
lo hace.
Sin embargo sigue brillando. El tobillo aun me duele y
los demás comienzan a subir para ver mi estado.
Delf abre los ojos y se pone de pie. Cada vez es más
traslúcido y ya casi puedo ver el atardecer a través de
él.
—Julia —Delf me abraza y aun puedo notar su calidez.
—¿Qué te está pasando, Delf? —le pregunto
atragantada y aterrorizada por la idea de perderlo.
—Una vida por otra vida... —murmura sonriendo.
—Me salvaste... —susurro mientras los ojos se llenan
de lágrimas.
—Tú los salvaste a ellos y yo te salvé a ti.
—Delf... —le interrumpo, enterrando mi cara en su
hombro traslúcido—.Ya no estás maldito. Eres humano
otra vez.
—Vuelvo a serlo... —me aparto de él y sus ojos brillan
de una manera más intensa debido a los rayos del sol
que le atraviesan. —Me alegro que seas la última
persona que vea, siendo “solo” humano otra vez.
—Te quiero —le confieso mientras unas lágrimas se
derraman por mis mejillas.
—Te amo... —nuestros labios se unen una vez, y solo
entonces entiendo el significado superior que tiene la
palabra amar...
Mis labios no sienten nada cálido. Abro los ojos y solo
veo el precioso crepúsculo. Delf no está. Pequeñas
motas de luz brillante parecidas a cristales, son
arrastradas por el viento desde donde él estuvo.
—Julia, ¿estáis bien? —me pregunta Víctor. Por su
rostro compungido significa que algo pasó con su hijo.
—Eduardo ha muerto...
Otra muerte más...
Me giro sobre mis talones, y contemplo a todos los
presentes. Las lágrimas empañan mis ojos y apenas
puedo diferenciarlo que me rodea.
—Hemos ganado Julia, hemos ganado, todo gracias a ti
—grita mi tía Cecilia alzando el arco que lleva entre sus
manos sucias de sangre.
Todos me vitorean pero se apartan cuando les pido
soledad.
Toco mi garganta. El colgante que me dio mi padre con
la foto de nosotros tres está en el interior. Me quito el
colgante y lo abro.
La foto está algo rota y se puede ver el otro lado de la
cobertura del colgante. Quito la foto con cuidado y
contemplo asombrada los grabados que hay escritos en
el interior.
—”Este es el tesoro Beltrons”—leo en un murmullo.
Todo encaja en un segundo.
La supuesta maldición de los Beltrons. El poder de la
inmortalidad. La extraña muerte de mi padre. Mi
bisabuelo hechicero. La inexplicable muerte de mi
abuela Matilda.
Nunca hubo poder alguno. Y este colgante fue de mi
abuela, solo que ahora me pertenece a mi gracias a mi
padre. El cofre era una tapadera realmente, pero quizás
hubo algún poder salvo que yo no podía verlo con mis
ojos.
Esto lo explica todo, este colgante. Este es el tesoro
Beltrons. La familia. La familia es el mayor tesoro.
Ahora perdí a mis dos seres más queridos para mí...
Nunca debí buscar este tesoro. La maldición se rompió,
y ya todo acabó.
***
Un traje blanco. Un vestido de novia, prestado por
Patricia, y el colgante con las fotos de mis padres, es lo
único que llevo puesto.
Detrás de mí, sobre este acantilado junto al precioso
mar se encuentran, los padres de Eduardo, Patricia, mis
tíos y Sofía. Las gemelas Lidia y Violeta, y Clara junto
a su madre.
Esparzo con delicadeza las cenizas de Eduardo. El
polvo gris es arrastrado por el viento y llevado al
interior del mar.
No siento nada en ese momento. El sufrimiento es tan
abrumador que no puedo sentir nada más. Lágrimas tras
otras caen por mis mejillas.
Tiro el cofre de mi abuela con la llave en su interior
para que nunca más pueda ser abierto y la espada de mi
padre.
Todo cae al agua salada con un chapoteo.
—Te amo Eduardo... —hago una pausa y cojo aire de
forma abrupta —te amo, Delf.
Mis piernas flaquean y caigo al suelo. Todos los
presentes se acercan a mí rápidamente y por la angustia,
acabo cerrando los ojos desmayándome.
Solo quiero ser como las cenizas que se convertían en
polvo gris mientras se introducían en el mar. O como
las motas cristalinas en las que se convirtió Delf
dejándome atrás con este pesar el resto de mi vida.
Los cortos y escasos momentos que pasé con mis
amores nunca se olvidarán, pasen tantos años como
pasen...