>6<
El invierno está al caer, y
aún así hace un calor sorprendente. Delf y yo caminamos por las calles de la ciudad.
Decenas de personas pasan apresuradas a nuestro lado. Vamos de camino al
palacio de los gobernadores, para buscar información sobre el cofre de mi
abuela, gracias a la ayuda que nos dió Sofía Rumier, la prima de mi abuela.
Ayer, cuando terminamos de hacer nuestro equipaje pasamos el día entero con
Lidia y Violeta, paseando por los jardines de la mansión.
Las chicas me habían dado
dos vestidos, aunque yo ahora llevaba mi ropa de siempre, camisa, pantalones y
botas. Delf también vestia igual, aunque
se había traído consigo el traje que se puso en el baile. Toda la ropa iba en el interior de una enorme
saca que Delf portaba sobre sus hombros,
mientras que yo, en mi bolsa, disponía de varias bolsitas de monedas, un
cuchillo, cuerdas y la llave.
Habíamos desayunado
rápidamente en la mansión, y la cena de anoche fue breve, ya que estábamos
cansados. A Clara no se la vio en toda la velada y luego caí rendida en la
cama.
Delf va a mi lado. A veces
se aparta el cabello rubio, humedecido por el sudor de la frente, y las mujeres
que pasan por allí se quedan mirándole, mientras yo le insisto en si necesita ayuda con el enorme saco lleno de
ropa. Pero él siempre niega con la cabeza y me sonríe para después continuar
mirando al frente sin mediar palabra.
***
A la hora del almuerzo, ya
estábamos a las afueras de la ciudad y había ya pocas tabernas. Entramos dentro
de una, donde había hombres con aspecto desaliñado y humilde, bebiendo jarras
enormes de espumosa cerveza.
Nos acercamos hacia una
mesa de maderas astilladas, alejada de las demás, y todos nos observan con
curiosidad mientras nos dirigimos hacia ella.
Dejamos las cosas en la
esquina, al lado de la mesa, y Delf se levanta por la comida.
Estofado de carne con
verduras y agua para él, y carne con arroz y zumo de naranja para mí. Comemos
deprisa, aunque saboreando la comida. Pagamos siete monedas de plata por ella,
y nos levantamos de la mesa con rapidez.
Salimos deprisa de la
taberna, esquivando las miradas, ahora curiosas, de los borrachos. Uno de
ellos, un hombre regordete y con la camisa llena de grasa, le puso una
zancadilla a Delf, que este esquivo con una gran agilidad que me sorprendió.
***
Para cuando cayó la noche,
estábamos en medio de la nada. Paramos al lado del camino de arena y nos
sentamos sobre la hierba, al lado de un gran árbol, un cerezo, que empezaba a
perder sus preciosos pétalos rosas.
Le pido a Delf que me dé el
saco, y extraigo uno de los vestidos, el
más oscuro, de diferentes tonos grises. Lo extiendo sobre el césped y me tumbo
sobre él. Delf me imita y así, dándonos la espalda, pasamos nuestra primera
noche al aire libre.
***
Tras dos días caminando por
fin llegamos a la ciudad donde está el palacio del gobernador. La entrada de la
ciudad es más humilde, pero conforme vamos adentrándonos en ella, las chozas y
casas de piedra y paja o madera, se convierten en lujosas y grandes mansiones
de ladrillo.
Cerca de la muralla que
rodea el palacio hay una panadería donde sale un maravilloso olor, que me trae
recuerdos de cuando iba de pequeña con mi padre a comprarle el pan al padre de
Luis, el panadero.
Una mujer joven, que no
pasaría de los treinta, sale por la puerta de la panadería. Tiene el pelo
recogido en una cola, que nace desde detrás de su oreja y acaba un poco más
allá de su pecho, en preciosas ondas oscuras.
La mujer mira a un lado y a
otro, como buscando a alguien y de pronto se fija en Delf. Se acerca a nosotros
y comienza a hablar, con una dulce voz.
—¿Sois Julia Brenfort y su
acompañante, el apuesto Delf?—nos pregunta, mientras nos mira de la cabeza a
los pies.
—Sí, lo somos—contesto
deprisa.
—Y gracias por lo de
apuesto—dice Delf riendo.
—Sofía me avisó——hace una
pausa y mira a su alrededor—que vendría una chica de cabellos negros como la
noche y grandes ojos verdes, acompañada de un atractivo joven de brillantes
ojos azules y cabellos dorados.
—Gracias, señora…
—Soy Silvia, la costurera
de sus señorías y amiga personal de
Sofía Rumier, encantada—se presenta, y nos hace una reverencia, regalándonos
una sonrisa.
—¿Es usted la que nos llevará ante el gobernador?—le
pregunto, mientras la miro a ella, a Delf, y de nuevo a ella.
—Sí, pero debéis ser discretos—nos mira con las cejas levantadas—y
tendréis que asearos, porque si el gobernador os ve con esas pintas no sé si os
dirá lo que queréis saber.
Luego de eso nos arrastró a
Delf y a mí al interior del castillo. Enormes puertas y lujosos suelos de
mármol, preciosas paredes de colores cálidos y guardias del gobernador por
todas partes aunque gracias a Silvia pasamos desapercibidos. Luego nos
separaron a Delf y a mi y nos llevaron a darnos un baño. Me dejaron con el
vestido gris, después de haberlo lavado porque tenía manchas del césped. El
vestido tenía un chal de lana para no pasar frío, y me recogí el pelo en un
moño con algunos mechones sueltos.
Me encontré de nuevo con
Delf, en un pequeño salón de paredes doradas y suelo blanco. Iba ataviado con
su ropa de siempre, pero su pelo brillaba con más fuerza que antes. Me explicó
que Silvia había guardado nuestras cosas pero, para cuando esta apareció, me
entregó la llave de mi abuela, y la escondí entre mis pequeños pechos apretados
por el incómodo corsé.
***
Un hombre mayor, rozando
los sesenta años de edad, se acomoda en una silla de grandes dimensiones de
terciopelo rojo, semejante a un trono.
Andrés, junto a su esposa,
gobierna un pueblo con pocos recursos económicos.
Era un hombre de negocios
antes de tener este poder, debido al rechazo de al cargo de su hermano pequeño.
La vida de Andrés cambió
cuando un hechicero le ofreció tener un poder mayor.
-Samuel –dice casi en un
murmullo el gobernador.
Una sombra sale desde
detrás de las cortinas con suma elegancia.
-Andrés, su suprema
señoría–enuncia irónico Samuel con una voz aterciopelada, sin contraste con su
edad. –Gracias por aceptar mi oferta.
-Gracias a ti por ayudarme
con esto – declara Andrés. – ¿Qué debo hacer?
-Vendrá a visitaros dentro
de unas horas una joven de oscuros cabellos y preciosos ojos verdes, pidiendo
ayuda sobre el paradero del tesoro que usted no pudo conseguir – expone Samuel
con todos los detalles. –Deberá
indicarle la posición del tesoro ya que, ella
si podrá conseguirlo. Después jugará con engaños con ella para conseguir su propósito sin mancharse
usted las manos.
- Magnífico – exclama
Andrés.
-¿Tiene alguna duda sobre
algo que deba hacer, señoría? – pregunta cortés Samuel.
-Sí, ¿cómo se llama la
joven? – formula el hombre de gran cargo con una mirada pensativa.
-Julia Brenfort – responde
el hechicero con tono apático
***
La sala de audiencias era
espectacular. Cortinas rojas que colgaban desde el alto techo hasta el luminoso
suelo, grandes alfombras, y al fondo de todo, dos enormes sillas. El gobernador
Andrés reposaba en una. Mientras lo observaba pensaba en como mi padre me lo
había descrito desde niña.
El pelo blanco, al igual
que su fina barba, y siempre vestido con trajes carísimos y diversas joyas. Su
esposa Beatriz, tan bella como todos
decían, era mucho más joven que el gobernador. Su pelo, largo y liso del color
del caramelo, y sus grandes ojos grises, con un brillo juvenil, resaltaba en su
cara.
Silvia nos indica que
esperemos junto a la puerta hasta que ella nos lo diga y así lo hacemos.
Observo cómo se aleja con
grandes zancadas y se acerca al gobernador. Hace una reverencia y se inclina
hacia él para susurrarle algo al oído. El gobernador asiente varias veces y
hace que sus guardias salgan de la habitación, tras lo cual Silvia nos hace un gesto para que nos
acerquemos.
Al llegar, Delf realiza una
reverencia y yo le imito.
—Así que... buscáis el
tesoro de los Beltrons, y os envía Sofía Rumier—nos murmura el gobernador con
una voz agrietada por la edad. Yo asiento y el gobernador continua—Sofía es una
conocida mía, pero no puedo fiarme de vosotros, ya que no os conozco. ¿Cómo
sabíais de la existencia de ese tesoro?
—Porque el tesoro
pertenecía a mi abuela, Matilda Beltrons. Muchos saben de la existencia de ese
cofre, pero pocos saben de su paradero. Y uno de esos pocos es usted,
señoría—voy bajando la voz conforme observo las caras de todos los presentes.
No sabría decir si era de enfado o sorpresa—. Por eso he venido aquí desde tan
lejos, para pedir a su señoría que contéis lo que sepa.
Me pongo de rodillas e
inclino la cabeza. Odié hacerlo, pero si la única forma de averiguar dónde está
el tesoro de mi abuela, es ser amable con este egoísta y corrupto gobernador,
que así sea.
Oigo pasos y miro de
soslayo en dirección a Delf, pero sus pies siguen en la misma posición que
antes. Alguien se agacha delante de mí, y con sus finos dedos me levanta la
barbilla.
Miro hacia arriba y me
sorprendo al ver a Beatriz, la esposa
del gobernador, que me regala una bella sonrisa colocando con sus dedos un
mechón de mi pelo negro detrás de la oreja.
—Para ser tan joven, tus
ojos brillan con furia, y estoy segura de que deseas ese tesoro por algo
importante y nada egoísta—me suelta la barbilla y la miro con la boca
ligeramente abierta, dado a mi sorpresa—estoy segura que eres muy bondadosa.
Se levanta y le hace una
reverencia a su marido, tras lo cual sale de la habitación cerrando la
puerta. Cierro los ojos durante un
segundo y luego me levanto y observo al gobernador, entornando los ojos.
—Reuníos conmigo esta
noche, después de la cena y os diré todo lo que queráis saber…—hace una pausa y
se levanta de su asiento, pasa a mi lado y justo en ese momento me
susurra—Julia Brenfort.
***
Silvia nos acompañó al
jardín del palacio, adornado lleno de flores de todos los tamaños y colores
posibles.
Estamos sentados a una mesa
en la que hay una bandeja de té frente a nosotros. Silvia es muy elegante en
todos los sentidos, incluso comiendo pastel y bebiendo té, al contrario que yo.
—Silvia... ¿creéis que el
gobernador está disgustado conmigo?—le pregunto, mirando fijamente las
diminutas ondas que se forman dentro de la taza—quiero decir, por mi
interrupción tan brusca y mal educada.
—No lo creo Julia—me responde,
mientras da un sorbo al té, muy serena—al gobernador le habéis gustado desde el
principio.
—¿Gustado?
— Julia querida, el
gobernador es un hombre, no lo olvidéis—. En ese momento Delf, que había estado
apartado de la conversación, casi se ahoga con un trozo de pastel de cereza.
—Sois tan divertido
Delf—Silvia se levanta de su silla, y le da el último sorbo al té, riendo. Su
risa es muy dulce y juvenil— bueno, ahora volveré a mis labores. Si necesitáis
cualquier cosa, ordenar a los criados del palacio.
—Silvia, ¿le dijo usted al
gobernador mi nombre y apellido?—pregunto cautelosa. Silvia me mira confusa y
frunciendo el ceño.
—No, solo le dije que
buscabais ese tesoro y que os mandaba Sofía. ¿Por qué?, ¿ocurre algo?—pregunta
Silvia, preocupada.
—No—niego con la cabeza y
sonrió forzadamente, para que no sospeche—muchas gracias por todo, Silvia.
Silvia hace una reverencia
y se aleja de nosotros, desapareciendo en el interior del edificio. Doy un
sorbo al té, pero tras ingerirlo hago una mueca de desagrado. Estaba muy
amargo, no se como Silvia podía tomarlo tan tranquila.
Miro a Delf por el rabillo
del ojo y compruebo que su taza está vacía, y ahora se centra en comerse un
gran trozo de pastel de chocolate.
— ¿Qué pasa?—me pregunta,
con la boca llena y restos de chocolate en los labios. Suelto una risilla y
esta vez, un poco enfadado, pregunta de nuevo— ¿qué pasa?
—Tienes chocolate por toda
la cara—digo, riendo entre dientes.
—Oh, vaya…—dice mientras
coge una servilleta de encaje. Se limpia y me mira de nuevo—este pastel esta
delicioso, deberías probarlo.
—No, gracias—en realidad
tenía hambre, pero no de cosas dulces— ¿por qué todo el mundo cree que estamos
enamorados?
—No sé—le da otro bocado al
pastel y cuando lo traga todo me mira de nuevo sonriendo burlón— ¿te molesta?
—No, bueno yo…—siento como
me sonrojo y agacho la cabeza, mientras Delf comienza a reír escandalosamente.
—No te preocupes, a mi no
me molesta, simplemente cuando nos pregunten diremos que no y listo—dice
levantándome la cabeza por la barbilla y de nuevo se centra en el pastel hasta
acabarlo.
***
Delf estuvo contándome
cosas de su infancia hasta la hora de la cena. Me dijo que en cada uno de sus
cumpleaños iban a cenar a los restaurantes de la ciudad. Me contó que fue a la
escuela hasta los catorce años, y después continuo estudiando en casa, le
gustaba mucho leer y luchar con espadas de madera contra Lorenzo, el hijo del
comandante. Me contó que Lorenzo era de la misma edad que él, y que tenía los
ojos marrones como el chocolate derretido. Los dos eran muy populares entre las
jovencitas y Lorenzo tenía una novia a la que él nunca conoció. Ahora no sabía
nada de ese joven al que él siempre considero como su mejor amigo.
Paseamos por el jardín y
cada vez que veíamos un tipo de flor diferente, me decía como se llamaba y que
significaba en el lenguaje de las flores. Delf
me regaló un clavel rojo, pero se negó a decirme que simbolizaba. Eso me hizo vacilar antes de
dejar que lo colocase en mi pelo, a modo de accesorio en mi moño.
A la hora de la cena,
Silvia me trajo un vestido rosado con rosas estampadas y volantes en la cola.
Me dejé el pelo suelto y me puse el clavel rojo de Delf en mi pelo.
Me encontré con él, el gobernador y su esposa en el comedor
principal, donde había platos mucho más exquisitos que los de Sofía.
Nos sentamos todos juntos,
aunque la mesa era de tal longitud, como los que imaginaba en los cuentos que
papá me leía cuando pequeña.
El gobernador se sentó en
el centro, a su izquierda tenía a su esposa y a su derecha estábamos yo y a mi
lado, Delf.
—Gracias por acompañarnos
en la cena, jóvenes forasteros—el gobernador Andrés cogió un trozo de tela, a
modo de servilleta y se la colocó en su regazo. Su esposa le imitó, por lo que
Delf y yo también lo hicimos—. Decidme, ¿como os llamáis?
—Mi nombre es Delf—contestó
primero este, sin expresión en su voz. Yo vacilé un instante ya que el
gobernador fingía no conocer mi nombre.
—Mi nombre es Julia
Brenfort, aunque creía que ya lo sabíais, señoría—digo al fin, estudiando cada
una de mis palabras.
—No es como decís—dice el
gobernador, sereno—.Quiero presentarles a un invitado muy apreciado, que ha
venido a última hora y se incorporará con nosotros a la cena.
Miro hacia la mujer, pero
esta solo observa fijamente su copa de vino, sin hablar en ningún momento.
En ese momento el
gobernador dice algo en voz alta, que yo no logro oír, ya que estoy concentrada
en la puerta del comedor, la cual se abre lentamente, para dar paso a un joven
de cabellos oscuros que se acerca a la mesa con grandes zancadas.
Y solo despierto de mi
desconexión con el mundo que me rodea, cuando el joven de cabellos negros y
ojos azul oscuros, con un parche negro, que penetran en los míos, se sienta en
la silla al lado de la mujer del gobernador y me sonríe mirándome fijamente.
—Nos volvemos a ver—dice el
joven. Yo palidezco. El gobernador nos
mira confundido y Delf taladra al joven con ojos como platos—Julia...
Ese joven del parche, era
Eduardo.
Leido
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