8 de noviembre de 2012

Encrucijada de Lágrimas- Capítulo 6


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El invierno está al caer, y aún así hace un calor sorprendente. Delf  y yo caminamos por las calles de la ciudad. Decenas de personas pasan apresuradas a nuestro lado. Vamos de camino al palacio de los gobernadores, para buscar información sobre el cofre de mi abuela, gracias a la ayuda que nos dió Sofía Rumier, la prima de mi abuela. Ayer, cuando terminamos de hacer nuestro equipaje pasamos el día entero con Lidia y Violeta, paseando por los jardines de la mansión.
Las chicas me habían dado dos vestidos, aunque yo ahora llevaba mi ropa de siempre, camisa, pantalones y botas. Delf  también vestia igual, aunque se había traído consigo el traje que se puso en el baile.  Toda la ropa iba en el interior de una enorme saca que Delf portaba sobre sus hombros,  mientras que yo, en mi bolsa, disponía de varias bolsitas de monedas, un cuchillo, cuerdas y la llave.
Habíamos desayunado rápidamente en la mansión, y la cena de anoche fue breve, ya que estábamos cansados. A Clara no se la vio en toda la velada y luego caí rendida en la cama.
Delf va a mi lado. A veces se aparta el cabello rubio, humedecido por el sudor de la frente, y las mujeres que pasan por allí se quedan mirándole, mientras yo le insisto en si  necesita ayuda con el enorme saco lleno de ropa. Pero él siempre niega con la cabeza y me sonríe para después continuar mirando al frente sin mediar palabra.

***
A la hora del almuerzo, ya estábamos a las afueras de la ciudad y había ya pocas tabernas. Entramos dentro de una, donde había hombres con aspecto desaliñado y humilde, bebiendo jarras enormes de espumosa cerveza.
Nos acercamos hacia una mesa de maderas astilladas, alejada de las demás, y todos nos observan con curiosidad mientras nos dirigimos hacia ella.
Dejamos las cosas en la esquina, al lado de la mesa, y Delf se levanta por la  comida.
Estofado de carne con verduras y agua para él, y carne con arroz y zumo de naranja para mí. Comemos deprisa, aunque saboreando la comida. Pagamos siete monedas de plata por ella, y nos levantamos de la mesa con rapidez.
Salimos deprisa de la taberna, esquivando las miradas, ahora curiosas, de los borrachos. Uno de ellos, un hombre regordete y con la camisa llena de grasa, le puso una zancadilla a Delf, que este esquivo con una gran agilidad que me sorprendió.

***
Para cuando cayó la noche, estábamos en medio de la nada. Paramos al lado del camino de arena y nos sentamos sobre la hierba, al lado de un gran árbol, un cerezo, que empezaba a perder sus preciosos pétalos rosas.
Le pido a Delf que me dé el saco, y extraigo  uno de los vestidos, el más oscuro, de diferentes tonos grises. Lo extiendo sobre el césped y me tumbo sobre él. Delf me imita y así, dándonos la espalda, pasamos nuestra primera noche al aire libre.

***

Tras dos días caminando por fin llegamos a la ciudad donde está el palacio del gobernador. La entrada de la ciudad es más humilde, pero conforme vamos adentrándonos en ella, las chozas y casas de piedra y paja o madera, se convierten en lujosas y grandes mansiones de ladrillo.
Cerca de la muralla que rodea el palacio hay una panadería donde sale un maravilloso olor, que me trae recuerdos de cuando iba de pequeña con mi padre a comprarle el pan al padre de Luis, el panadero.
Una mujer joven, que no pasaría de los treinta, sale por la puerta de la panadería. Tiene el pelo recogido en una cola, que nace desde detrás de su oreja y acaba un poco más allá de su pecho, en preciosas ondas oscuras.
La mujer mira a un lado y a otro, como buscando a alguien y de pronto se fija en Delf. Se acerca a nosotros y comienza a hablar, con una dulce voz.
—¿Sois Julia Brenfort y su acompañante, el apuesto Delf?—nos pregunta, mientras nos mira de la cabeza a los pies.
—Sí, lo somos—contesto deprisa.
—Y gracias por lo de apuesto—dice Delf riendo.
—Sofía me avisó——hace una pausa y mira a su alrededor—que vendría una chica de cabellos negros como la noche y grandes ojos verdes, acompañada de un atractivo joven de brillantes ojos azules y cabellos dorados.
—Gracias, señora…
—Soy Silvia, la costurera de sus señorías y  amiga personal de Sofía Rumier, encantada—se presenta, y nos hace una reverencia, regalándonos una sonrisa.
—¿Es usted  la que nos llevará ante el gobernador?—le pregunto, mientras la miro a ella, a Delf, y de nuevo a ella.
—Sí, pero debéis ser  discretos—nos mira con las cejas levantadas—y tendréis que asearos, porque si el gobernador os ve con esas pintas no sé si os dirá lo que queréis saber.
Luego de eso nos arrastró a Delf y a mí al interior del castillo. Enormes puertas y lujosos suelos de mármol, preciosas paredes de colores cálidos y guardias del gobernador por todas partes aunque gracias a Silvia pasamos desapercibidos. Luego nos separaron a Delf y a mi y nos llevaron a darnos un baño. Me dejaron con el vestido gris, después de haberlo lavado porque tenía manchas del césped. El vestido tenía un chal de lana para no pasar frío, y me recogí el pelo en un moño con algunos mechones sueltos.
Me encontré de nuevo con Delf, en un pequeño salón de paredes doradas y suelo blanco. Iba ataviado con su ropa de siempre, pero su pelo brillaba con más fuerza que antes. Me explicó que Silvia había guardado nuestras cosas pero, para cuando esta apareció, me entregó la llave de mi abuela, y la escondí entre mis pequeños pechos apretados por el incómodo corsé.

***
Un hombre mayor, rozando los sesenta años de edad, se acomoda en una silla de grandes dimensiones de terciopelo rojo, semejante a un trono.
Andrés, junto a su esposa, gobierna un pueblo con pocos recursos económicos.
Era un hombre de negocios antes de tener este poder, debido al rechazo de al cargo de su hermano pequeño.
La vida de Andrés cambió cuando un hechicero le ofreció tener un poder mayor.
-Samuel –dice casi en un murmullo el gobernador.
Una sombra sale desde detrás de las cortinas con suma elegancia.
-Andrés, su suprema señoría–enuncia irónico Samuel con una voz aterciopelada, sin contraste con su edad. –Gracias por aceptar mi oferta.
-Gracias a ti por ayudarme con esto – declara Andrés. – ¿Qué debo hacer?
-Vendrá a visitaros dentro de unas horas una joven de oscuros cabellos y preciosos ojos verdes, pidiendo ayuda sobre el paradero del tesoro que usted no pudo conseguir – expone Samuel con todos los detalles.  –Deberá indicarle la posición del tesoro ya que, ella si podrá conseguirlo. Después jugará con engaños con ella  para conseguir su propósito sin mancharse usted las manos.
- Magnífico – exclama Andrés.
-¿Tiene alguna duda sobre algo que deba hacer, señoría? – pregunta cortés Samuel.
-Sí, ¿cómo se llama la joven? – formula el hombre de gran cargo con una mirada pensativa.
-Julia Brenfort – responde el hechicero con tono apático

***
La sala de audiencias era espectacular. Cortinas rojas que colgaban desde el alto techo hasta el luminoso suelo, grandes alfombras, y al fondo de todo, dos enormes sillas. El gobernador Andrés reposaba en una. Mientras lo observaba pensaba en como mi padre me lo había descrito desde niña.
El pelo blanco, al igual que su fina barba, y siempre vestido con trajes carísimos y diversas joyas. Su esposa  Beatriz, tan bella como todos decían, era mucho más joven que el gobernador. Su pelo, largo y liso del color del caramelo, y sus grandes ojos grises, con un brillo juvenil, resaltaba en su cara.
Silvia nos indica que esperemos junto a la puerta hasta que ella nos lo diga y así lo hacemos.
Observo cómo se aleja con grandes zancadas y se acerca al gobernador. Hace una reverencia y se inclina hacia él para susurrarle algo al oído. El gobernador asiente varias veces y hace que sus guardias salgan de la habitación, tras lo cual  Silvia nos hace un gesto para que nos acerquemos.
Al llegar, Delf realiza una reverencia y yo le imito.
—Así que... buscáis el tesoro de los Beltrons, y os envía Sofía Rumier—nos murmura el gobernador con una voz agrietada por la edad. Yo asiento y el gobernador continua—Sofía es una conocida mía, pero no puedo fiarme de vosotros, ya que no os conozco. ¿Cómo sabíais de la existencia de ese tesoro?
—Porque el tesoro pertenecía a mi abuela, Matilda Beltrons. Muchos saben de la existencia de ese cofre, pero pocos saben de su paradero. Y uno de esos pocos es usted, señoría—voy bajando la voz conforme observo las caras de todos los presentes. No sabría decir si era de enfado o sorpresa—. Por eso he venido aquí desde tan lejos, para pedir a su señoría que contéis lo que sepa.
Me pongo de rodillas e inclino la cabeza. Odié hacerlo, pero si la única forma de averiguar dónde está el tesoro de mi abuela, es ser amable con este egoísta y corrupto gobernador, que así sea.
Oigo pasos y miro de soslayo en dirección a Delf, pero sus pies siguen en la misma posición que antes. Alguien se agacha delante de mí, y con sus finos dedos me levanta la barbilla.
Miro hacia arriba y me sorprendo al ver a  Beatriz, la esposa del gobernador, que me regala una bella sonrisa colocando con sus dedos un mechón de mi pelo negro detrás de la oreja.
—Para ser tan joven, tus ojos brillan con furia, y estoy segura de que deseas ese tesoro por algo importante y nada egoísta—me suelta la barbilla y la miro con la boca ligeramente abierta, dado a mi sorpresa—estoy segura que eres muy bondadosa.
Se levanta y le hace una reverencia a su marido, tras lo cual sale de la habitación cerrando la puerta.  Cierro los ojos durante un segundo y luego me levanto y observo al gobernador, entornando los ojos.
—Reuníos conmigo esta noche, después de la cena y os diré todo lo que queráis saber…—hace una pausa y se levanta de su asiento, pasa a mi lado y justo en ese momento me susurra—Julia Brenfort.

***
Silvia nos acompañó al jardín del palacio, adornado lleno de flores de todos los tamaños y colores posibles.
Estamos sentados a una mesa en la que hay una bandeja de té frente a nosotros. Silvia es muy elegante en todos los sentidos, incluso comiendo pastel y bebiendo té, al contrario que yo.
—Silvia... ¿creéis que el gobernador está disgustado conmigo?—le pregunto, mirando fijamente las diminutas ondas que se forman dentro de la taza—quiero decir, por mi interrupción tan brusca y mal educada.
—No lo creo Julia—me responde, mientras da un sorbo al té, muy serena—al gobernador le habéis gustado desde el principio.
—¿Gustado?
— Julia querida, el gobernador es un hombre, no lo olvidéis—. En ese momento Delf, que había estado apartado de la conversación, casi se ahoga con un trozo de pastel de cereza.
—Sois tan divertido Delf—Silvia se levanta de su silla, y le da el último sorbo al té, riendo. Su risa es muy dulce y juvenil— bueno, ahora volveré a mis labores. Si necesitáis cualquier cosa, ordenar a los criados del palacio.
—Silvia, ¿le dijo usted al gobernador mi nombre y apellido?—pregunto cautelosa. Silvia me mira confusa y frunciendo el ceño.
—No, solo le dije que buscabais ese tesoro y que os mandaba Sofía. ¿Por qué?, ¿ocurre algo?—pregunta Silvia, preocupada.
—No—niego con la cabeza y sonrió forzadamente, para que no sospeche—muchas gracias por todo, Silvia.
Silvia hace una reverencia y se aleja de nosotros, desapareciendo en el interior del edificio. Doy un sorbo al té, pero tras ingerirlo hago una mueca de desagrado. Estaba muy amargo, no se como Silvia podía tomarlo tan tranquila.
Miro a Delf por el rabillo del ojo y compruebo que su taza está vacía, y ahora se centra en comerse un gran trozo de pastel de chocolate.
— ¿Qué pasa?—me pregunta, con la boca llena y restos de chocolate en los labios. Suelto una risilla y esta vez, un poco enfadado, pregunta de nuevo— ¿qué pasa?
—Tienes chocolate por toda la cara—digo, riendo entre dientes.
—Oh, vaya…—dice mientras coge una servilleta de encaje. Se limpia y me mira de nuevo—este pastel esta delicioso, deberías probarlo.
—No, gracias—en realidad tenía hambre, pero no de cosas dulces— ¿por qué todo el mundo cree que estamos enamorados?
—No sé—le da otro bocado al pastel y cuando lo traga todo me mira de nuevo sonriendo burlón— ¿te molesta?
—No, bueno yo…—siento como me sonrojo y agacho la cabeza, mientras Delf comienza a reír escandalosamente.
—No te preocupes, a mi no me molesta, simplemente cuando nos pregunten diremos que no y listo—dice levantándome la cabeza por la barbilla y de nuevo se centra en el pastel hasta acabarlo.

***
Delf estuvo contándome cosas de su infancia hasta la hora de la cena. Me dijo que en cada uno de sus cumpleaños iban a cenar a los restaurantes de la ciudad. Me contó que fue a la escuela hasta los catorce años, y después continuo estudiando en casa, le gustaba mucho leer y luchar con espadas de madera contra Lorenzo, el hijo del comandante. Me contó que Lorenzo era de la misma edad que él, y que tenía los ojos marrones como el chocolate derretido. Los dos eran muy populares entre las jovencitas y Lorenzo tenía una novia a la que él nunca conoció. Ahora no sabía nada de ese joven al que él siempre considero como su mejor amigo.
Paseamos por el jardín y cada vez que veíamos un tipo de flor diferente, me decía como se llamaba y que significaba en el lenguaje de las flores. Delf  me regaló un clavel rojo, pero se negó a decirme  que simbolizaba. Eso me hizo vacilar antes de dejar que lo colocase en mi pelo, a modo de accesorio en mi moño.
A la hora de la cena, Silvia me trajo un vestido rosado con rosas estampadas y volantes en la cola. Me dejé el pelo suelto y me puse el clavel rojo de Delf en mi pelo.
Me encontré con él,  el gobernador y su esposa en el comedor principal, donde había platos mucho más exquisitos que los de Sofía.
Nos sentamos todos juntos, aunque la mesa era de tal longitud, como los que imaginaba en los cuentos que papá me leía cuando pequeña.
El gobernador se sentó en el centro, a su izquierda tenía a su esposa y a su derecha estábamos yo y a mi lado, Delf.
—Gracias por acompañarnos en la cena, jóvenes forasteros—el gobernador Andrés cogió un trozo de tela, a modo de servilleta y se la colocó en su regazo. Su esposa le imitó, por lo que Delf y yo también lo hicimos—. Decidme, ¿como os llamáis?
—Mi nombre es Delf—contestó primero este, sin expresión en su voz. Yo vacilé un instante ya que el gobernador fingía no conocer mi nombre.
—Mi nombre es Julia Brenfort, aunque creía que ya lo sabíais, señoría—digo al fin, estudiando cada una de mis palabras.
—No es como decís—dice el gobernador, sereno—.Quiero presentarles a un invitado muy apreciado, que ha venido a última hora y se incorporará con nosotros a la cena.
Miro hacia la mujer, pero esta solo observa fijamente su copa de vino, sin hablar en ningún momento.
En ese momento el gobernador dice algo en voz alta, que yo no logro oír, ya que estoy concentrada en la puerta del comedor, la cual se abre lentamente, para dar paso a un joven de cabellos oscuros que se acerca a la mesa con grandes zancadas.
Y solo despierto de mi desconexión con el mundo que me rodea, cuando el joven de cabellos negros y ojos azul oscuros, con un parche negro, que penetran en los míos, se sienta en la silla al lado de la mujer del gobernador y me sonríe  mirándome fijamente.
—Nos volvemos a ver—dice el joven.  Yo palidezco. El gobernador nos mira confundido y Delf taladra al joven con ojos como platos—Julia...
Ese joven del parche, era Eduardo.



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