1 de noviembre de 2012

Encrucijada de Lágrimas- Capítulo 1

Por si alguien se ha perdido este es  mi segundo libro Encrucijada de Lágrimas ya antes subí la sinopsis y el prólogo. Para verlo Clic Aquí                
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Yo, Julia Brenfort, con solo dieciséis años, me enfrento a la vida solo con una vieja espada, una llave que no se que abre, un colgante con mis recuerdos y un estúpido vestido blanco.
Ahora me dirijo a vender lo que he cazado en el bosque que hay a las afueras de la ciudad, cuatro pequeñas liebres. Cojo a los animales y me los llevo por las estrechas calles de la ciudad, mientras todas las personas que pasan a mi alrededor me miran con desconfianza, pero yo los ignoro.
Odio a esos ricachones de la ciudad que se pasean con sus elegantes coches de caballos. Ellos solo se preocupan de dar buena impresión mientras yo me dedico a sobrevivir.
Llego a la tienda del mercado, en la que siempre me compran las cosas que cazo. El señor Richard Loreto, mercader de la ciudad y mejor amigo de la familia,  me da la espalda desde detrás del mostrador.
Me acercó al puesto con cautela, para evitar a los demás vendedores que están algo chiflados.
—Buenos días Señor Loreto —saludo levantado la mano derecha en la que llevo las liebres.
El señor Loreto, al oír mi voz se gira y al verme una sonrisa ilumina su rostro.
—Que alegría verla Señorita Brenfort — saluda, con su mano arrugada y llena de cortes. —Buenos días, ¿que me trae hoy? —me pregunta mientras observa mi mano.
—Pues, le traigo cuatro liebres, para que se los venda al carnicero o las pruebe usted mismo—le respondo, mostrándole los animales y mi mejor sonrisa.
—Bien, bien… —dice mientras coge los animales y los coloca detrás del mostrador de madera del puesto del mercado —aquí tienes el dinero que le corresponde a lo que me has traído —finaliza el señor Loreto entregándome en la mano, una bolsita de cuero llena de monedas de oro, algo que para mi es muy difícil de conseguir en cualquier otra parte.
—Muchas gracias Señor Loreto —le agradezco comprobando el peso de la bolsita.
—No hay que darlas Señorita Brenfort —me habla mientras se inclina sobre el mostrador —oiga señorita Julia, ¿está mejor de lo de su padre?, sé que es difícil superar algo así, porque le tenía mucho cariño, al igual que yo —me susurra mientras su voz se va apagando.
—Sí, bueno, eso creo señor Loreto, mire usted, cuando salí del orfanato pasé por mi casa y estaba en un estado deplorable, casi derruida. —le cuento mientras me inclino sobre el mostrador y susurro. —Y hace poco decidieron derribarla.
—¿Quién se lo contó? —me pregunta el Señor Loreto.
—Luis, el panadero —le respondo sin ninguna expresión en mi voz. Luis era un chico de unos veintidós años, que había aprendido desde pequeño el oficio de panadero con su padre, y era un soltero muy codiciado en la ciudad.
—Ahora que lo menciona, señorita Julia, usted es una joven muy inteligente y bella. Debería usted casarse. Así, no tendría que vivir de la caza, como un pobre trampero —me ofrece, con una sonrisilla de esas que echan las personas mayores cuando te preguntan, si tienes algún pretendiente o te pidieron compromiso.
—No necesito casarme, ni tener ningún hombre a mi lado para poder vivir bien. Si me esfuerzo seguro que salgo adelante. No se preocupe, señor Loreto —le digo mientras me acomodo bien la espada de mi padre y le sonrío.
Me despido con la mano y el Señor Loreto me corresponde igual.  Me alejo lentamente del puesto del mercado y guardo las monedas en mi bolsa. Camino por las estrechas calles del mercado, para dirigirme a la zona rica de la ciudad.

***
Grandes casas y mansiones de varios pisos de altura se alzaban ante mí. No recordaba haber visto casas tan impresionantes. El orfanato era grande, pero no tenía una fachada tan lujosa como aquellas.

Personas de aspecto elegante desfilaban a mi lado. Me fijé en una chica de pelo castaño, que portaba un parasol de tela fina y un vestido que para cualquier mujer sería precioso pero no para mí. Era azul claro y llevaba flecos blancos alrededor del cuello. Y también los tenía en la cola del vestido. Aparté la mirada al comprobar que un hombre con traje chaqueta y sombrero de copa me observaba con mala cara. Supongo que creería que soy una ladrona.
Suspiro profundamente y continuo mi camino mientras me coloco bien la funda de la espada en mi espalda.
Tras unos minutos caminando, llegué a la tienda de antigüedades a la que mi padre me llevaba siempre en todos mis cumpleaños para elegir mi regalo y después nos íbamos a hacer picnic a un parque cercano.
Entro en la tienda  y una campanita suena cuando abro la puerta. Al principio me sorprendo, pero al mirar al mostrador el dependiente, al que tantos años llevo viendo me sonríe. Acelero el paso hasta llegar frente a él.
—Buenos días joven Julia —me saluda mientras se coloca bien las gafas.
—Buenos días,  tio Gustavo —me acerco a él y le abrazo con fuerza —.¿Como está la salud de mi tío favorito?
—Pues no me puedo quejar, preciosa sobrina —dice mientras me mira de arriba abajo—.¿Y bien?, ¿has pensado ya sobre lo de venirte a vivir conmigo?
—Tío, te he dicho muchas veces que no. Solo sería una carga para ti —le explico. Era cierto, mi tío Gustavo quedó viudo hace solo dos años y tenía cinco hijos que aún residían con él.
—De acuerdo —dice mi tío rindiéndose y resignado—. Bueno, ¿y que te trae por aquí?
—Deseo comprarme una espada nueva, ya que la de mi padre  es un bien muy preciado para mí y no quiero dañarla —le explico mientras le enseño la espada de mi padre y pongo la bolsita de monedas sobre la mesa—. Me preguntaba si tendrías una buena espada...
—La tengo, pero... —se interrumpe dubitativo y me devuelve la bolsita —no quiero que me pagues nada. Y guarda bien la de tu padre. Sé que significa mucho para ti. Ahora mismo te la traigo  —concluye dirigiéndose  a la trastienda dejándome sola.
Guardo la bolsita de nuevo y me suelto el pelo que,  ondulado, cae como una cascada de agua negra sobre mis hombros. Me ha crecido mucho, y ahora que apenas tenía dinero para comer, no podía permitirme el cortármelo. De todas formas me gustaba como me quedaba.
Me miro en el espejito que mi tío tenía colocado sobre el mostrador y soy sorprendida por un señor con un traje de aspecto caro y un bombín.
El hombre me mira de arriba abajo y se le iluminan los ojos con un brillo muy extraño, unos ojos negros, incluso más negros que mi propio pelo.
—Señorita, es usted la flor más preciosa que he visto nunca —me dice mientras me contempla y se lame los labios.
—Gracias, buen señor —le digo, mostrándome lo más feliz posible, aunque no me agradaba que los hombres de tan alto linaje y con ese brillo en los ojos me cortejaran. Sobre todo desde que una vez me puse un vestido blanco y mi ropa interior se adivinaba ligeramente. Un hombre me confundió con una fulana. Desde entonces nunca más me lo he puesto. Incluso estoy pensando en venderlo.
—¿Le apetecería venir a tomar el té conmigo? —me pregunta, mientras yo me muerdo el labio e intento tranquilizarme.
Pero cuando estaba a punto de responder, mi tío apareció, llegaba del almacén con algo bastante grande entre las manos que iba envuelto en una tela.
—Oh, señor Gabriel, cuanto tiempo sin verle. ¿Como está usted? —le pregunta mi tío, inclinando levemente la cabeza.
—Muy bien. Aquí, cortejando a esta bella señorita —dice Gabriel, mirándome fijamente.
—Pues, esta bella señorita es mi sobrina y había venido a trabajar conmigo, así que no creo que pueda ir con usted a ningún sitio, Don Gabriel —improvisa mi tío mientras, mira a Gabriel y luego me mira a mi.
—En ese caso, he venido a pagarte lo que te debo del último encargo, aquí lo tienes —dice Gabriel, algo desanimado y entregándole a mi tío dos bolsitas de monedas.
—Muchas gracias Don Gabriel, que tenga buen día —dice mi tío, despidiéndose de él.
—Hasta otro día, Gustavo —se gira y me mira—adiós, preciosa dama. Me encantaría volverla a ver algún día —concluye, mientras se inclina cortes hacia mí y me besa la mano. Se levanta el sombrero a modo de despedida y sale de la tienda.
Vuelvo a mirar a mi tío y lo encuentro suspirando y secándose el sudor de la frente con un pañuelo gris. Se guarda el pañuelo y coloca lo que trajo del almacén sobre el mostrador.
—Gracias tío, no se lo que habría ocurrido si no apareces pronto —digo mientras me miro en el espejo y me cojo una coleta de nuevo.
—Tenía que hacerlo, ese hombre es conocido en el pueblo como el Don Juan de las mujeres, es un viejo verde —me confiesa mi tío mientras suelta una pequeña risilla.
Yo también me río y contemplo la espada que mi tío me ha traído despojándola de la tela que la protegía. La espada es imponente. Con una empuñadura  azul oscuro adornada con pequeñas piedrecitas doradas. Grabado sobre el acero estaba escrita la palabra “Delf”. Acaricio la empuñadura y mi tío empieza a contarme anécdotas del señor Don Gabriel que yo ignoro.
—Bueno, dejaré de hablar, ya que mi querida sobrina no escucha lo que digo —dice mi tío, sonriendo.
—¡Oh!, lo siento tío, es que... —digo mientras me apoyo en el mostrador —.Esta espada es preciosa.
—Si que lo es, y oculta un gran secreto —me dice mi tío mirando la espada fijamente.
—¡Un secreto!, ¿qué secreto? .Vamos tío, cuéntamelo —le pido mientras entrelazo las manos a modo de súplica.
—Pues, dicen que la espada es mágica, y que si gritas su nombre cuando estés en peligro, el espíritu que reside en ella te ayudará —me explica mi tío, como si estuviese narrando un cuento infantil—. Evidentemente es mentira, pero para una luchadora como tú, esta espada es ideal. Perteneció a un comandante del ejército del gobernador.
—Es fantástico, me la quedo.
—Bien, pero ¿podrás ir con dos espadas por ahí? —me pregunta, mientras mira la espada de mi padre.
—Tienes razón, pero...
—Yo te la guardaré —dice mi tío mientras extiende las manos.
—Gracias tío, confío en ti —le digo mientras le entrego la espada de mi padre y guardo la nueva en la funda de cuero a mi espalda.
—La protegeré con mi vida —dice mi tío mientras sonríe y la oculta bajo el mostrador —.Por cierto, ese colgante que llevas en el cuello...
—Ah, ¿este? —le pregunto señalando el colgante—.Me lo dio mi padre antes de  morir. Contiene una foto de mí y de mis padres... y también me dio esta llave —le confieso mientras saco la llave de mi bolsa.
Al verla mi tío palideció y después el color volvió a sus mejillas.
—Esa llave abre un gran tesoro. El tesoro de los Beltrons —me cuenta mi tío cogiendo la llave y acariciándola.
—¿Los Beltrons?, ¿quienes son?, ¿que tienen que ver con mi padre? —le pregunto a mi tío, la emoción de la aventura corre por mis venas en ese momento.
—Beltrons, era el apellido de tu abuela, el apellido de soltera, de mi madre... —me quedo callada, esperando que mi tío siguiese contando y al rato prosiguió—.Mi madre tenía una gran fortuna, pero mi padre se lo arrebató todo. Se casó con ella sin amarla, solo por su dinero y luego, cuando nos tuvo a mí y a tu padre... tú abuela murió y entonces tú abuelo, avaricioso, enloqueció. Escondió toda la fortuna en un cofre. Como tu padre era el mas amado de sus hijos, en el borde de la muerte le dio la llave del cofre y le confesó donde lo ocultaba, pero a mi no me dijo nada. Yo sabía de la existencia de la llave gracias a que tú madre me lo contó, pero tú padre nunca me dijo donde estaba el tesoro. Y ahora tú tienes la llave. ¿No sabes donde está el cofre? —me pregunta mi tío. Trago saliva y le miro fijamente, sin darme cuenta que había comenzado a llorar.
—No… mi padre murió antes de decírmelo. Creía que tú podrías ayudarme. Erais hermanos... —confieso secándome las lágrimas.
—Julia —mi tío me sujeta la barbilla con sus dedos arrugados. —Ahora estás en peligro. Gente muy poderosa sabe de la existencia de ese cofre y pronto averiguaran que la hija de Lucas y Reichel Brenfort, tiene la llave que abre el cofre de los Beltrons.
—Se cuidar de mi misma. Y también tengo la espada mágica —bromeo, aunque mi sonrisa se borra al ver la cara de mi tío mientras miraba por encima de mi hombro.
—¿Que pasa? —pregunto mientras giró la cabeza hacia donde mi tío observaba, pero no me dio tiempo a ver nada ya que me sujeta la barbilla fuertemente.
—Julia, ahí fuera hay unos hombres que buscan el tesoro y tu llave —me susurra—. Los conozco porque ya han estado aquí para obligarme a contarles el paradero de la llave. Guárdala y sal de aquí, nada más dobles la esquina sal corriendo y no mires atrás, solo corre.
—Pero tío... —me interrumpe, poniendo su dedo índice sobre mis labios suplicándome atención.
—Julia, eres mi única sobrina y la viva imagen de tu abuela.  Llevas la sangre de los Beltrons en las venas…  Por lo tanto, sigue viviendo. Te quiero.
Mi tío comenzó a llorar y soltándome la barbilla me abraza con fuerza. Su calidez me inunda. Me separo de él y retrocedo hacia la puerta. Comienzo a andar sin mirar atrás. Oigo la campanilla de la tienda.
Al girar la esquina, no corro. Sigo caminando y entonces oigo un disparo y veo personas corriendo. Se dirigen hacia la tienda de mi tio. Las lágrimas fluyen de mis ojos y comienzo a correr.
Noto pisadas cerca de mí, y miro atrás. Maldita sea la hora que miré atrás. Me han visto. Eran los mismos hombres que habían estado en la tienda de mi tío y llevaban armas de fuego. Llego a un cruce y giró a la derecha pero me detengo en seco al darme cuenta de que esa calle no tiene salida. Los hombres están llegando hasta mi y corro hacia el muro de piedra que corta la calle.
Poso las manos sobre el obstáculo e intento escalarlo. Es inútil. Lo único que consigo es herirme las manos y caer de culo como una idiota.
Miro en dirección a los hombres. Llevan la cara tapada, es imposible reconocerlos, y uno parece herido.
Uno de ellos dispara justo a mi lado y doy un grito ahogado.
Reúno el valor suficiente y desenvaino la espada. Comienzo a zarandearla para asustarlos pero no funciona. Me disparan de nuevo, esta vez al suelo. Un olor a pólvora contamina mis pulmones.
Entonces sin pensarlo grito el nombre grabado en la espada.
—¡Delf, ayúdame! —los hombres se miran entre ellos confusos. De pronto, para sorpresa de todos, la espada comienza a brillar, una luz blanquecina, cegadora. La espada ya no es tan pesada, ahora es como si cogiera una pluma y me dejo llevar mientras ataco a uno en el costado derecho.
Comienzan a dispararme pero la espada para todas las balas. Ante este prodigio, los hombres se asustan y salen despavoridos. Cuando todos los hombres desaparecieron, llevándose a los heridos con ellos, me quedo sola en aquel callejón.

Estaba exhausta, como si hubiese dado toda mi fuerza a la espada, y entonces otra vez, esa luz cegadora, y la espada cae al suelo. Entrecerré mis ojos y visualice poco a poco una figura humana, para dar paso,  segundos después, a un joven de cabellos dorados y brillantes ojos azules, delante de mí.






2 comentarios:

  1. ¡POR FIN HAS EMPEZADO A SUBIRLO!
    ¿Subes capitulo todos los días?

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