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Yo, Julia Brenfort, con
solo dieciséis años, me enfrento a la vida solo con una vieja espada, una llave
que no se que abre, un colgante con mis recuerdos y un estúpido vestido blanco.
Ahora me dirijo a vender lo
que he cazado en el bosque que hay a las afueras de la ciudad, cuatro pequeñas
liebres. Cojo a los animales y me los llevo por las estrechas calles de la
ciudad, mientras todas las personas que pasan a mi alrededor me miran con desconfianza,
pero yo los ignoro.
Odio a esos ricachones de
la ciudad que se pasean con sus elegantes coches de caballos. Ellos solo se
preocupan de dar buena impresión mientras yo me dedico a sobrevivir.
Llego a la tienda del
mercado, en la que siempre me compran las cosas que cazo. El señor Richard
Loreto, mercader de la ciudad y mejor amigo de la familia, me da la espalda desde detrás del mostrador.
Me acercó al puesto con
cautela, para evitar a los demás vendedores que están algo chiflados.
—Buenos días Señor Loreto
—saludo levantado la mano derecha en la que llevo las liebres.
El señor Loreto, al oír mi
voz se gira y al verme una sonrisa ilumina su rostro.
—Que alegría verla Señorita
Brenfort — saluda, con su mano arrugada y llena de cortes. —Buenos días, ¿que
me trae hoy? —me pregunta mientras observa mi mano.
—Pues, le traigo cuatro
liebres, para que se los venda al carnicero o las pruebe usted mismo—le
respondo, mostrándole los animales y mi mejor sonrisa.
—Bien, bien… —dice mientras
coge los animales y los coloca detrás del mostrador de madera del puesto del
mercado —aquí tienes el dinero que le corresponde a lo que me has traído
—finaliza el señor Loreto entregándome en la mano, una bolsita de cuero llena
de monedas de oro, algo que para mi es muy difícil de conseguir en cualquier
otra parte.
—Muchas gracias Señor
Loreto —le agradezco comprobando el peso de la bolsita.
—No hay que darlas Señorita
Brenfort —me habla mientras se inclina sobre el mostrador —oiga señorita Julia,
¿está mejor de lo de su padre?, sé que es difícil superar algo así, porque le
tenía mucho cariño, al igual que yo —me susurra mientras su voz se va apagando.
—Sí, bueno, eso creo señor
Loreto, mire usted, cuando salí del orfanato pasé por mi casa y estaba en un
estado deplorable, casi derruida. —le cuento mientras me inclino sobre el
mostrador y susurro. —Y hace poco decidieron derribarla.
—¿Quién se lo contó? —me
pregunta el Señor Loreto.
—Luis, el panadero —le
respondo sin ninguna expresión en mi voz. Luis era un chico de unos veintidós
años, que había aprendido desde pequeño el oficio de panadero con su padre, y
era un soltero muy codiciado en la ciudad.
—Ahora que lo menciona,
señorita Julia, usted es una joven muy inteligente y bella. Debería usted
casarse. Así, no tendría que vivir de la caza, como un pobre trampero —me
ofrece, con una sonrisilla de esas que echan las personas mayores cuando te
preguntan, si tienes algún pretendiente o te pidieron compromiso.
—No necesito casarme, ni
tener ningún hombre a mi lado para poder vivir bien. Si me esfuerzo seguro que
salgo adelante. No se preocupe, señor Loreto —le digo mientras me acomodo bien
la espada de mi padre y le sonrío.
Me despido con la mano y el
Señor Loreto me corresponde igual. Me
alejo lentamente del puesto del mercado y guardo las monedas en mi bolsa.
Camino por las estrechas calles del mercado, para dirigirme a la zona rica de
la ciudad.
***
Grandes casas y mansiones
de varios pisos de altura se alzaban ante mí. No recordaba haber visto casas
tan impresionantes. El orfanato era grande, pero no tenía una fachada tan
lujosa como aquellas.
Personas de aspecto
elegante desfilaban a mi lado. Me fijé en una chica de pelo castaño, que
portaba un parasol de tela fina y un vestido que para cualquier mujer sería
precioso pero no para mí. Era azul claro y llevaba flecos blancos alrededor del
cuello. Y también los tenía en la cola del vestido. Aparté la mirada al
comprobar que un hombre con traje chaqueta y sombrero de copa me observaba con
mala cara. Supongo que creería que soy una ladrona.
Suspiro profundamente y
continuo mi camino mientras me coloco bien la funda de la espada en mi espalda.
Tras unos minutos
caminando, llegué a la tienda de antigüedades a la que mi padre me llevaba siempre
en todos mis cumpleaños para elegir mi regalo y después nos íbamos a hacer picnic a un parque cercano.
Entro en la tienda y una campanita suena cuando abro la puerta.
Al principio me sorprendo, pero al mirar al mostrador el dependiente, al que
tantos años llevo viendo me sonríe. Acelero el paso hasta llegar frente a él.
—Buenos días joven Julia
—me saluda mientras se coloca bien las gafas.
—Buenos días, tio Gustavo —me acerco a él y le abrazo con
fuerza —.¿Como está la salud de mi tío favorito?
—Pues no me puedo quejar,
preciosa sobrina —dice mientras me mira de arriba abajo—.¿Y bien?, ¿has pensado
ya sobre lo de venirte a vivir conmigo?
—Tío, te he dicho muchas
veces que no. Solo sería una carga para ti —le explico. Era cierto, mi tío Gustavo
quedó viudo hace solo dos años y tenía cinco hijos que aún residían con él.
—De acuerdo —dice mi tío
rindiéndose y resignado—. Bueno, ¿y que te trae por aquí?
—Deseo comprarme una espada
nueva, ya que la de mi padre es un bien
muy preciado para mí y no quiero dañarla —le explico mientras le enseño la
espada de mi padre y pongo la bolsita de monedas sobre la mesa—. Me preguntaba
si tendrías una buena espada...
—La tengo, pero... —se
interrumpe dubitativo y me devuelve la bolsita —no quiero que me pagues nada. Y
guarda bien la de tu padre. Sé que significa mucho para ti. Ahora mismo te la traigo —concluye dirigiéndose a la trastienda dejándome sola.
Guardo la bolsita de nuevo
y me suelto el pelo que, ondulado, cae
como una cascada de agua negra sobre mis hombros. Me ha crecido mucho, y ahora
que apenas tenía dinero para comer, no podía permitirme el cortármelo. De todas
formas me gustaba como me quedaba.
Me miro en el espejito que
mi tío tenía colocado sobre el mostrador y soy sorprendida por un señor con un
traje de aspecto caro y un bombín.
El hombre me mira de arriba
abajo y se le iluminan los ojos con un brillo muy extraño, unos ojos negros,
incluso más negros que mi propio pelo.
—Señorita, es usted la flor
más preciosa que he visto nunca —me dice mientras me contempla y se lame los
labios.
—Gracias, buen señor —le
digo, mostrándome lo más feliz posible, aunque no me agradaba que los hombres
de tan alto linaje y con ese brillo en los ojos me cortejaran. Sobre todo desde
que una vez me puse un vestido blanco y mi ropa interior se adivinaba
ligeramente. Un hombre me confundió con una fulana. Desde entonces nunca más me
lo he puesto. Incluso estoy pensando en venderlo.
—¿Le apetecería venir a
tomar el té conmigo? —me pregunta, mientras yo me muerdo el labio e intento
tranquilizarme.
Pero cuando estaba a punto
de responder, mi tío apareció, llegaba del almacén con algo bastante grande
entre las manos que iba envuelto en una tela.
—Oh, señor Gabriel, cuanto
tiempo sin verle. ¿Como está usted? —le pregunta mi tío, inclinando levemente
la cabeza.
—Muy bien. Aquí, cortejando
a esta bella señorita —dice Gabriel, mirándome fijamente.
—Pues, esta bella señorita
es mi sobrina y había venido a trabajar conmigo, así que no creo que pueda ir
con usted a ningún sitio, Don Gabriel —improvisa mi tío mientras, mira a
Gabriel y luego me mira a mi.
—En ese caso, he venido a
pagarte lo que te debo del último encargo, aquí lo tienes —dice Gabriel, algo
desanimado y entregándole a mi tío dos bolsitas de monedas.
—Muchas gracias Don
Gabriel, que tenga buen día —dice mi tío, despidiéndose de él.
—Hasta otro día, Gustavo
—se gira y me mira—adiós, preciosa dama. Me encantaría volverla a ver algún día
—concluye, mientras se inclina cortes hacia mí y me besa la mano. Se levanta el
sombrero a modo de despedida y sale de la tienda.
Vuelvo a mirar a mi tío y
lo encuentro suspirando y secándose el sudor de la frente con un pañuelo gris.
Se guarda el pañuelo y coloca lo que trajo del almacén sobre el mostrador.
—Gracias tío, no se lo que
habría ocurrido si no apareces pronto —digo mientras me miro en el espejo y me cojo
una coleta de nuevo.
—Tenía que hacerlo, ese
hombre es conocido en el pueblo como el Don Juan de las mujeres, es un viejo
verde —me confiesa mi tío mientras suelta una pequeña risilla.
Yo también me río y
contemplo la espada que mi tío me ha traído despojándola de la tela que la
protegía. La espada es imponente. Con una empuñadura azul oscuro adornada con pequeñas piedrecitas
doradas. Grabado sobre el acero estaba escrita la palabra “Delf”. Acaricio la
empuñadura y mi tío empieza a contarme anécdotas del señor Don Gabriel que yo
ignoro.
—Bueno, dejaré de hablar,
ya que mi querida sobrina no escucha lo que digo —dice mi tío, sonriendo.
—¡Oh!, lo siento tío, es
que... —digo mientras me apoyo en el mostrador —.Esta espada es preciosa.
—Si que lo es, y oculta un
gran secreto —me dice mi tío mirando la espada fijamente.
—¡Un secreto!, ¿qué
secreto? .Vamos tío, cuéntamelo —le pido mientras entrelazo las manos a modo de
súplica.
—Pues, dicen que la espada
es mágica, y que si gritas su nombre cuando estés en peligro, el espíritu que
reside en ella te ayudará —me explica mi tío, como si estuviese narrando un
cuento infantil—. Evidentemente es mentira, pero para una luchadora como tú,
esta espada es ideal. Perteneció a un comandante del ejército del gobernador.
—Es fantástico, me la quedo.
—Bien, pero ¿podrás ir con
dos espadas por ahí? —me pregunta, mientras mira la espada de mi padre.
—Tienes razón, pero...
—Yo te la guardaré —dice mi
tío mientras extiende las manos.
—Gracias tío, confío en ti
—le digo mientras le entrego la espada de mi padre y guardo la nueva en la
funda de cuero a mi espalda.
—La protegeré con mi vida
—dice mi tío mientras sonríe y la oculta bajo el mostrador —.Por cierto, ese
colgante que llevas en el cuello...
—Ah, ¿este? —le pregunto
señalando el colgante—.Me lo dio mi padre antes de morir. Contiene una foto de mí y de mis
padres... y también me dio esta llave —le confieso mientras saco la llave de mi
bolsa.
Al verla mi tío palideció y
después el color volvió a sus mejillas.
—Esa llave abre un gran
tesoro. El tesoro de los Beltrons —me cuenta mi tío cogiendo la llave y
acariciándola.
—¿Los Beltrons?, ¿quienes
son?, ¿que tienen que ver con mi padre? —le pregunto a mi tío, la emoción de la
aventura corre por mis venas en ese momento.
—Beltrons, era el apellido
de tu abuela, el apellido de soltera, de mi madre... —me quedo callada,
esperando que mi tío siguiese contando y al rato prosiguió—.Mi madre tenía una
gran fortuna, pero mi padre se lo arrebató todo. Se casó con ella sin amarla,
solo por su dinero y luego, cuando nos tuvo a mí y a tu padre... tú abuela
murió y entonces tú abuelo, avaricioso, enloqueció. Escondió toda la fortuna en
un cofre. Como tu padre era el mas amado de sus hijos, en el borde de la muerte
le dio la llave del cofre y le confesó donde lo ocultaba, pero a mi no me dijo
nada. Yo sabía de la existencia de la llave gracias a que tú madre me lo contó,
pero tú padre nunca me dijo donde estaba el tesoro. Y ahora tú tienes la llave.
¿No sabes donde está el cofre? —me pregunta mi tío. Trago saliva y le miro
fijamente, sin darme cuenta que había comenzado a llorar.
—No… mi padre murió antes
de decírmelo. Creía que tú podrías ayudarme. Erais hermanos... —confieso
secándome las lágrimas.
—Julia —mi tío me sujeta la
barbilla con sus dedos arrugados. —Ahora estás en peligro. Gente muy poderosa
sabe de la existencia de ese cofre y pronto averiguaran que la hija de Lucas y
Reichel Brenfort, tiene la llave que abre el cofre de los Beltrons.
—Se cuidar de mi misma. Y
también tengo la espada mágica —bromeo, aunque mi sonrisa se borra al ver la
cara de mi tío mientras miraba por encima de mi hombro.
—¿Que pasa? —pregunto
mientras giró la cabeza hacia donde mi tío observaba, pero no me dio tiempo a
ver nada ya que me sujeta la barbilla fuertemente.
—Julia, ahí fuera hay unos
hombres que buscan el tesoro y tu llave —me susurra—. Los conozco porque ya han
estado aquí para obligarme a contarles el paradero de la llave. Guárdala y sal
de aquí, nada más dobles la esquina sal corriendo y no mires atrás, solo corre.
—Pero tío... —me
interrumpe, poniendo su dedo índice sobre mis labios suplicándome atención.
—Julia, eres mi única
sobrina y la viva imagen de tu abuela. Llevas
la sangre de los Beltrons en las venas…
Por lo tanto, sigue viviendo. Te quiero.
Mi tío comenzó a llorar y
soltándome la barbilla me abraza con fuerza. Su calidez me inunda. Me separo de
él y retrocedo hacia la puerta. Comienzo a andar sin mirar atrás. Oigo la
campanilla de la tienda.
Al girar la esquina, no
corro. Sigo caminando y entonces oigo un disparo y veo personas corriendo. Se
dirigen hacia la tienda de mi tio. Las lágrimas fluyen de mis ojos y comienzo a
correr.
Noto pisadas cerca de mí, y
miro atrás. Maldita sea la hora que miré atrás. Me han visto. Eran los mismos
hombres que habían estado en la tienda de mi tío y llevaban armas de fuego.
Llego a un cruce y giró a la derecha pero me detengo en seco al darme cuenta de
que esa calle no tiene salida. Los hombres están llegando hasta mi y corro
hacia el muro de piedra que corta la calle.
Poso las manos sobre el
obstáculo e intento escalarlo. Es inútil. Lo único que consigo es herirme las
manos y caer de culo como una idiota.
Miro en dirección a los
hombres. Llevan la cara tapada, es imposible reconocerlos, y uno parece herido.
Uno de ellos dispara justo
a mi lado y doy un grito ahogado.
Reúno el valor suficiente y
desenvaino la espada. Comienzo a zarandearla para asustarlos pero no funciona.
Me disparan de nuevo, esta vez al suelo. Un olor a pólvora contamina mis
pulmones.
Entonces sin pensarlo grito
el nombre grabado en la espada.
—¡Delf, ayúdame! —los
hombres se miran entre ellos confusos. De pronto, para sorpresa de todos, la
espada comienza a brillar, una luz blanquecina, cegadora. La espada ya no es
tan pesada, ahora es como si cogiera una pluma y me dejo llevar mientras ataco
a uno en el costado derecho.
Comienzan a dispararme pero
la espada para todas las balas. Ante este prodigio, los hombres se asustan y
salen despavoridos. Cuando todos los hombres desaparecieron, llevándose a los
heridos con ellos, me quedo sola en aquel callejón.
Estaba exhausta, como si
hubiese dado toda mi fuerza a la espada, y entonces otra vez, esa luz cegadora,
y la espada cae al suelo. Entrecerré mis ojos y visualice poco a poco una
figura humana, para dar paso, segundos
después, a un joven de cabellos dorados y brillantes ojos azules, delante de
mí.

¡POR FIN HAS EMPEZADO A SUBIRLO!
ResponderEliminar¿Subes capitulo todos los días?
Si. Uno cada día, si tengo tiempo claro. ;)
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