14 de diciembre de 2012

Encrucijada de Lágrimas- Capítulo 22


                                                               >22<
Delf me coge la mano y mira hacia la colina con miedo. —¿Qué ocurre? —le miro preocupada y él me observa con sus grandes ojos abiertos y de un brillante azul. —Él es Samuel, es el hechicero que me convirtió en espada y mató a mi padre —confiesa Delf mirándome preocupado y un poco aturdido al pronunciar la palabra “mató”—Julia, no vayas, te podría pasar cualquier cosa...
La risa del hechicero interrumpe nuestra conversación y nos hace mirarle.
Los dedos de Samuel destellaron en vivos colores. Un ejército de autómatas se dirigían hacia nosotros, con grandes armas que nunca había visto jamás.

Cojo la espada de mi padre y me dirijo al campo de batalla, pero Delf me agarró del brazo.
—No irás tú sola.
—Delf, no quiero que nadie más sufra por mi culpa — le explico, e intento zafarme de su brazo, pero me es imposible.

—Iremos contigo, no estás sola y si morimos, no será tu culpa, te lo aseguro —me aclara, con ojos serios.
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Miré detrás de él. Eduardo, mis tíos Bruno y Cecilia, Victor y Virginia, padres de Eduardo, junto con toda su organización, e incluso parte del antiguo ejército del gobernador Andrés que ahora pertenecía a su hermano Bruno. Los familiares que nunca conocí, pero que ahora me son de gran ayuda.
Miro a Delf de nuevo y asentimos a la vez, cómplices. Me suelta y miro en dirección al caos.
—Por si no salgo de esta... —son las únicas palabras que oigo decir a Delf, para cuando me gira de nuevo y posa sus labios sobre los míos.

El beso sabe a sangre y sal. Dejo caer la espada de mi padre inconscientemente y le sujeto la cara con las dos manos. Para cuando despega sus labios de los míos, sus ojos azules tienen un brillo increíble. Tanto, que parece que estoy sumergida en el mar en el momento del crepúsculo.
Eduardo se acerca a nosotros, y recoge la espada de mi padre del suelo y me la entrega, mientras me mira con tristeza y celos.
Le lanza otra espada a Delf y los tres nos miramos. Nos giramos en dirección a los autómatas, que ahora son más que antes. Pero mi tía Cecilia, alcanza a Samuel con una flecha y hace que deje de crear más seres de metal.

Todos juntos corremos en dirección a los seres, y se convierte en un remolino de carne y metal. Lucha, sangre, muerte. Un campo de batalla.
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***
Mientras lucho, observo como Eduardo y Delf, se ayudan mutuamente y complementan el movimiento del otro.
Mis tíos luchan muy ágilmente para ser tan mayores, y Virginia la madre de Eduardo, pelea cuerpo a cuerpo con uno de los autómatas con suma elegancia. Evidentemente los padres de Eduardo, luchan tan profesionales como su propio hijo.

No sé si saldré con vida de esta, pero no dejaré que ese malvado hechicero, que arruinó la vida de Delf, robe el tesoro de mi abuela, el que tanto me ha costado encontrar.
Gotas de sudor recorren mi cara, y líquido negro que sale de los seres metálicos, manchan mis ropas. Corto cabezas, extremidades derribándolos al suelo, con solo un golpe.
Entro en pánico cuando un ser metálico, con la cara rasgada, me agarra del cuello y me zarandea como un muñeco. Cualquiera que lo viese, diría que no duele, pero si lo hace, y mucho. Siento como si mis huesos se rompiesen. Delf y Eduardo me ven y los dos a la vez vienen hacia mí, los dos a la misma velocidad.
Delf corta con su espada una extremidad del ser metálico y Eduardo le corta la cabeza, creando una fuente de líquido negro.
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Susurro un gracias, y aviso a Delf de que un ser metálico esta tras él. Instintivamente, lancé mi espada por el aire y la clavé en la cabeza del autómata dejándolo aturdido para que Eduardo acabe la tarea y me devuelva mi espada con un gesto de admiración. —Ve a por Samuel, Julia —me ordena Eduardo mientras gira la cabeza en dirección al hechicero que esta absorto en controlar las flechas que mi tía y parte de nuestro ejército, le lanzan.
Corro hacia el relieve donde Samuel está. Pongo la espada en su vaina y escalo las piedras para llegar a la espalda de Samuel. Me quito el abrigo, y me seco el sudor con él. Lo tiro lejos y saco la espada de nuevo.
El chasquido que produce el metal al salir de su funda provoca la atención del mago.
Una flecha se clava en su hombro y un gruñido sale de su garganta.

Tras frotar los dedos una vez, la herida desaparece y la flecha se desintegra.
Samuel sonríe burlón ante mi cara de enorme confusión y sorprendida debido a la ligera idea de que el hechicero fuera inmortal.

—¿Sorprendida, señorita Brenfort? —me cuestiona el viejo hechicero con una sorprendente melódica voz. Intento atacar pero me esquiva con facilidad y elegancia, y sonríe con arrogancia.
—No se moleste Julia, además, a mi no me gustan las peleas —me explica creando una especie de cúpula a
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modo de campo de fuerza para que las flechas no se acercaran durante nuestra reunión.
—¡Ha atrapado a Julia! — mi tía Cecilia comienza a gritar como loca y arco y flechas en mano, se acerca a una velocidad alarmante hacia nosotros.

—¿Qué le gusta entonces, Samuel? —pregunto exasperada y con prisas.
—Los trueques, intercambios, como quiera llamarlo. —Adelante, ¿qué quiere cambiar entonces? —pregunto bajando mi arma.

—La llave de su abuela —me dice sonriendo, con malicia, porque sabe que lleva ventaja.
—¿Qué recibiré yo a cambio? —pregunto mientras miro de soslayo a la batalla que se está llevando a cabo, bajo mis pies.

—La libertad de Delf —mi cara de perplejidad le hace continuar —el hechizo se romperá.
Le miro confundida y casi sin poder creerlo. La palabra indecisión se repite en mi mente miles de veces.

—¿No es eso lo que quiere Julia?, ¿acaso no ama a ese hombre? —las preguntas de Samuel me ponen aun más nerviosa.
—¿Y si no le doy la llave? Delf puede vivir con la maldición —una mueca de diversión para Samuel, se forma en su cara.

—Él si, pero no usted... —¿Qué significa eso?
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—Usted también está maldita Julia. ¿Por qué cree que fueron todos esos desmayos y extraños malestares que tuvo a lo largo de su viaje? —la espada se cae de mis manos y mi boca se queda abierta, algo que hace reír a Samuel.
Gira sobre mi eje y se acerca a mi oído mientras chasquea la lengua varias veces.
—Le queda poco tiempo como Julia Brenfort, señorita. ¿Nadie le dijo lo que le pasaba a los Beltrons? Su padre no murió por un simple resfriado.

—¿Cómo sabe todo esto?, ¿quién es usted?. Maldita sea —cojo la espada y le apunto a la garganta, algo que a Samuel le toma por sorpresa pero que aun así ríe con ello.
—Su padre sabía que también estaba maldita, y quiso darle la llave, le dio igual...
—Deje de decir tonterías, si los Beltrons están malditos, y dice usted que mi padre no murió por un resfriado, ¿por qué murió mi tío asesinado y no por una enfermedad? —no me había dado cuenta que estaba llorando hasta que noté como las saladas gotas caían por mi barbilla al suelo.

—Su tío tuvo solo varones de descendencia, y usted Julia, es idéntica a su abuela... —hace una pausa y me seca las lágrimas, pero yo me aparto bruscamente— ¿nadie le dijo como murió su abuela?
—No.
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—El tesoro, ella quería ser inmortal, algo que proporciona el tesoro ya que el bisabuelo de su abuela, era hechicero y creó esa extraña y deseosa magia. Lo que no sabía su abuela es que se debía usar magia para poder tener la inmortalidad, y por eso usted y su padre están malditos.
<<Su abuelo lo descubrió, y todo el mundo pensó que estaba loco cuando escondió el tesoro con tanta urgencia. Pero lo único que quiso hacer es proteger a todos sus descendientes. Su padre, al tener una hija y no un varón, obtuvo la maldición al instante, y sabía que usted también la tenía, por eso quiso protegerla, entrenándola con la espada, para que pudieras defenderte de tantas cosas en la vida y que por tu hermosa curiosidad, quisieras investigar hasta encontrar el tesoro de tu abuela, y con una vana esperanza su padre pensó que podría romper la maldición>>
—¿Cómo puedo saber que todo eso es cierto? ¿Y si está usted mintiendo? —sigo con la espada frente a él, y la sujeto en posición de ataque mientras observo cada movimiento de Samuel.
—Déjeme abrir el cofre Julia, y yo curaré su maldición —me promete el hechicero.
—No me fío de usted Samuel, dígame que quiere a cambio de la llave —Samuel se queda pensativo un instante y al rato contesta.

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—La vida de alguien, no puedo tener la inmortalidad, pero si robo la vida de alguien podré utilizar su alma como elixir para vivir más tiempo.
—¿Una vida?, está loco —un grito grave y brusco suena detrás de mí. Me giro asustada y busco a la persona del grito en el campo de batalla.

Tiene su cabello negro manchado de sangre así como su ropa. Un gran corte le atraviesa el brazo. Eduardo, malherido en el suelo con los autómatas luchando a su alrededor, ignorándole.
Algo estalla, siento un dolor indescriptible, y con toda mi fuerza y la espada en mis manos, rompo la barrera mágica de Samuel y en el momento de distracción una flecha le atraviesa una pierna.
Salto y caigo al suelo doblándome el pie, cojeando y con el tobillo roto, mis aliados van abriendo camino. Me lanzo sobre Eduardo y le sostengo la cabeza en mi regazo.
—Eduardo, háblame —lentamente sus párpados se abren y sus ojos azules, muy brillantes, me miran con tristeza. Mis saladas lágrimas le limpian las sucias mejillas al caer sobre ellas.
—Julia —noto el dolor que le produce al hablar — la llave...
—Olvida la llave, no hables... —susurro pero tartamudea cosas inaudibles—. Eduardo, no cierres los ojos, mírame, no cierres los ojos, por favor —mis lágrimas aumentan y tengo dificultades para respirar.

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Mis tíos, los amigos y familiares de Eduardo se aproximan a nosotros, y yo pido a Dios que no se lo lleve.
—Te amo...—murmura Eduardo, cerrando los ojos y besando mi mano.

—Yo también... —me atraganto con mis palabras sin sustancia ni emoción, pienso en Delf, luchando en algún lugar de este sangriento combate, incluso pienso la probabilidad de que ya esté muerto —. No mueras, Eduardo, por favor...
Su padre llega junto a nosotros y entre él y otros miembros le cogen en brazos.
—Salvadle por favor —suplico mientras se abren paso entre el gentío de metal.

Desde los brazos de varios hombres, Eduardo me mira con ojos cansados mientras se aleja de mí. Y yo siento en mi interior que jamás volveré a ver esos ojos azul intenso clavados en mis ojos verdes. Me enjugo las lágrimas y alejo ese pensamiento de mi mente.
Susurro pidiendo ayuda a Delf que al momento está junto a mí y tras contarle brevemente lo sucedido, y abrazarme a modo de consuelo, se convierte en espada y me dirijo en busca de Samuel otra vez.
***
Llego a la colina de nuevo, y Samuel me espera allí triunfante. Le apunto con mi espada y el usa su magia para crear una espada de color azul verdoso ante mí.
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—Luchemos pues... —sonríe y me ataca. Como la primera vez que utilicé a Delf y recordando los entrenamientos con mi padre, comienzo a contraatacar y esquivar golpes.
Otro campo de fuerza nos engulle, aislándonos del resto y yo, cada vez con más dificultad para mantener el equilibrio y poder respirar, mantengo mi compostura. —¿Problemas con el amor, Julia? —su pregunta me enfurece y le ataco haciendo un pequeño rasguño en su hombro derecho—. No tuve nada que ver. Murió él solo.
—No morirá —esto me desconcentra y Samuel aprovecha para darme un golpe que yo no percibo y me hace un corte en la pierna donde tengo el tobillo roto. —Vamos Julia, deje de luchar, solo necesito una vida y todo acabará —vuelvo a atacar con más fuerza pero él interpone su espada con la mía, quedamos los dos a tres centímetros.
—Toma la mía, pero no hagas daño a nadie —doy un salto atrás y grito de dolor por mi tobillo roto. —¿Problemas de salud, señorita Brenfort?. Acabaré con su vida pronto y no tendrá que pasar más dolor —la espada se dirige a mi cuello, pero lo esquivo agachándome a tiempo.
Me arrastro en el suelo y corto un pie de Samuel. Me incorporo eufórica, pero al momento su pie se regenera dejando solo un rastro de sangre en el mugriento suelo.
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Comienza a llover. Mi pelo se empapa y los autómatas enloquecen por el daño que la lluvia les produce. —Delf, ayúdame —no soporto más el dolor que siento en mi pie. Al momento Delf aparece ante mí, lleno de la sangre de Samuel y el pelo empapado por la lluvia. Saco un cuchillo de mi cintura y se lo paso, yo agarro otro y entre los dos luchamos contra Samuel que nos esquiva a ambos con facilidad.
***
Minutos de lucha horribles, hasta el final, casi al borde de mi muerte le entrego mi alma. Delf se interpone entre nosotros y se clava el cuchillo en su pecho. —¡No!, ¡Delf! —grito enloquecida y me arrodillo ante él con el pie lleno de sangre y cortes, la inflamación aumenta y la piel se vuelve morada.
De su pecho borbotea sangre roja, tapono la herida pero sigue saliendo.
—Samuel, salvadle, y matadme a mí, yo soy una Beltrons , no él. Salvadle, por favor...

—Muy bien —su fría respuesta me hace mirarle perpleja. Se arrodilla en perfecto estado y sin heridas a nuestro lado y cura al instante la herida de Delf.
Al ver esto, me doy cuenta que no hay nada que hacer ante este poderoso enemigo.

Ayudo a Delf a incorporarse.
—Aquí lo tienes —chasquea los dedos y el cofre llega volando de alguna parte ante nosotros —. Abridlo.

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Me decido abrir el cofre cuando Samuel me empuja y creo que es una trampa.
—Usted no, Julia, el joven Delf, ¿me recuerdas?. Te preguntas porque te transformé en espada. Era para que la ayudaras a ella a romper la maldición que la apresa y a cambio romperá la tuya. Abre el cofre. —La breve explicación de Samuel, nos confunde a ambos, aun más.

Temeroso, Delf se arrodilla ante el cofre delante de mí, introduce la llave en la cerradura, y la gira lentamente. Debería ser yo quien abriese el cofre después de tanto tiempo, pero no tengo envidia en ese momento, sino miedo.
El cofre se abre y una energía poderosa y pesada sale de él. La energía me impulsa hacia atrás pero lucho para mantener el equilibrio.
Samuel aparta a Delf de un manotazo y no sé muy bien cómo, pero coge la energía y la introduce en su interior. Luz se proyecta del interior de su cuerpo y se refleja en el exterior. Esto hace daño a mis ojos y los aparto con rapidez. Miro perpleja a mí alrededor y veo a Delf en el suelo intentando levantarse, se queda de costado y mira a la luz cegadora que procede del interior del brujo. —Delf —grito su nombre y me arrodillo junto a él. Me trago un doloroso grito que quería salir de mi garganta por el fuerte dolor de mi magullado e hinchado tobillo ahora amarillento.

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—Julia —susurra mi nombre con dificultad. Le doy un rápido beso y me pongo en pie con dificultad. La luz de Samuel se detiene y ahora este se ve más alto y poderoso que antes.
—Una vida a cambio de otra—Samuel repite esas palabras con su fina voz y yo me estremezco a la espera de mi muerte.
—Explicadme porque debo dar mi vida —le pido exigente.

—Yo salvaré la vida de todos a cambio de una vida y también salvaré a tu amigo de su maldición, decidid que queréis hacer, Julia Brenfort.
—Está bien, matadme y romped la maldición que atormenta a Delf, por favor... —me coloco de rodillas, la impotencia me corroe por dentro pero me la trago y pienso en los demás, todos los que están dando la vida allí abajo.

—Adelante, primero una vida por otra vida, aunque la tuya vale tanto que salvará a todos los presentes —una sonrisa maliciosa pero de dientes perfectos es lo que me muestra Samuel antes de crear una esfera de fuego que dispara en mi dirección.
Lanza la esfera que me atraviesa y me quema como si posara el dedo en una vela encendida, pero multiplicado. Siento como si me quedara sorda y solo oigo el grave sonido de la voz de Delf gritando mi nombre con angustia.
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Caigo al suelo sin remedio alguno, y apenas noto alguna sensación que no sea dolor. Todo se vuelve negro a mí alrededor, ya no noto el dolor en el tobillo. Es más, parece que nunca lo tuve hinchado. El único dolor que siento es en mi pecho, allí donde la esfera me atravesó. No siento las piernas, y la paz absoluta de no notar nada va subiendo por mis caderas y se aproxima a mi pecho.
Esa “nada” placentera me sostiene en el aire cuando ya me hubo consumido. No oigo, no huelo, no veo, no siento. Absolutamente nada.
He muerto, es lo más probable... ¿Habré salvado a todos o ha sido una trampa de Samuel y están ahora todos muertos?

De pronto, puedo ver. Veo una luz cegadora de color amarillenta, y siento calidez viniendo de ella. ¿Dios?, ¿es Dios que viene a por mí?
No, es otra cosa. Algo que me sostiene en esa “
nada” y me arrastra hacia la vida otra vez.
Casi como un parpadeo vuelvo a estar allí, en la colina. Abro mis párpados y veo los pies de Samuel. Me recompongo pero me quedo en la misma posición. El hechicero está asomado al borde de la colina. Luces chispeantes salen de sus dedos y oigo los gritos eufóricos de las personas que hay allí abajo, gritos de euforia por su victoria contra los autómatas. Lo que no saben es que están salvados gracias a mi muerte...
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Un momento, si yo no he muerto, ¿por qué los está salvando?
Me levanto lentamente y miro en dirección donde estaba Delf. Ahora el joven brilla. Brilla de una forma espectacular. Sus cabellos dorados revolotean sobre su cabeza.

Tiene los ojos cerrados y los brazos extendidos. Si me fijo mejor puedo observar que el brillo que sale de su piel le está volviendo transparente...consumiéndolo. Me arrastro hasta él y le sujeto la pierna. No se mueve, parece que no existo para él. Con gran pesar me pongo en pie y el tobillo vuelve a dolerme. Ahora solo siento un hormigueo en el pecho allí donde la esfera me atravesó.
Lo zarandeo varias veces pero el proceso no se detiene. Samuel aún está absorto en su tarea.
—Delf, ayúdame —murmuro y al instante Delf se transforma en la espada que ha sido siempre. La cojo en el aire y me giro hacia Samuel. Corro cojeando y le clavo la espada desde la espalda atravesándole el corazón. La última técnica que mi padre me enseñó antes de morir.

Las chispas de los dedos del hechicero se detienen y Samuel comienza a retorcerse.
Luces cegadoras de distintos colores salen de su interior. Y entonces como una bomba, todo estalla. Caigo al suelo y Delf se transforma en humano sin que

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yo lo pida. Intento que se transforme de nuevo pero no lo hace.
Sin embargo sigue brillando. El tobillo aun me duele y los demás comienzan a subir para ver mi estado.

Delf abre los ojos y se pone de pie. Cada vez es más traslúcido y ya casi puedo ver el atardecer a través de él.
—Julia —Delf me abraza y aun puedo notar su calidez. —¿Qué te está pasando, Delf? —le pregunto atragantada y aterrorizada por la idea de perderlo. —Una vida por otra vida... —murmura sonriendo. —Me salvaste... —susurro mientras los ojos se llenan de lágrimas.

—Tú los salvaste a ellos y yo te salvé a ti.
—Delf... —le interrumpo, enterrando mi cara en su hombro traslúcido—.Ya no estás maldito. Eres humano otra vez.
—Vuelvo a serlo... —me aparto de él y sus ojos brillan de una manera más intensa debido a los rayos del sol que le atraviesan. —Me alegro que seas la última persona que vea, siendo “
solo” humano otra vez.
—Te quiero —le confieso mientras unas lágrimas se derraman por mis mejillas.
—Te amo... —nuestros labios se unen una vez, y solo entonces entiendo el significado superior que tiene la palabra amar...
Mis labios no sienten nada cálido. Abro los ojos y solo veo el precioso crepúsculo. Delf no está. Pequeñas

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motas de luz brillante parecidas a cristales, son arrastradas por el viento desde donde él estuvo.
—Julia, ¿estáis bien? —me pregunta Víctor. Por su rostro compungido significa que algo pasó con su hijo. —Eduardo ha muerto...

Otra muerte más...
Me giro sobre mis talones, y contemplo a todos los presentes. Las lágrimas empañan mis ojos y apenas puedo diferenciarlo que me rodea.
—Hemos ganado Julia, hemos ganado, todo gracias a ti —grita mi tía Cecilia alzando el arco que lleva entre sus manos sucias de sangre.
Todos me vitorean pero se apartan cuando les pido soledad.
Toco mi garganta. El colgante que me dio mi padre con la foto de nosotros tres está en el interior. Me quito el colgante y lo abro.
La foto está algo rota y se puede ver el otro lado de la cobertura del colgante. Quito la foto con cuidado y contemplo asombrada los grabados que hay escritos en el interior.
—”
Este es el tesoro Beltrons”—leo en un murmullo. Todo encaja en un segundo.
La supuesta maldición de los Beltrons. El poder de la inmortalidad. La extraña muerte de mi padre. Mi bisabuelo hechicero. La inexplicable muerte de mi abuela Matilda.

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Nunca hubo poder alguno. Y este colgante fue de mi abuela, solo que ahora me pertenece a mi gracias a mi padre. El cofre era una tapadera realmente, pero quizás hubo algún poder salvo que yo no podía verlo con mis ojos.
Esto lo explica todo, este colgante. Este es el tesoro Beltrons. La familia. La familia es el mayor tesoro. Ahora perdí a mis dos seres más queridos para mí... Nunca debí buscar este tesoro. La maldición se rompió, y ya todo acabó.
***
Un traje blanco. Un vestido de novia, prestado por Patricia, y el colgante con las fotos de mis padres, es lo único que llevo puesto.
Detrás de mí, sobre este acantilado junto al precioso mar se encuentran, los padres de Eduardo, Patricia, mis tíos y Sofía. Las gemelas Lidia y Violeta, y Clara junto a su madre.

Esparzo con delicadeza las cenizas de Eduardo. El polvo gris es arrastrado por el viento y llevado al interior del mar.
No siento nada en ese momento. El sufrimiento es tan abrumador que no puedo sentir nada más. Lágrimas tras otras caen por mis mejillas.

Tiro el cofre de mi abuela con la llave en su interior para que nunca más pueda ser abierto y la espada de mi padre.
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Todo cae al agua salada con un chapoteo.
—Te amo Eduardo... —hago una pausa y cojo aire de forma abrupta —te amo, Delf.
Mis piernas flaquean y caigo al suelo. Todos los presentes se acercan a mí rápidamente y por la angustia, acabo cerrando los ojos desmayándome.
Solo quiero ser como las cenizas que se convertían en polvo gris mientras se introducían en el mar. O como las motas cristalinas en las que se convirtió Delf dejándome atrás con este pesar el resto de mi vida.
Los cortos y escasos momentos que pasé con mis amores nunca se olvidarán, pasen tantos años como pasen... 




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