El sol cálido choca con mis mejillas y me despierta. Me
incorporo en la cama. Mi cuerpo desnudo está
protegido por una fina sábana. Froto mis párpados y
comienzo a ordenar mi mente.
Miro a un lado. Mi camisón y mi ropa interior están tirados en el suelo, y al verlo, siento escalofríos y un inesperado dolor interno que me hace estremecer. Miro hacia el otro lado y contemplo a Eduardo, vestido con sus pantalones y sin camisa. La sábana a la altura de su rodilla deja ver el resto de su cuerpo bien formado.
Mi cabeza da vueltas e intenta recordar la acción impulsiva que cometí anoche. Es imposible. Llevo mis manos temblorosas hacia mi cabeza y comienzo a zarandearla con gran fuerza. Tanto que hasta el dormido Eduardo se despierta y me observa con aire somnoliento.
—Buenos días—me saluda bostezando y con aire tranquilo. Con disimulo cojo la sábana y la utilizo para taparme mejor—.¿Te avergüenzas de mostrarte desnuda ante mi?
De nuevo mi corazón late desbocado. Mi respiración se acelera y mi cerebro se desconcentra mientras el sentido común busca una respuesta. —Anoche...—murmuro cabizbaja mientras Eduardo frunce el ceño confundido—.¿Qué pasó anoche?
Miro a un lado. Mi camisón y mi ropa interior están tirados en el suelo, y al verlo, siento escalofríos y un inesperado dolor interno que me hace estremecer. Miro hacia el otro lado y contemplo a Eduardo, vestido con sus pantalones y sin camisa. La sábana a la altura de su rodilla deja ver el resto de su cuerpo bien formado.
Mi cabeza da vueltas e intenta recordar la acción impulsiva que cometí anoche. Es imposible. Llevo mis manos temblorosas hacia mi cabeza y comienzo a zarandearla con gran fuerza. Tanto que hasta el dormido Eduardo se despierta y me observa con aire somnoliento.
—Buenos días—me saluda bostezando y con aire tranquilo. Con disimulo cojo la sábana y la utilizo para taparme mejor—.¿Te avergüenzas de mostrarte desnuda ante mi?
De nuevo mi corazón late desbocado. Mi respiración se acelera y mi cerebro se desconcentra mientras el sentido común busca una respuesta. —Anoche...—murmuro cabizbaja mientras Eduardo frunce el ceño confundido—.¿Qué pasó anoche?
215
Levanto el rostro y sorprendo a Eduardo tocando mi
temblorosa mano, la estrecho fuertemente y le miro
fijamente a los ojos.
—¿Te arrepientes?—.Aparto mis ojos de los suyos y miro nuestras manos. Eduardo acaricia mi mano con el dedo pulgar haciendo pequeños círculos.
—No lo sé—respondo casi atragantada—.Lo más probable es que me arrepienta en un futuro no lejano. Levanto la vista y contemplo como los músculos de la cara de Eduardo dan un tirón de decepción.
—Pues yo no me arrepiento en lo absoluto—confiesa con firmeza en su voz. Levanta con su mano libre mi rostro y me obliga a mirarle. Le evito y miro hacia otro lado.
—¿Por qué yo, Eduardo? —le miro por el rabillo del ojo y observo su confusión. Me obligo a continuar —.Eres apuesto, y debes de tener decenas de mujeres dispuestas a casarse contigo, mujeres más maduras y cercanas a tu edad, pero me elegiste a mi.
—¿Por qué tengo que tener en cuenta a más mujeres?, ¿tienen ellas lo mismo que tú?, ¿son ellas tan únicas como tú? —.Le miro y su mano cae de mi barbilla, pasando a acariciar mi hombro y brazo izquierdos—. Y... Julia, ¿de verdad tengo que prestar más atención a otras mujeres solo porque sean más cercanas a mi edad o más... maduras? —suelta el último adjetivo zarandeando la cabeza con desprecio.
—¿Te arrepientes?—.Aparto mis ojos de los suyos y miro nuestras manos. Eduardo acaricia mi mano con el dedo pulgar haciendo pequeños círculos.
—No lo sé—respondo casi atragantada—.Lo más probable es que me arrepienta en un futuro no lejano. Levanto la vista y contemplo como los músculos de la cara de Eduardo dan un tirón de decepción.
—Pues yo no me arrepiento en lo absoluto—confiesa con firmeza en su voz. Levanta con su mano libre mi rostro y me obliga a mirarle. Le evito y miro hacia otro lado.
—¿Por qué yo, Eduardo? —le miro por el rabillo del ojo y observo su confusión. Me obligo a continuar —.Eres apuesto, y debes de tener decenas de mujeres dispuestas a casarse contigo, mujeres más maduras y cercanas a tu edad, pero me elegiste a mi.
—¿Por qué tengo que tener en cuenta a más mujeres?, ¿tienen ellas lo mismo que tú?, ¿son ellas tan únicas como tú? —.Le miro y su mano cae de mi barbilla, pasando a acariciar mi hombro y brazo izquierdos—. Y... Julia, ¿de verdad tengo que prestar más atención a otras mujeres solo porque sean más cercanas a mi edad o más... maduras? —suelta el último adjetivo zarandeando la cabeza con desprecio.
216
—Te recuerdo que en una ocasión me dijiste que no
sabía diferenciar entre el “amar” y el “enamoramiento”,
que era muy infantil...—le recuerdo, aun sabiendo que
eso no importa lo más mínimo ahora.
Mis ojos se centran en los suyos y su mano recorre cada detalle de mi mandíbula, mejillas y pómulos.
—Julia, para mí, eres la mujer más fuerte, madura y más preciosa que he conocido en mi vida, y he conocido a muchas—dice con sorna—, te elegí a ti porque eres diferente, en serio... ¿Qué mujer de este mundo le importa tan poco vestir como un hombre, y lo que digan los demás? Además de su indiferencia hacia todos los temas que le interesan a las mujeres. Te elegí porque eres única, Julia, única y especial.
Se acerca más a mí y yo me alejo, esta maniobra dura poco porque estoy casi a punto de caerme cuando llego al borde de la cama.
—Julia, mírame—obedezco y el color azul y verde de nuestros ojos se unen—.Respóndeme a la pregunta más evidente después de todo lo que ha pasado. ¿Me amas? La sangre se congela en mi rostro, y mis párpados se abren. Las pupilas dilatadas de Eduardo se comen el precioso azul de sus ojos y me ponen nerviosa. —Yo...—las palabras no salen. Siento náuseas y mi corazón comienza a palpitar cada vez más deprisa—Sí. La comisura de los labios de Eduardo da un tirón, sonriendo, y me besa, acercándome a él mientras sujeta mi cuello.
Mis ojos se centran en los suyos y su mano recorre cada detalle de mi mandíbula, mejillas y pómulos.
—Julia, para mí, eres la mujer más fuerte, madura y más preciosa que he conocido en mi vida, y he conocido a muchas—dice con sorna—, te elegí a ti porque eres diferente, en serio... ¿Qué mujer de este mundo le importa tan poco vestir como un hombre, y lo que digan los demás? Además de su indiferencia hacia todos los temas que le interesan a las mujeres. Te elegí porque eres única, Julia, única y especial.
Se acerca más a mí y yo me alejo, esta maniobra dura poco porque estoy casi a punto de caerme cuando llego al borde de la cama.
—Julia, mírame—obedezco y el color azul y verde de nuestros ojos se unen—.Respóndeme a la pregunta más evidente después de todo lo que ha pasado. ¿Me amas? La sangre se congela en mi rostro, y mis párpados se abren. Las pupilas dilatadas de Eduardo se comen el precioso azul de sus ojos y me ponen nerviosa. —Yo...—las palabras no salen. Siento náuseas y mi corazón comienza a palpitar cada vez más deprisa—Sí. La comisura de los labios de Eduardo da un tirón, sonriendo, y me besa, acercándome a él mientras sujeta mi cuello.
217
—Para, para...—le aparto lentamente y cojo aire, con
una espiración casi ridícula.
—¿Qué pasa?—.Ignoro su pregunta y me levanto de la cama. El frío de la habitación contra mi cuerpo desnudo me hace estremecer. Giro mi cabeza y le miro, sin molestarme en ocultar mi cuerpo. ¿Para qué serviría? —No podemos...—.Estúpida, no hay nadie más estúpida que yo. ¿Qué no podemos hacer? Ya lo hicimos todo, todo lo indebido...
Camino por la habitación y busco ropa interior limpia en la cómoda. Me la pongo, y aun con mi torso desnudo, me asomo por la ventana. Miro el cristal roto y suspiro, cerrando los ojos.
Eduardo me observa detenidamente desde la cama. Perplejo, intenta decir algo pero no lo hace. Recojo mi ropa del suelo y la guardo. Me enfundo en un vestido púrpura de manga larga y me recojo mi pelo en una coleta.
Me acerco a la cama, y me siento de espaldas a Eduardo.
—Márchate—le pido mientras miro mis manos temblorosas entrelazadas sobre mi regazo.
Temo por su respuesta pero lo podré soportar.
—¿Por qué?—.Esa pregunta no la esperaba, así que me giro y le miro sorprendida. Sus ojos brillan, como si fuese a llorar, aunque eso es prácticamente imposible en él.
—¿Qué pasa?—.Ignoro su pregunta y me levanto de la cama. El frío de la habitación contra mi cuerpo desnudo me hace estremecer. Giro mi cabeza y le miro, sin molestarme en ocultar mi cuerpo. ¿Para qué serviría? —No podemos...—.Estúpida, no hay nadie más estúpida que yo. ¿Qué no podemos hacer? Ya lo hicimos todo, todo lo indebido...
Camino por la habitación y busco ropa interior limpia en la cómoda. Me la pongo, y aun con mi torso desnudo, me asomo por la ventana. Miro el cristal roto y suspiro, cerrando los ojos.
Eduardo me observa detenidamente desde la cama. Perplejo, intenta decir algo pero no lo hace. Recojo mi ropa del suelo y la guardo. Me enfundo en un vestido púrpura de manga larga y me recojo mi pelo en una coleta.
Me acerco a la cama, y me siento de espaldas a Eduardo.
—Márchate—le pido mientras miro mis manos temblorosas entrelazadas sobre mi regazo.
Temo por su respuesta pero lo podré soportar.
—¿Por qué?—.Esa pregunta no la esperaba, así que me giro y le miro sorprendida. Sus ojos brillan, como si fuese a llorar, aunque eso es prácticamente imposible en él.
218
—Porque te amo—.La perplejidad absoluta se refleja
en sus ojos azules. Deduzco que su mirada es porque se
esperaba cualquier otra respuesta.
—Entonces...—comienza a decir, pero le interrumpo
casi gritando.
—Pero también amo a Delf, y noto que cada segundo que paso junto a ti es como un puñal que le clavo a él— termino de hablar y relajo mis músculos poco a poco. Me incorporo y le miro desde las alturas. Me dirijo a la puerta y le dejo allí solo, medio desnudo en mi cama, mientras me alejo por el pasillo.
***
Corro por el pasillo casi pisando mis faldas y salgo a la azotea. Me siento en el suelo y observo el paisaje nevado. Comienzo a llorar y me araño la cara con las manos.
Lo perdí todo en un acto de locura nocturna. Conseguí la llave pero ¿de qué sirve? Le entregué a Eduardo una llave aun más importante, la llave de mi corazón.
El sol naciente comienza a salir de su escondite entre las montañas. El cielo de nubes rosas sobre mi cabeza comienza a encapotarse.
—¿Qué hago ahora?—a cuatro patas me asomo al borde de la azotea y miro fijamente abajo. Veo casas grises hechas de piedra oscura y sucia, vagabundos por doquier durmiendo sobre el frío suelo. Yo podría también estar así... debería dar las gracias a todos...
—Pero también amo a Delf, y noto que cada segundo que paso junto a ti es como un puñal que le clavo a él— termino de hablar y relajo mis músculos poco a poco. Me incorporo y le miro desde las alturas. Me dirijo a la puerta y le dejo allí solo, medio desnudo en mi cama, mientras me alejo por el pasillo.
***
Corro por el pasillo casi pisando mis faldas y salgo a la azotea. Me siento en el suelo y observo el paisaje nevado. Comienzo a llorar y me araño la cara con las manos.
Lo perdí todo en un acto de locura nocturna. Conseguí la llave pero ¿de qué sirve? Le entregué a Eduardo una llave aun más importante, la llave de mi corazón.
El sol naciente comienza a salir de su escondite entre las montañas. El cielo de nubes rosas sobre mi cabeza comienza a encapotarse.
—¿Qué hago ahora?—a cuatro patas me asomo al borde de la azotea y miro fijamente abajo. Veo casas grises hechas de piedra oscura y sucia, vagabundos por doquier durmiendo sobre el frío suelo. Yo podría también estar así... debería dar las gracias a todos...
219
Un rápido movimiento llama mi atención y dirijo mi
mirada atenta a ese lugar. Una mujer de pelo castaño,
largo y ondeante, corre despavorida mientras los
guardias a los que reconozco, la siguen.
Reconozco a la mujer fugitiva, es Patricia, la madre de Delf.
Había escapado de la prisión y ahora la seguían.
Me pongo en pie y casi caigo por la azotea cuando soy sorprendida por la presencia del silencioso Delf. —¿Qué hacéis aquí? Es muy temprano—Hace una pausa y me escudriña con la mirada Aun me afecta que me hable de “usted”—.¿Pensaba tirarse por ahí?— señala el borde de la azotea. Lo único que hago es negar con la cabeza y pasando por su lado a gran velocidad, ignorándole, cruzo toda la azotea y bajo por las estrechas escaleras para llegar a la entrada e intentar salvar a su madre.
***
Mis pies descalzos se hacen pequeños rasguños con las finas piedras del camino. La polvareda que levantan los guardias con los caballos es visible desde la entrada de la casa.
Agarro con fuerza la verja de la casa de Sofía y justo en el momento adecuado salgo corriendo a mitad del camino frente a la mujer. Empujo a la delgada y sensible Patricia y la llevo con el peso de mi cuerpo al
Reconozco a la mujer fugitiva, es Patricia, la madre de Delf.
Había escapado de la prisión y ahora la seguían.
Me pongo en pie y casi caigo por la azotea cuando soy sorprendida por la presencia del silencioso Delf. —¿Qué hacéis aquí? Es muy temprano—Hace una pausa y me escudriña con la mirada Aun me afecta que me hable de “usted”—.¿Pensaba tirarse por ahí?— señala el borde de la azotea. Lo único que hago es negar con la cabeza y pasando por su lado a gran velocidad, ignorándole, cruzo toda la azotea y bajo por las estrechas escaleras para llegar a la entrada e intentar salvar a su madre.
***
Mis pies descalzos se hacen pequeños rasguños con las finas piedras del camino. La polvareda que levantan los guardias con los caballos es visible desde la entrada de la casa.
Agarro con fuerza la verja de la casa de Sofía y justo en el momento adecuado salgo corriendo a mitad del camino frente a la mujer. Empujo a la delgada y sensible Patricia y la llevo con el peso de mi cuerpo al
220
húmedo suelo por los restos de nieve a un oscuro
callejón, justo enfrente de la mansión Rumier.
—¿Está bien?—pregunto mientras me incorporo —.Quédese aquí un momento.
La dejo apoyada contra la pared. Sus azules ojos como los de su hijo, reflejan cansancio y pesadez. Cojo una sábana de un tendedero y la cubro con ella. Me incorporo al mercado mañanero, mientras los guardias, a mis espaldas, pasan de largo sobre sus caballos. Solo entonces sonrío aliviada por haber burlado a la guardia.
***
La enorme chimenea sobre la que reposa el extravagante retrato de Ángel Rumier está encendida, y las llamas suben y bajan en un continuo baile frenético. Patricia, la madre de Delf, está sentada en un sillón rojo con estampados dorados. Temblorosa, me mira con amargura desde el asiento. Le había colocado una manta y dado un poco de té, pero lo único que podía hacer era dar vueltas por la habitación sin poder decirle nada.
¿Qué le podía decir? Pienso deprisa mis preguntas y entonces me decido sentándome su lado y comienzo el interrogatorio.
—Patricia, ¿cómo escapó del castillo?—.La primera pregunta la responde deprisa y sin rodeos.
—¿Está bien?—pregunto mientras me incorporo —.Quédese aquí un momento.
La dejo apoyada contra la pared. Sus azules ojos como los de su hijo, reflejan cansancio y pesadez. Cojo una sábana de un tendedero y la cubro con ella. Me incorporo al mercado mañanero, mientras los guardias, a mis espaldas, pasan de largo sobre sus caballos. Solo entonces sonrío aliviada por haber burlado a la guardia.
***
La enorme chimenea sobre la que reposa el extravagante retrato de Ángel Rumier está encendida, y las llamas suben y bajan en un continuo baile frenético. Patricia, la madre de Delf, está sentada en un sillón rojo con estampados dorados. Temblorosa, me mira con amargura desde el asiento. Le había colocado una manta y dado un poco de té, pero lo único que podía hacer era dar vueltas por la habitación sin poder decirle nada.
¿Qué le podía decir? Pienso deprisa mis preguntas y entonces me decido sentándome su lado y comienzo el interrogatorio.
—Patricia, ¿cómo escapó del castillo?—.La primera pregunta la responde deprisa y sin rodeos.
221
—Los guardias se distrajeron mientras os buscaban a
vosotros y yo aproveche para robar la llave y salir—.
Da un largo sorbo a la taza plateada con el humeante té.
—¿No le han hecho daño, verdad? —busco alguna
herida o rasguño en su piel, pero parece que está
intacta.
—No, estoy bien... ¿y mi hijo?, Julia, ¿dónde está mi hijo, Delf? —pregunta poniéndose en pie con dificultad.
—Iré a buscarle. Espere aquí, por favor, no se mueva y no se acerque a la ventana—. Me dirijo a la puerta y salgo al pasillo mientras pienso en el rostro asustado de Patricia cuando la encontré en la calle.
***
Delf entra en la habitación a grandes zancadas y abraza a su madre levantándola del suelo. Los dos lloran, mientras yo los contemplo desde la puerta. Los escasos recuerdos que yo tengo con mi madre vienen a mi mente.
Cuando era pequeña me enseñó a leer y escribir y también a cocinar. Hacíamos pasteles de nata y crema. Murió muy pronto, tenía tanto que enseñarme...
Seco mis lágrimas justo antes de que Delf se gire para mirarme y sonreírme feliz en señal de agradecimiento por ayudar a su madre. Le devuelvo la sonrisa y les dejo a solas en la habitación mientras yo me dirijo a la mía.
—No, estoy bien... ¿y mi hijo?, Julia, ¿dónde está mi hijo, Delf? —pregunta poniéndose en pie con dificultad.
—Iré a buscarle. Espere aquí, por favor, no se mueva y no se acerque a la ventana—. Me dirijo a la puerta y salgo al pasillo mientras pienso en el rostro asustado de Patricia cuando la encontré en la calle.
***
Delf entra en la habitación a grandes zancadas y abraza a su madre levantándola del suelo. Los dos lloran, mientras yo los contemplo desde la puerta. Los escasos recuerdos que yo tengo con mi madre vienen a mi mente.
Cuando era pequeña me enseñó a leer y escribir y también a cocinar. Hacíamos pasteles de nata y crema. Murió muy pronto, tenía tanto que enseñarme...
Seco mis lágrimas justo antes de que Delf se gire para mirarme y sonreírme feliz en señal de agradecimiento por ayudar a su madre. Le devuelvo la sonrisa y les dejo a solas en la habitación mientras yo me dirijo a la mía.
222
Antes de abrir la puerta, respiro profundamente e
imagino que Eduardo no seguirá en la cama tal y como
le dejé.
La abro lentamente y me asomo con cautela por ella. No hay nadie y la cama está perfectamente hecha. Me pongo unos zapatos de tacón bajo y suelto la coleta que recoge mi cabello negro mientras me contemplo en el espejo.
Mi rostro pálido se adivina sin color ni vitalidad. Mis ojos verdes tienen un tono apagado y parece que mi pelo reluce menos que antes. Miro mis manos y encuentro unas uñas cortas y cuadradas, para nada femeninas. Me tumbo en la cama, sin parar de preguntarme qué haré a continuación con mi vida y como recuperaré el cofre, ahora que tengo la llave. Pienso en los chicos. No sé como sentirme respecto a cada uno. Amo a Eduardo pero Delf me hace sentir bien, me gusta estar a su lado, pero Eduardo me acelera el pulso y cada cosa que me dice me pone nerviosa y me hace temblar de felicidad.
Lentamente el sueño se apodera de mí y acabo dormida entre finas sábanas y almohadones de plumas.
***
Precioso atardecer, la luz anaranjada me desvela de mi alargada siesta. Me incorporo un poco aturdida por las largas horas de sueño y me levanto de un salto. Me doy
La abro lentamente y me asomo con cautela por ella. No hay nadie y la cama está perfectamente hecha. Me pongo unos zapatos de tacón bajo y suelto la coleta que recoge mi cabello negro mientras me contemplo en el espejo.
Mi rostro pálido se adivina sin color ni vitalidad. Mis ojos verdes tienen un tono apagado y parece que mi pelo reluce menos que antes. Miro mis manos y encuentro unas uñas cortas y cuadradas, para nada femeninas. Me tumbo en la cama, sin parar de preguntarme qué haré a continuación con mi vida y como recuperaré el cofre, ahora que tengo la llave. Pienso en los chicos. No sé como sentirme respecto a cada uno. Amo a Eduardo pero Delf me hace sentir bien, me gusta estar a su lado, pero Eduardo me acelera el pulso y cada cosa que me dice me pone nerviosa y me hace temblar de felicidad.
Lentamente el sueño se apodera de mí y acabo dormida entre finas sábanas y almohadones de plumas.
***
Precioso atardecer, la luz anaranjada me desvela de mi alargada siesta. Me incorporo un poco aturdida por las largas horas de sueño y me levanto de un salto. Me doy
223
un baño de agua fría, y me visto yo misma con un corsé
elástico y un vestido de seda turquesa y palabra de
honor con pedrería incrustada. Mi pelo, húmedo por el
baño, es colocado sobre mi cabeza por un formal moño
y unos tacones de aguja turquesa adornan mis pies.
Bajo al comedor donde Sofía, Delf, Patricia, las
gemelas y Clara, me esperan. Todos colocados en la
mesa, mientras esperan la cena. Todos me miran
sorprendidos al entrar y Delf, boquiabierto, se
recompone en un momento para cederme un asiento al
lado de su madre.
—¿Cómo se encuentra?, Patricia —pregunto a la mujer de pelo castaño recogido en una larga trenza.
—Ahora mejor, que me he reunido con mi hijo y tengo un hogar al que volver —responde Patricia con una amplia sonrisa.
—Me alegro por ello Patricia. Puede confiar en nosotros —la marchita voz de Sofía resuena desde el otro extremo de la mesa. Los criados van colocando la comida ante nosotros.
Analizo a los presentes que se reúnen a comer, Clara, Sofía, Lidia y Violeta. Delf, Patricia y yo. Rubén no se encuentra ni sirviendo ni acomodado junto a Clara, pero no le doy mucha importancia a su ausencia, pero si extraño a Eduardo. Mientras despezado el muslo de pollo asado que tengo por delante, recuerdo la cena con los gobernadores.
—¿Cómo se encuentra?, Patricia —pregunto a la mujer de pelo castaño recogido en una larga trenza.
—Ahora mejor, que me he reunido con mi hijo y tengo un hogar al que volver —responde Patricia con una amplia sonrisa.
—Me alegro por ello Patricia. Puede confiar en nosotros —la marchita voz de Sofía resuena desde el otro extremo de la mesa. Los criados van colocando la comida ante nosotros.
Analizo a los presentes que se reúnen a comer, Clara, Sofía, Lidia y Violeta. Delf, Patricia y yo. Rubén no se encuentra ni sirviendo ni acomodado junto a Clara, pero no le doy mucha importancia a su ausencia, pero si extraño a Eduardo. Mientras despezado el muslo de pollo asado que tengo por delante, recuerdo la cena con los gobernadores.
224
Su mirada pasiva, comiendo lentamente mientras me
observaba con detenimiento, ¿quién iba a pensar que ya
me amaba en ese momento? La disputa que tuvimos
con espadas más tarde no reflejaba amor alguno...
Termino mi cena con un pedazo de manzana como
postre y me retiro de la mesa a gran velocidad.
Vuelvo a la tan conocida azotea de la mansión. Copos de nieve comienzan a caer mientras estoy allí. Tiemblo de frío debido a mi vestido sin mangas. El tan sigiloso Delf me sorprende por detrás con la llamada de mi nombre en susurro.
—¿Qué quieres? —pregunto cortante mientras evito mirarle.
—Siento haberte hablado de usted y haber actuado poco cortés antes. No fui un caballero. Te hice daño en el brazo y te llame vulnerable —confiesa casi sin respirar entre palabra y palabra—. Tú has salvado a mi madre después de todo lo que hice...
Su voz se entrecorta y entonces me giro. Le abrazo y le aprieto contra mí.
—¿Julia? —Delf me llama sorprendido, pero le ignoro y entierro mi rostro en su pecho, mientras él me envuelve en sus brazos con ternura y sin mediar palabra.
Me siento sucia pero, me siento tan bien a su lado que no puedo apartarme de él. Acaricia mi espalda que se mueve levemente por mi temblor y la frota allí donde están mis omóplatos para intentar darme calor.
Vuelvo a la tan conocida azotea de la mansión. Copos de nieve comienzan a caer mientras estoy allí. Tiemblo de frío debido a mi vestido sin mangas. El tan sigiloso Delf me sorprende por detrás con la llamada de mi nombre en susurro.
—¿Qué quieres? —pregunto cortante mientras evito mirarle.
—Siento haberte hablado de usted y haber actuado poco cortés antes. No fui un caballero. Te hice daño en el brazo y te llame vulnerable —confiesa casi sin respirar entre palabra y palabra—. Tú has salvado a mi madre después de todo lo que hice...
Su voz se entrecorta y entonces me giro. Le abrazo y le aprieto contra mí.
—¿Julia? —Delf me llama sorprendido, pero le ignoro y entierro mi rostro en su pecho, mientras él me envuelve en sus brazos con ternura y sin mediar palabra.
Me siento sucia pero, me siento tan bien a su lado que no puedo apartarme de él. Acaricia mi espalda que se mueve levemente por mi temblor y la frota allí donde están mis omóplatos para intentar darme calor.
225
—Delf... —murmuro contra su pecho. Su cabeza se
mueve sobre la mía y prosigo—Sofía dice que han
encontrado carteles en el pueblo recompensando
nuestra búsqueda.
—No nos capturarán, yo te protegeré —.Otro escalofrío recorre mi desprotegida espalda— ¿Por qué te pusiste un vestido de verano?
—Quería estar hermosa, me sentía sucia y fea...
—No lo eres... —Delf no sabía que me sentía así por mi relación con Eduardo. Pero yo sí y me corrompía por dentro.
— ¿Estás feliz de haberte reencontrado con tu madre? —le pregunto elevando la cabeza para mirar su rostro. —Por supuesto y estoy feliz de que haya llegado hasta mi gracias a ti —. Me mira sonriendo y me coloca un mechón detrás de mi oreja. Yo también sonrío por ese típico gesto suyo y vuelvo a estrujar mi nariz contra su pecho.
Aspiro su aroma y lucho por no llorar.
—Julia, estas rara desde que dijiste que Eduardo asaltó tu habitación. ¿Ocurrió algo mientras estaba allí? —. Me tenso ante su pregunta y eso le sirve a él como respuesta.
Le miro fijamente y muerdo mi labio para despejar mi cerebro y no llorar. Me aparto de Delf y le doy la espalda. Busco respuestas o quizás excusas para desviar la conversación pero el chico comienza hablar y escucho atenta.
—No nos capturarán, yo te protegeré —.Otro escalofrío recorre mi desprotegida espalda— ¿Por qué te pusiste un vestido de verano?
—Quería estar hermosa, me sentía sucia y fea...
—No lo eres... —Delf no sabía que me sentía así por mi relación con Eduardo. Pero yo sí y me corrompía por dentro.
— ¿Estás feliz de haberte reencontrado con tu madre? —le pregunto elevando la cabeza para mirar su rostro. —Por supuesto y estoy feliz de que haya llegado hasta mi gracias a ti —. Me mira sonriendo y me coloca un mechón detrás de mi oreja. Yo también sonrío por ese típico gesto suyo y vuelvo a estrujar mi nariz contra su pecho.
Aspiro su aroma y lucho por no llorar.
—Julia, estas rara desde que dijiste que Eduardo asaltó tu habitación. ¿Ocurrió algo mientras estaba allí? —. Me tenso ante su pregunta y eso le sirve a él como respuesta.
Le miro fijamente y muerdo mi labio para despejar mi cerebro y no llorar. Me aparto de Delf y le doy la espalda. Busco respuestas o quizás excusas para desviar la conversación pero el chico comienza hablar y escucho atenta.
226
—Julia, ante cualquier cosa que ocurriese allí, yo no
soy quien para juzgarte y decirte lo que debes hacer y lo
que no... —hace una pausa y le oigo coger aire con
fuerza por la nariz —. Yo seguiré sintiendo lo mismo
por ti.
Me giro hacia a él, abrazándome a mi misma y le contemplo con ojos llorosos. Sus ojos del color del cielo penetran hasta mi mente y me da la sensación de que sabe lo que pienso.
Doy una zancada hacia él. Le sujeto con una mano por el cuello y le atraigo hacia mi rostro, cierro los ojos con fuerza y nos fundimos en un beso que lentamente se va haciendo más y más apasionado.
Delf, sorprendido, tiene los labios apretados pero poco a poco se van ablandando y me corresponde. Sujeto su cuello ahora con las dos manos y paso mis dedos por su nuca sintiendo en las yemas cada cabello rubio de su cabeza.
Delf posa una mano sobre mi cintura y con la otra sujeta mi mejilla delicadamente. Nos apartamos y tomamos aire. Otro beso más, el segundo hace que mi corazón se desboque y sienta mariposas en el estómago. El hormigueo pasa de mi estómago a los pies y de ahí a mi mejilla, allí donde está su mano.
Nos apartamos de nuevo. Cojo aire con dificultad y me ruborizó al notar contra mi pecho el pulso desorbitado del corazón. Mi cerebro desconecta cuando Delf me da
Me giro hacia a él, abrazándome a mi misma y le contemplo con ojos llorosos. Sus ojos del color del cielo penetran hasta mi mente y me da la sensación de que sabe lo que pienso.
Doy una zancada hacia él. Le sujeto con una mano por el cuello y le atraigo hacia mi rostro, cierro los ojos con fuerza y nos fundimos en un beso que lentamente se va haciendo más y más apasionado.
Delf, sorprendido, tiene los labios apretados pero poco a poco se van ablandando y me corresponde. Sujeto su cuello ahora con las dos manos y paso mis dedos por su nuca sintiendo en las yemas cada cabello rubio de su cabeza.
Delf posa una mano sobre mi cintura y con la otra sujeta mi mejilla delicadamente. Nos apartamos y tomamos aire. Otro beso más, el segundo hace que mi corazón se desboque y sienta mariposas en el estómago. El hormigueo pasa de mi estómago a los pies y de ahí a mi mejilla, allí donde está su mano.
Nos apartamos de nuevo. Cojo aire con dificultad y me ruborizó al notar contra mi pecho el pulso desorbitado del corazón. Mi cerebro desconecta cuando Delf me da
227
pequeños besos en el cuello y noto su acelerada
respiración contra mi fría piel.
Cierro los ojos y me olvido de todo durante un instante, pero el recuerdo de Eduardo dándome besos en el mismo lugar me hace poner los pies en la tierra.
Aparto a Delf delicadamente y solo puedo regalarle una sonrisa antes de irme sin decir nada más, por donde había venido, pero esta vez con labios hinchados y lágrimas en los ojos.
Cierro los ojos y me olvido de todo durante un instante, pero el recuerdo de Eduardo dándome besos en el mismo lugar me hace poner los pies en la tierra.
Aparto a Delf delicadamente y solo puedo regalarle una sonrisa antes de irme sin decir nada más, por donde había venido, pero esta vez con labios hinchados y lágrimas en los ojos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario