>4<
Suelto la espada, y temblando
de frío o de miedo, no estoy muy segura, miro a mi alrededor. Casi todos los
invitados de la fiesta me observan sorprendidos. Solo entonces me doy cuenta en
la situación en la que estoy. Mi vestido roto y sucio con manchas de sangre y
mi peinado deshecho, al lado del cuerpo inerte de Eduardo, y con una espada a
mi lado en el suelo.
Comienzo a temblar más
violentamente que antes, y un calor abrasador inunda mi cuerpo. Trato de
ocultar a Delf tras de mi cuando de entre
los invitados aparece una mujer anciana de pelo cano recogido en una
cola a la altura de la nuca, que comienza hablar y tranquilizar a los
invitados.
—Un espectáculo
impresionante—afirma con entusiasmo, mientras aplaude lentamente—. Pero es hora
de irse. Por favor, diríjanse a la salida, y gracias por venir, yo me encargaré
de los actores del espectáculo.
—Pero si el chico parece
que está muerto—comenta una voz entre el gentío con tono brusco.
—Es parte del espectáculo,
espero que lo hayan disfrutado. Buenas noches y gracias por venir—concluye la
anciana, expulsando a los invitados en dirección a la entrada del jardín.
Cuando todos se fueron, la
anciana giro sobre sus talones y se
acercó a mi. Tenía un vestido morado de tirantes liso, acompañado de un pañuelo
púrpura semitransparente que rodeaba su cuello y manos como una enredadera.
—No temáis, Julia. Yo no
tengo las mismas intenciones que ese hombre, se lo aseguro—me explica la
anciana con una voz tranquilizadora mientras extiende su mano y yo la sujeto
para ponerme en pie—.Violeta, Lidia, queridas .Acompañad a esta señorita al
baño. Asearla y llevadla al salón principal. Decidle a Rubén que os encienda la
chimenea.
Levanto la cabeza y veo a
dos chicas de la edad de Delf, que se acercan a mí, vacilantes. Las dos llevan
la misma indumentaria, un vestido de seda con una doble tela de encaje. Una lo
lleva negro y la otra blanco. Con el pelo suelto, las dos son rubias y tienen
unos preciosos ojos color azabache y plata.
Tras acercarse a mí, me
sujetan cada una por un lado y la anciana recoge mi espada. Se la entrega a la
chica del vestido negro, que la agarra con la mano libre.
Y despacio, nos dirigimos a
la entrada del jardín, mientras dejo atrás a la desconocida anciana y el
quizás, cadáver de Eduardo.
***
Tras recorrer los largos
pasillos de aquella increíble mansión, me llevan ante una puerta de madera
oscura. Abren las hojas para dar paso a un baño, en cuyo centro se muestra una
increíble bañera de mármol de donde salía vapor abundante.
La chica del vestido blanco
me acompaña a la bañera y me suelta el pelo del desecho moño, mientras la del
vestido negro cierra las puertas del baño y deja la espada apoyada en la pared.
Y recuerdo que Delf dijo, que en esa forma no podía ver, solo escuchar, y eso
me tranquiliza.
—Mi nombre es Violeta—me
dice la chica del vestido blanco, presentándose mientras me muestra una
preciosa sonrisa.
—Y yo me llamo Lidia—dice
la otra chica del vestido negro tras
acercarse a mi—. Somos gemelas, y nietas de Sofía Rumier, la dama que
vistes antes y dueña de esta casa.
—Lidia, ¿podrías decirle a
Rubén que encienda la chimenea del salón principal y traerle a Julia un camisón
limpio, para que duerma a gusto esta noche?—.Le pregunta Violeta, mientras
Lidia asiente de mala gana y sale del baño, cerrando la puerta tras de si.
—¿Sabéis quien
soy?—pregunto un poco aturdida mientras Violeta me desabrocha el vestido. Éste
cae al suelo, como un trozo de tela rota y sucia. Quedo solo con mi ropa
interior blanca y el corsé beige de la señora del hostal. Y recuerdo que mi
bolsa con dinero está aún en el hostal.
—Tranquila, mi abuela ya
habrá enviado a alguien al hostal en el que te alojabas antes a recoger tus
cosas, aunque la llave de tu abuela la llevas encima—me tranquiliza, mientras
se agacha y me quita la cuerda que tengo alrededor de la pierna, coge la llave
y la deposita en mis manos agrietadas y sucias—. Nosotras no tenemos intención
de hacerte daño, ni de robarte, puedes confiar.
Me quedo en silencio y
aprieto la llave, se la devuelvo de nuevo a Violeta, que la coge sonriendo y la
deposita en una silla de madera. Me quita el corsé, y yo misma me quito el
resto de la ropa, hasta quedarme desnuda delante de Violeta. Miro en dirección
a Delf, y suspiro, menos mal que no puede ver.
Violeta sigue mi mirada y
luego me mira sonriendo levemente. Me empuja en dirección a la bañera y me meto
dentro. El agua tiene una temperatura perfecta, y mis músculos se tensan, para
después relajarse al igual que el resto de mi cuerpo. Cuando consigo meterme en
la bañera hasta el cuello, me sumerjo durante unos segundos para salir después
del agua con el pelo empapado y la cara limpia de sangre.
Me encuentro con la mirada
divertida de Violeta, y Lidia entra en ese momento con algo blanco entre las
manos. Tras cerrar la puerta, deja ese “algo blanco” sobre la silla, sin
prestarle atención a la llave que había sobre ésta y observo que es un camisón
blanco largo, probablemente de lino.
—El joven que entró contigo
al baile, ¿donde está?—me pregunta Lidia, dándole a Violeta una esponja y una
pastilla de jabón.
—Está…—trago saliva—está
aquí—termino por decir mientras miro de nuevo a Delf, en forma de espada.
—¿Aquí?, ¿se refiere en la
casa?—pregunta Violeta, mientras moja la esponja y frota el jabón contra ella.
Asiento nerviosa y Violeta me da en la cara con la esponja, para lavarme los
restos de sangre. Frota suavemente para no hacerme daño.
—¿Es su pareja, marido, o
algo así? —me pregunta Lidia pero vuelve a hablar rápidamente—, bueno, usted
aún es demasiado joven para casarse. Pero seguro que siente algo por él, es
bastante atractivo.
—No siento nada por él.
Solo es mi sirviente—Sentencio con la voz ronca. Luego me arrepiento y me muerdo
el labio hasta sangrar.
—Tranquila, no queremos ser
entrometidas—me dice Violeta, mientras acaricia mi mejilla y continúa frotando
la esponja enjabonada por mis brazos, cuello, y piernas.
—Pues si está soltero, a mi
me encantaría que me cortejara—dice Lidia, mirando al techo, y entrelazando las
manos.
—Lidia, porque no haces
algo de provecho y guardas silencio, por favor—le ordena Violeta, elevando la
voz levemente, pero luego vuelve su tono normal—, solo queda que te quites la
espuma sumergiéndote de nuevo.
Hago lo que me ordena y tras salir a la superficie de nuevo, me
pongo en pie para salir de la bañera. Lidia me acerca una toalla gris, que no
se muy bien de donde ha salido, y me seca el cuerpo.
Tras frotarme el pelo un
poco, me ponen ropa interior nueva, pero dejan mi pecho desnudo y me colocan el
suave camisón largo y blanco de lino.
Me sientan en la silla de
cara a la puerta y mientras susurran algo tras de mi, contemplo a Delf, y
supongo que lo habrá oído todo. Violeta aparece con un cepillo, y comienza a
peinar mi pelo suavemente.
Lidia me entrega la llave de mi abuela, que yo
acomodo en mi regazo. Violeta saca una cinta de alguna parte de su vestido y me
coge una coleta formando un lazo en el principio y enrollándolo como una
enredadera hasta el final de mi pelo, formando un precioso peinado.
—Tenéis un pelo precioso en
el que todos los peinados le quedan bien—me alaga Lidia sonriendo.
—Es cierto, pero ahora
debemos ir al salón, nuestra abuela nos estará esperando—sentencia Violeta,
sujetándome la mano suavemente, y me dirige hacia la puerta, mientras Lidia
lleva consigo a Delf.
***
El salón no estaba muy
lejos del baño, y llegamos enseguida. La puerta era como la del baño, pero la
sala era mucho más grande, en el lado izquierdo, una enorme y colosal
estantería de arriba a abajo repleta de libros. Para llegar hasta algunos había
que utilizar hasta unas escaleras. Mi tío Gustavo tenía libros, pero no tantos,
y en casa, los únicos libros que había eran mis apuntes de estudios.
Violeta me señala los
sillones y sofás al lado derecho de la sala, donde también había una enorme
chimenea y una pequeña mesita en el centro, en donde habían colocado una
bandeja de humeantes tazas.
Lidia me entrega la espada,
y las dos desaparecen cerrando las grandes puertas. Cierro los ojos durante un
momento para ordenar mis pensamientos y visualizo los últimos acontecimientos.
Sujeto fuertemente a Delf, y me acerco a uno de los sillones que más cerca
estaba de la chimenea. Guardo la llave, dejo a Delf a mi lado en el sillón.
Me siento desnuda, con ese
fino camisón y tiemblo sin remedio ante tan poco protección. Estoy descalza, y
puedo notar en mis pies el suave tacto que recibo de la calentita alfombra de
pelos que había en el suelo.
De pronto la puerta se abre
y aparece la anciana de la fiesta y un hombre de mediana edad, de piel oscura y
vestido con un esmoquin.
La anciana lleva el mismo
vestido que antes, pero ahora no llevaba el pañuelo alrededor de los brazos. Se acerca a mí y se
sienta en el sofá que hay a mi lado.
El hombre de color suelta
algo sobre la mesita, junto a las tazas. Cuando se aparta, reconozco que es mi
bolsa y suspiro profundamente, aliviada.
—Julia, bienvenida a la
mansión de los Rumier. Aquí estará a salvo de hombres como Eduardo, y no te
preocupes por la llave de tu abuela, ya que casi, tu y yo, somos parientes—me explica, con un
tono tranquilizador, pero yo me pongo nerviosa y la miro confusa, mientras la
anciana ríe—. Yo soy Sofía Rumier, prima de tu abuela Matilda Beltrons.
—¿Usted, es prima de mi
difunta abuela?—le pregunto, aún más confusa que antes, e incluso un poco
mareada.
—Sí, llevamos la misma
sangre en las venas, y no tengo ninguna intención de hacerte daño, Julia. Solo quiero ayudarte.
—¿Conocía usted a
Eduardo?—le pregunto a Sofía, y la imagen de Eduardo, inerte en el jardín, se
me viene a la cabeza y el recuerdo de la sangre, me produce arcadas. Sofía
asiente y entonces caigo en la cuenta —. ¿Está muerto?.
—Yo creo que sí, y si no es
así, ya me encargaré de que lo esté—me afirma Sofía sonriendo— ah, por cierto,
este es Rubén, mi mayordomo. Pídele lo que necesites, tanto para ti como para
tu espada, o debo decir sirviente—. Sofía me presenta a Rubén que me hace una
reverencia y luego mira a Delf, convertido en espada.
—Haga que aparezca Julia.
Quisiera verle bien—me pide Sofía, con curiosidad. Entonces me pongo en pie y
susurro el nombre de Delf, y tras aparecer esa tan conocida ya, luz cegadora,
surge, aún vestido con su traje gris y la corbata ahora un poco torcida.
—Doña Sofía, este es Delf,
mi sirviente y también leal arma, por obra de un hechizo—me interrumpo al ver
el rostro de Rubén y miro a Sofia. Su mirada hace que continúe—. Se que es
increíble pero es la verdad.
—Para nada, la creo,
señorita Julia— afirma Sofía, poniéndose
en pie y acercándose a Delf, que se tensa cuando Sofía le acaricia la cara y
luego el cuello—. Es bello, y parece ser una gran persona. Que se quede así, no
quiero verle en forma de espada en mi presencia— Sofía se aparta y se sienta de
nuevo en el sofá mientras chasquea los dedos —. Rubén, acompaña al joven Delf,
aseadle y dele algo cómodo para dormir.
Rubén asiente y yo le doy
mi aprobación a Delf con solo una mirada. Tras esto, Rubén le dirige hacia la
puerta del salón y desaparecen los dos, dejándonos a solas a Sofía y a mí.
***
Sofía me mira seria,
mientras me siento lentamente y me recuesto en el sillón de terciopelo rojo y
dorado. La llave se me clava en la espalda, y extiendo la mano tras de mi para
cogerla y depositarla en mi regazo. Respiro profundamente y miro a Sofía.
—Julia, se lo prometo. No
quiero hacerle daño—me repite de nuevo, mientras aprieta los labios.
—Soy consciente de ello,
Sofía. Pero han pasado tantas cosas, la muerte de mis padres, mi estancia en el
orfanato. Tras salir solo tener conmigo una llave y unos pocos recuerdos—le relato, mientras recuerdo la
espada de mi padre, mi tío sujetándola y guardándola tras el mostrador.... el
simple hecho de recordarlo, me conmociona.
—Julia, no se preocupe, yo
me encargaré de ayudarla en todo lo que necesite y bueno, la fortuna de su
abuela no la necesito, ya que…—me dice Sofía, mientras alza ambos brazos,
señalando la habitación—, yo ya tengo mi fortuna, y mi familia... No necesito
más dinero, solo ayudar en lo que pueda, a las personas que llevan mi sangre en
las venas. Aparte, yo amaba con locura a su difunta abuela, era una gran mujer,
se lo puedo asegurar.
—No hace falta que lo haga,
lo sé. Estoy segura, de que fue una gran mujer…—digo mirando fijamente a las
tazas de plata. Papá siempre me contaba que la abuela, con su gran fortuna,
ayudaba a los enfermos y visitaba el hospital infantil, casi todos los días,
incluso una vez, se planteó ir a la guerra, para ayudar a los heridos en
combate. Era una gran persona...
—Bien…—alega Sofía,
levantándose y cogiendo una taza, para después entregármela, que yo sujeto con
delicadeza—toma un poco de té, y luego podrás dar un paseo por la mansión, si
te apetece comer algo…—niego con la cabeza, antes de que pudiese continuar— de
acuerdo, estás en tu casa, Julia.
La anciana se inclina, y
con una leve sonrisa en la cara, que hacían que sus arrugas saliesen a relucir
en sus mejillas, a paso lento, se dirigió hacia las grandes puertas y
desapareció.
***
Me quedo sola en el gran
salón, a la luz parpadeante de la chimenea. Miro la taza que tengo entre mis
manos y la huelo, tiene un olor como de limón y menta.
Le doy un sorbo, y luego
otro. Y sin darme cuenta, al cabo de unos segundos ya me lo he bebido entero.
Dejo la taza sobre la mesa. Cojo la llave en mis manos y me levanto del sillón.
Por simple reflejo miro detrás de mí, y observo un gran ventanal con grandes
cortinas rojas de terciopelo.
Me acerco vacilante hacia
la ventana y me asomo por ella. Las calles están oscuras y solo algunas casas,
posadas o tabernas tienen algunas luces. La luna llena preciosa en el cielo
oscuro estrellado por millones de puntitos parpadeantes, ilumina con su
blanquecina luz, las praderas más lejanas de la ciudad, y parte de su luz, se
filtra por el gran ventanal.
Me aparto de la ventana y
miro hacia la chimenea. Me sorprendo al ver un gran cuadro sobre ésta. Es un
retrato de un hombre de cabello oscuro y ojos grises, ataviado con un traje
negro y una pajarita roja. Lleva un cinturón donde guarda una fina espada. En
el marco del retrato está escrito el nombre de: >Ángel Rumier, en recuerdo de toda tú familia<
Aparto la mirada y,
caminando deprisa con mis pies descalzos
salgo del salón y me encuentro en el pasillo, oscuro y siniestro. Elijo al azar una de las direcciones y
selecciono el camino de la izquierda. Corro, no sé muy bien por qué, quizás por
el miedo que me transmite el lúgubre pasillo y al final llego a unas estrechas
escaleras y subo por ellas, con la llave en la mano. Todo sea por salir de ese
pasillo. Subo los estrechos y finos escalones. Al final de estos hay unas
puertas de hierro oxidado que empujo con todas mis fuerzas y salgo a la azotea
de la mansión.
Es impresionante. Se
aprecia toda la ciudad y, emocionada me acerco al borde y me asomo por él. Da
vértigo y retrocedo porque me siento un poco mareada y al girarme, doy un grito
ahogado porque Delf ha aparecido detrás
de mí y me sujeta los hombros mientras sonríe.
—Perdona si te asusté—se
disculpa mientras me suelta los hombros.
—No importa—suspiro y
cierro los ojos. Cuando los abro de nuevo, Delf me esta mirando fijamente con
los ojos entornados—, de verdad, no importa.
—De acuerdo, ¿qué haces
aquí, sola?—me pregunta mientras mira por encima de mi hombro.
—Lo mismo podría
preguntarte a ti, ¿y desde cuando me tratas de “tú”? —le pregunto, pero me
arrepiento, porque me siento mal por tratarle así—. Perdona, es que… estoy algo
confusa por todo lo que está pasando.
—No tienes que disculparte,
yo también estaría mal y confuso, y me enfadaría con todo el mundo—.En ese
momento tiemblo. Allí hacía mucho viento y el fino camisón no me protegía todo
lo que debería —, ¿tienes frío?
Me abrazo, y asiento a la
pregunta de Delf, cuando soy sorprendida, porque me sujeta por los hombros y me
abraza, posa sus manos en mi espalda y me estruja contra él, noto su cálida
piel, a través de su fina camisa, y noto también el martilleo que producen sus
violentos latidos.
Nos quedamos a sí durante
unos instantes, pero después, Delf me
suelta y se disculpa, y sin decir nada más, se da la vuelta y se dirige veloz
hacia la puerta de hierro dejándome sola, en aquella amplia azotea, mientras se
oía a lo lejos el sonido de las risas y voces de las personas de las tabernas y
las casas, que van desapareciendo de mi mente, mientras una oleada de calor inunda
mi cuerpo y me ruborizo al pensar en el contacto tan íntimo que acabo de tener
con Delf.

Leido.
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