30 de noviembre de 2012

Encrucijada de lágrimas- Capítulo 16

                                                                      >16<


Eduardo está sobre una colina con los cuerpos fallecidos de mis padres y la madre de Delf entre sus brazos, cuchillo en mano. Ver a mis padres de nuevo después de tanto tiempo me toma por sorpresa y comienzo a llorar...
Miro a mi lado y Delf está junto a mi, atónito, mientras yo le contemplo pasmada y algo compungida. Eduardo grita amenazándome, y Delf me entrega a él a cambio de su madre, pero cuando estoy entre los brazos de Eduardo, tras haber matado a Patricia y Delf está completamente confundido. El joven de cabello negro me besa fuertemente y sin amor y luego me rasga la ropa y el cuello, mientras muero desangrada y desnuda junto a mis padres. No siento dolor físico, pero si un dolor más fuerte en mi interior... que se me pasa cuando abro los ojos de nuevo...
Y despierto entre sábanas en lo que antes de haber ido a palacio, había sido mi habitación en la casa de los Rumier. El tocador está donde siempre y el gran armario lleno de vestidos de buen textil, ahora ocultos por las perfectas puertas de roble. Todo como lo recordaba.
Me levanto con dificultad y algo mareada aún por la extraña pesadilla. ¿Podría Delf traicionarme a cambio de su madre? Es probable, si soy sincera yo también lo habría hecho de ser él.
Me acerco a la ventana y descorro las pesadas cortinas. El paisaje del amanecer me adormece aún más, pero no creo que pueda dormir de nuevo hasta pasado un rato.
El paisaje de mi ventana es el jardín trasero y no puedo evitar buscar con la mirada a Delf, pero mis ánimos se derrumban aún más cuando no lo encuentro.
El laberinto de arbustos y arbolitos que componen el enorme, aunque no tan grande como el de palacio, jardín de Sofía, es un laberinto sin fin que provoca que mi cabeza de vueltas.
La puerta cruje al ser abierta y me encuentro a Lidia y Violeta en el umbral, las dos con camisones como el mío, y mirándome con cara preocupada. Cada una con su pelo recogido en una coleta desaliñada colocada en el hombro.
Julia, ¿podemos pasar?—Pregunta una de las dos, aunque no estoy muy segura de quién...
Claro, pasad...—les respondo mientras me acerco a ellas deteniéndome delante del espejo del tocador.
Julia, te echamos mucho de menos—al momento se cuál de ellas es Violeta y cual es Lidia.
Violeta se acerca hasta mi y me abraza con dulzura. Son mayores que yo unos tres años y aun así son más bajas que yo. Son como las hermanas pequeñas que nunca tuve.
Las he reconocido por su aroma. Violeta huele a lavanda, y Lidia huele a rosas ya que siempre anda en el jardín en su tiempo libre. Aparte que Violeta es más cariñosa conmigo que Lidia.
Yo también a vosotras, si no fuera por vuestra abuela y Silvia, la costurera del palacio, Delf y yo estaríamos aun prisioneros—. Al ver la cara de Lidia al pronunciar el nombre de mi acompañante la pregunta más evidente se me viene a la cabeza, pero como si Lidia también hubiese leído mi mente, me responde a mi pregunta no formulada.
Tranquila—me dice sonriendo—Rubén lo encontró hace una hora vagando por los jardines.
¿Está bien?—pregunto mientras aparto el mimoso abrazo de Violeta y ésta se dirige al gran armario, dando pequeños saltitos.
Tranquila Julia, Delf está bien—Lidia se acerca hasta mí y me mira fijamente a los ojos—. ¿Encontrasteis el tesoro de su abuela?
Sí, pero me lo arrebataron y la llave también—le explico recordando todo lo sucedido con gran pesar. Los curiosos ojos azabaches de Lidia intentan leer mi mente con más profundidad.
¿Quién?—pregunta inquieta.
Eduardo y... el gobernador—digo al fin. La chica entonces suspira profundamente haciendo volar algunos cabellos dorados y dejándolos caer de nuevo sobre su blanca frente.
Sabía que ese gobernador no era de fiar—interrumpe Violeta desde el armario dejando atrás múltiples vestidos y lanzándolos al viento— pero ya verás como todo se solucionará. Si llegaste tan lejos, ¿quién dice que no podrás recuperarlo otra vez?
No es tan fácil, Violeta—replica Lidia entornando los ojos mientras mira a su gemela.
Gracias Violeta, y gracias por preocuparte por mi Lidia—. La chica se gira hacia mí y por primera vez me sonríe con dulzura.
Bien, todo arreglado—exclama Violeta con algo azul en sus manos—. Ahora toca baño—dice alzando el vestido en el aire y con brillo en sus ojos grises.

***
Tras el baño caliente y al que bastante echaba de menos, me enfundé en un vestido azul oscuro, con dibujos dorados sobre el borde de la falda. Me había vuelto a poner el corsé elástico, bastante cómodo. Había dejado mi pelo suelto y caía sobre mis hombros desnudos por el cuello de palabra de honor del elegante vestido.
Estaba terminando mi desayuno, de tostadas con mermelada de diferentes frutas cuando Delf, enfundado en una camisa blanquísima y una chaqueta gris cubriéndole, entró en el comedor.
Me levanto precipitadamente al verle y corro en su dirección casi tropezando con mis patosos pies enfundados en botas de tacón.
Delf…—coloco la mano sobre su pálido rostro y él me mira preocupado. Apoyado contra el marco de la puerta me mira con sus ojos azules.
Estoy bien—. Se endereza y se pone frente a mí. Acaricia la mano que tengo puesta en su mejilla y sonríe— gracias.
De nada—le regalo otra sonrisa aun más grande y feliz—. ¿Quieres desayunar?
Me encantaría—. Responde mientras nos dirigimos a la mesa junto a todos los demás.

***
Me dirijo al despacho de Sofía una vez más, junto a Delf, al igual que la última vez.
Entramos en el gran despacho y nos sentamos en las conocidas sillas de terciopelo verde.
Sofía, ataviada con un ancho vestido beige de manga larga y escote en uve, nos mira seria.
No creí que las cosas fuesen a salir así, lo digo de verdad, Julia— se explica Sofía zarandeando la cabeza.
No se culpe, por favor. Usted me ayudó en todo lo que pudo y lo demás es problema mío… — recalco para intentar calmarla, aunque no lo consigo.
Por mi culpa, ahora no tenéis ni el tesoro, ni la llave tan siquiera...—suspira profundamente y Delf se tensa a mi lado—. ¿Y decís que no me culpe? Sois demasiado amable, Julia.
Sofía...—alargo mi mano a la mesa y sujeto la arrugada mano de la anciana—. Usted hizo mucho. Si no fuera por usted, Delf y yo ahora estaríamos muertos o pudriéndonos en una celda. Le aseguro que mi abuela estaría agradecida también...
Mi dulce prima—dice Sofía sonriendo con nostalgia— Sois idéntica a ella, Julia...
Los recuerdos de mis padres vienen a mi mente en ese momento. En ningún instante de mi infancia recuerdo haber mencionado a mis abuelos, nunca...
¿Qué podemos hacer para recuperarlo?—pregunta Delf inquieto e interrumpiendo nuestra visita a los recuerdos.
Nada—. Las palabras de Sofía me arañan como cuchillas, y me tenso mientras suelto su mano y la coloco en mi regazo.
Tanto esfuerzo para nada... Debí quedarme quieta y esconder la llave, o entregársela a esos hombres...
Mis pensamientos desaparecen con la cansada voz de Sofía.
Si el gobernador estaba unido a Eduardo y a los otros hombres, no hay nada que hacer...—recuerda la anciana, entrelazando sus manos sobre la mesa.
Pero yo vi a uno de los hombres que nos acorraló en la cueva. Estaba allí—le relato recordando a Julián desamparado y cubierto de sangre—. Debe de haber pasado algo...
Sí, y yo sé el que...—responde Sofía, entornando los ojos—. Lo más probable es que los soldados del gobernador emboscaran a vuestros asaltantes y tras capturarlos los torturaran para conseguir el cofre y después reunirse con Eduardo y abrirlo.
Es imposible...—suelta Delf, aturdido por la idea de Sofía, al igual que yo.
Es posible—replica Sofía, alzando la voz—. Pero también puede ser que sus compañeros le delataran solo a él y huyeran con el cofre los otros dos, y Eduardo ahora mismo, esté bien lejos de aquí...
Pero... no me encaja nada de esto...—digo confusa y con voz ronca.
No os preocupéis por nada ahora, Julia—Sofía se pone en pie, cansada—. No necesitáis ese tesoro, yo puedo cuidaros y daros todo lo que necesitéis de ahora en adelante.
Se lo agradezco Sofía—digo poniéndome yo también en pie—. Pero... no quiero depender de nadie. Muchas gracias, de verdad...
Nos retiramos a descansar ahora—sentencia Delf saliendo antes que yo de la habitación.
Hago una breve reverencia a Sofía y me encamino detrás de Delf.

***
La noche cayó en poco tiempo. Unas nubes negras y lejanas se acercan a una velocidad alarmante hacia la mansión de los Rumier.
Mi fino camisón de lino no me abriga lo suficiente, así que me pongo la bata de seda sobre éste. Mi pelo recogido como la última vez que estuve aquí. Con un lazo de seda recorriendo todo mi cabello y formando una linda coleta con él.
Me asomo a la ventana después de darme un baño y lavar mis dientes. El jardín se ve silencioso y desolador. Noto como algo negro se mueve en la oscuridad. Una figura masculina.
La sangre huye de mi rostro cuando veo que algo parecido a una piedra se dispara en mi dirección y rompe con un leve chasquido el cristal de mi ventana.
Caigo al suelo como una idiota, y tardo un poco en darme cuenta que hay una nota enrollada al objeto. Cojo la arrugada nota y la leo con manos temblorosas y rápidas mirada a la ventana.
Julia, baja al jardín. Es urgente. Ven sola y sin armas. Soy Eduardo. Tengo la llave de tu  abuela —leo en voz baja mientras mis dedos arrugan el papel con leves temblores.
Inspiro profundamente y a cuatro patas, me asomo de nuevo por la ventana. La sombra ya no está.
Sería arriesgado e infantil bajar ahora. Sola, sin armas, en plena noche y en la total oscuridad.
Pero esa era la letra de Eduardo, y decía que tenía mi llave. Tengo que arriesgarme.
Me levanto rápidamente y busco una pluma entre los cajones de las mesillas de noche.
Le doy la vuelta a la arrugada nota con la supuesta letra de Eduardo y escribo un mensaje.
Voy a bajar pero no os vayáis de donde estéis. Iré sola y sin armas. Esperadme, confío en usted. Julia
Enrollo la nota a la piedra y abro la ventana con cuidado. Lanzo la piedra con todas mis fuerzas y nada más chocar contra la húmeda tierra, la sombra oscura se abalanza sobre ella.
No me detengo a mirar la reacción de la sombra, y me dirijo a coger mi cuerda y mi cuchillo y lo ato en mi pierna. Abro la puerta lentamente y salgo de la habitación tras cerrarla. Corro pasillo abajo y llego a la salida para entrar al jardín.

***
Busco la zona que se ve desde mi ventana, y doy con ella gracias a la piedra con la nota, casi rota junto a ella en el suelo.
Me acerco a ésta, y al llegar, doy un grito cuando suena un trueno a lo lejos.
Miro a mi alrededor mientras acaricio mi pierna, allí donde tengo el cuchillo, para darme fuerzas.
Silencio, ningún ruido que no sea el del frío viento y mi irregular respiración. Opto por salir corriendo y llegar de nuevo a mi habitación...

***
Mi respiración entrecortada se escucha en toda la sala. Jadeo varias veces para coger aire. Pero parece que mi corazón se detiene cuando veo que la ventana está cerrada, cuando antes la había dejado abierta.
Mi corazón empieza a latir con fuerza. Tanto que noto los martilleos que da contra mi pecho, e incluso me parece oírlos en el exterior. Acaricio mi cuchillo de nuevo, y doy pequeños pasos hacia el centro de la estancia.
Me acerco a la ahora cerrada ventana, y me asomo por ella. Nadie. Todo desierto, y sin el menor rastro de ser vivo.
Me agacho y toco los cristales rotos del ventanal. ¿Habrá sido mi imaginación? Estoy imaginando cosas.
No es posible, dado que la piedra rompió el cristal...
Un grito ahogado sale de mi garganta cuando me tapan la boca con las manos y me empujan hacia atrás haciendo que cayese al suelo.
Comienzo a patalear con todas mis fuerzas pero me atan algo en la boca, que no me permite gritar. Me sujetan las manos, pero antes de darle tiempo a quien fuese de atarlas también, doy un salto, y me pongo en pie, de cara a mi asaltante.
Con las manos y piernas libres, agarro mi cuchillo con rapidez de mi muslo y lo alzo mientras corro hacia la sombra. Pero ésta me agarra la mano y me inmoviliza.
Julia...—Dice la sombra con voz cansada y masculina—. Soy yo...
Fuerzo mi vista y entonces, como un golpe de suerte, el cielo se abre y la luz de la luna se filtra por la ventana para dejarme ver en la oscuridad de mi habitación unos ojos azules adornados con destellos plateados.
Los ojos de Eduardo, ahora sin parche, me miran con un brillo enloquecido en ellos.
Lentamente, voy bajando mi mano...

                                                              ****************
Eduardo me mira serio y con los músculos de la mandíbula tensos. Suelta mi mano y me destapa la boca, consiguiendo así poder hablar. —Eduardo...—digo sorprendida—. ¿Qué hacéis aquí? Pensé que estaríais en el jardín, o a kilómetros de aquí. —No podía separarme de usted...—dice abrazándome. —¿Se supone que debo creeros?—pregunto en susurro, con la cabeza hundida en su hombro—. Me robasteis la llave y me abandonasteis en las catacumbas. Y ahora aparecéis de la nada y...
Me separo de él, y le miro fijamente el rostro.
—Sin parche...—Termina mi frase haciendo una mueca —. Tengo contactos con conocimientos médicos. Les dije que fueron unos asaltantes que intentaron robar la llave.
—¿Y os creyeron?—pregunto apretando el cuchillo a mi lado fingiendo curiosidad.
—Sí, ¿o preferís que les diga que me lo hizo la mujer que amo en un acto de locura que tuvo?—me pregunta apartándose de mí.

189
—No fue un acto de locura—digo refunfuñando— fue en defensa propia.
—Lo que usted diga...—replica, con indiferencia.
La única señal de mi “acto de locura”, ha sido una leve cicatriz de un tono plateado sobre su brillante piel, que atravesaba desde el final de la ceja hasta el dorso de la nariz, pasando por su párpado.

—Dadme la llave Eduardo—le ordeno con voz áspera. —¿Es una orden?—me pregunta mirándome de soslayo.
—Sí.

—Pues no puedo cumplirla...—. Le ataco con el cuchillo pero él lo esquiva y da un manotazo a mi muñeca haciendo que el cuchillo saliese disparado.
Con el cuerpo lleno de adrenalina, me abalanzo sobre él y caemos al suelo. La escena termina conmigo a horcajadas sobre él.

—Debería provocaros más a menudo...—dice sonriendo con sorna.
—No juegues conmigo Eduardo—le amenazo con voz firme y sujetando con fuerza su camisa—. Dadme la llave. ¡YA!—digo elevando la voz, pero bajándola de nuevo para no llamar la atención en el resto de la casa. —¿Qué me das a cambio?—me pregunta con brillo en sus ojos. Un brillo pícaro.

—La tranquilidad total que te facilita la muerte—le ofrezco sonriendo.
190
—Que graciosa eres cuando te apetece Julia— aprovechando que le estoy agarrando de la camisa, se acerca más a mí, y noto su pecho pétreo contra mi fino camisón.
Miro hacia abajo y observo la situación en la que me encuentro. Mis piernas separadas a cada lado de sus caderas, y el camisón remangado sobre mis muslos dejando accesible zonas íntimas. La bata abierta, desprotegiéndome de la mirada curiosa de Eduardo, y ardor en mis mejillas ruborizadas.
Le suelto lentamente la camisa, pero se acerca más a mí y sujeta mi cintura con sus cálidas manos.
Le miro fijamente y con rápidos parpadeos. Él me mira con ojos enloquecidos, e incluso podía leer el deseo que sentía hacia mí en ellos.

Un sofocón de calor me llega desde la punta de mis descalzados pies hasta la raíz de mis cabellos.
Coloco mis manos en los hombros musculosos de Eduardo, y él desplaza sus manos desde mi cintura, por mi hombro, hasta mi cuello. Aprieto mis manos sobre sus hombros y él muerde su labio inferior, mientras un gruñido de impaciencia sale desde el fondo de su garganta.

Y entonces sonó un trueno, provocando la tan esperada tormenta. Me giro inconscientemente hacia la ventana, para comprobar las gotas que comenzaban a resbalar por el cristal, y cuando me giré de nuevo a mirar a Eduardo, ocurrió.
191
Nuestros labios se unieron y un repentino deseo de que continuasen unidos se despertó en mí. Incluso luchando contra él, mi cerebro no reaccionaba y me apreté aun más contra Eduardo. Abrí mi boca inconscientemente y mordí su labio. El sabor salado de la sangre apareció en mi boca. Noté otro gruñido en la garganta de Eduardo pero no de impaciencia si no de querer más.
Me quita la bata con prisas y nada delicado. Le dejo hacer y acabo con el fino camisón pegado a mi pecho desnudo, por el sudor.
Eduardo me contempla durante unos segundos, sonríe satisfecho y vuelve a besarme acariciando mis piernas desnudas.

Cada roce me produce un escalofrío, pero no es hasta cuando toca con sus largos dedos la tela de mi ropa interior cuando abro los ojos y mi cerebro consigue reaccionar.
Le doy un empujón y me aparto de él, poniéndome en pie. Noto mi corazón ir a mil. Jadeo por falta de aire y observo a Eduardo, incorporándose y con ojos confusos y queriendo más.
El sabor de su sangre aun permanece en mi boca cuando comienzo hablar.
—Dadme la llave y marchaos—le ordeno de nuevo cogiendo grandes bocanadas de aire y sin tutearle, aunque hacía rato lo había estado haciendo.

Despacio, Eduardo introduce su temblorosa mano en el bolsillo del pantalón y saca algo reluciente de él.
192
La llave de mi abuela.
***
Extiendo mi mano hacia a él y le miro con ojos impacientes. Eduardo levanta su cabeza hacia mí y me mira durante un largo rato, convirtiéndolo en un silencio incómodo.
—La llave—le ordeno extendiendo la mano aun más, pero sin avanzar ni un paso. Las sombras creadas en sus pómulos eran siniestras.
—¿Lo que acaba de pasar no significa nada para ti?. Porqué para mí ha sido fantástico—. Al decir esas palabras vuelven a mi mente las escenas de segundos antes.

Yo encima de él, mientras me acariciaba las piernas. Nuestros labios fundidos uno con el otro. Al recordarlo mojo mis labios con la lengua, casi sin darme cuenta. —La llave—repito con impaciencia—. La quiero ya... —Responde a mi pregunta y te daré la llave—me ofrece Eduardo con ojos serios.
Trago saliva fuertemente, casi haciendo daño a mi garganta, y cojo una gran bocanada de aire antes de soltar la verdad.
—Sí... ha significado algo importante para mí también...—confieso ruborizándome y agachando la cabeza pero con la mano extendida aun.

—Bésame de nuevo entonces...—me reta Eduardo guardando la llave en su bolsillo de nuevo.
193
—Solo si me das la llave—le ofrezco, mientras me arrepiento. Mis sienes palpitantes me incomodan.
—¿Si te doy la llave, harás lo que yo deseo?—pregunta Eduardo sonriendo de medio lado.

—Sí—digo, mientras asiento, y un escalofrío recorre mi columna en parte por el sudor que corría por ella junto con el aire frío que entraba por el agujero del cristal y en parte por la extraña mirada de Eduardo.
Al instante una idea se me viene a la mente y vuelvo a poner hasta entonces mi mano extendida al costado.
Me acerco a Eduardo con pasos lentos por la suave moqueta y al llegar junto a él, le abrazo, y él me corresponde.

***
Estiro mi cuello hasta conseguir ver el suelo y visualizar el cuchillo. Comienzo a empujar delicada y discretamente a Eduardo hacia el lugar...
Al llegar junto al sitio, sin que Eduardo sospeche, le empujo contra el suelo y me siento sobre él. El deseo absoluto se refleja en los brillantes ojos de Eduardo. De nuevo un escalofrío de la cabeza a los pies me recorre cuando acaricia mi cintura.

Me tumbo sobre él y agarro el cuchillo, mientras beso su cuello. Escondo el cuchillo a mi lado y con la mano libre busco en los pantalones de Eduardo la llave. Noto la curvatura del objeto bajo la tela del pantalón.
194
La respiración acelerada de Eduardo en mi oreja me desconcentra durante un instante. Pero vuelvo a reaccionar e introduzco mi mano hacia su bolsillo, pero él lo toma como algo más, y toca mi pecho.
Una casi fingida exhalación sale de mi boca, y cuando Eduardo se dispone ir a por más, agarro la llave de su bolsillo y me pongo en pie.
De nuevo, desde el suelo, Eduardo me contempla, con la respiración acelerada y rubor en sus mejillas.

Mi corazón martillea bajo mi piel y respiro con dificultad.
Alzo el cuchillo en su dirección y le muestro la llave en la otra.

—La tengo...—murmuro entre jadeos casi inaudibles. —Eres lista—dice Eduardo suspirando y poniéndose en pie, mientras sonríe, aunque sus mejillas aun están rojas y hay deseo en sus ojos.
—Lo sé—le respondo con la respiración más regular ahora—. Una mujer me dijo una vez que era joven y bella y que utilizara eso como arma para conseguir a cualquier hombre.
—Buen consejo el de esa mujer—comenta Eduardo sacudiendo sus pantalones y moviendo la cabeza con afirmación.
—Márchate—le pido clavando las uñas en la palma de mi mano.

—De acuerdo, pero no le digas a Delf nada de esto, no quiero que el pobre se entristezca y pierda esperanzas
195
contigo, aunque no me importaría que lo hiciera. Y tranquila, el gobernador no sabe nada de esto —me explica con un tono burlesco y arrogante.
—De acuerdo. Ahora márchate—le repito una vez más con gran impaciencia.

—Olvida el tesoro Julia. Vive feliz aquí, con la prima de tu abuela. O incluso podrías vivir conmigo, te amo. Podríamos casarnos y te daría todo lo que necesites... —No necesito un hombre para poder vivir feliz y mucho menos casarme para poder tener todo lo que necesite. ¿Te queda claro?, lárgate—le interrumpo con voz ronca.
—De acuerdo...—se gira y a grandes zancadas se dirige hacia la puerta—. Recibirás cartas mías, estaremos en contacto por si alguna vez cambias de opinión...
—Hasta nunca Eduardo—me despido, ocultando la llave tras de mí.
—Nos veremos pronto, Julia—Eduardo me guiña el ojo donde antes estaba su parche y sale por la puerta dejándome sola en la habitación con la llave de mi abuela al fin, pero también con una extraña sensación en todo mi cuerpo, con labios palpitantes, mejillas sonrosadas y un revoltijo de sentimientos confusos en mi mente...

Sentimientos de amor hacia Eduardo...
196
***
Por la mañana, aun con el camisón y la bata puestos, me lavo la cara y me peino un poco, para salir después precipitadamente de la habitación.
Busco por los largos pasillos el despacho de Sofía y doy con él en poco tiempo.

Sofía no está en él y eso hace que me ponga aun más nerviosa. Un enorme espejo que hay en el despacho delatan los hechos de la noche pasada.
Labios hinchados y palpitantes. Ojos enloquecidos y leves marcas de uñas en mis brazos y cuello. ¿Cómo pude haber hecho eso con Eduardo?. El hombre que ha hecho mi vida una tortura y que solo me trae problemas.

Lo peor es que no podía separarme de él cuando le besaba. Casi llegamos demasiado lejos pero yo le detuve... ¿Hice bien? .Por supuesto que sí. Soy una dama decente.
—Julia...—la voz de Sofía suena a mis espaldas. Me giro y la veo asomada a la puerta, ataviada con un vestido verde botella de terciopelo y manga larga con cuello alto.
—Sofía, la estaba buscando—me acerco a ella deprisa, casi tropezando con el largo camisón.
—Yo también a usted, pero hable primero—me informa Sofía con el rostro pálido.

197
—Tengo la llave—. La saco del interior de mi camisón y se la muestro. Al momento los ojos de Sofía brillan pero su rostro sigue pálido y sin vida.
—Es fantástico Julia, ¿cómo lo hizo?—pregunta Sofía entusiasmada, al contrario de mi por tener que dar semejante información.

—Es una larga historia—digo como excusa y al momento desvío la conversación —. ¿Qué tenía usted que decirme a mí, Sofía?
—Ah, sí...—. Se aclara la garganta y entra a la habitación cerrando la puerta tras de sí—. Delf se ha recuperado de su herida y ya puede moverse con normalidad. En estos momentos está en el jardín con Lidia y Violeta, pero...

—¿Pero...?, sé que tiene algo más que contarme, Sofía...—le insisto, impaciente— por favor, no me oculte nada.
—Tiene visita—suspiro aliviada de que no sea nada peor y grave—pero hay algo más. Sentaos, por favor —. Hago lo que me dice y las dos nos acercamos al escritorio. Cuando ya nos hubimos acomodado, Sofía me muestra sobre el escritorio un trozo de papel con dos rostros dibujados con líneas bruscas y negras hechas a carboncillo. Enseguida los reconocí. Éramos Delf y yo, y debajo de nuestros rostros las palabras “Se buscan, fugitivos” me hicieron estremecer.

—¿Qué es esto?—pregunto confusa y enfadada a la vez.
198

—Rubén fue con Clara esta mañana al mercado y lo encontraron puesto en cada muro, pared y puerta. Están por todas partes...—Explica Sofía mientras se levanta de su asiento y se dirige a la puerta.
—¿Y quién me visita ahora entonces...?—pregunto asustada.
—Alguien que seguro será de su agrado. Ah, yo también los conozco...—Sofía abre la puerta y del exterior pasan a la estancia un hombre de pelo cano y rostro poblado de arrugas junto a una mujer de pelo dorado con mechas plateadas y semblante serio. Los dos enfundados en elegantes ropas.

—Julia, estos son mis primos— los presenta Sofía mientras me pongo en pie y me acerco a ellos—aunque también podrían ser llamados hermanos de tu abuela Matilda. Te presento a Irene y Alfonso Beltrons. Lentamente mis ojos se van abriendo al máximo conforme voy contemplando a estos nuevos parientes. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario