Arena mojaba los pies. Húmeda por el agua salada, me acariciaba los dedos al caminar sobre ella.
En contraste con el frío de la brisa marina, la mano que apretaba la mía era cálida. Me transmitía templanza y alegría cuando me tocaba. El hormigueo incansable, una necesidad de no soltarla se creaba en mi vientre, allí dónde las mariposas revoloteaban felices.
Las luces de los bares a pie de playa adornaban el horizonte con un hilo de puntos de colores, era casi como observar un arcoiris parpadeante en el cielo oscuro.
Y las estrellas... estaban más hermosas que nunca, aunque dudo que pudieran igualar el brillo que desprendía los ojos de mi acompañante.
La marea había bajado tanto que las conchas blanquecinas sobresalían por encima de la tierra mojada. Íbamos esquivándolas para evitar un corte en la planta de los pies. Y su mano nunca me soltaba, aunque nuestro sudor se uniera en uno.
Es algo asqueroso para algunos, pero como me gustaba a mí.
No nos mirábamos a las caras mientras caminábamos pero podíamos oír la respiración del otro. Tranquila, acompasada, calmada...
La brisa marina hacía cosquillas en las mejillas cuando el viento soplaba un poco más fuerte, el silencio era tan irreal y hermoso que lo asemejaba a lo que debe sentirse en el espacio, allí donde el sonido no existe.
Al llegar al final de aquel paseo por la orilla, nos propusimos mirarnos a las caras durante un par de minutos y el silencio, antes hermoso, ahora se hizo pesado.
Acercamos nuestros rostros y nos besamos bajo las estrellas y, entonces, me di cuenta de lo que ansiaba venir a la playa durante la noche para caminar de su mano, una y otra vez.

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